Un comentario sobre el pragmatismo político de izquierda y sus consecuencias.

 

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En estos días de reflexión post 6-D y de definiciones en materia económica, hemos escuchado y leído a diferentes voceros del oposicionismo insistir en sus recetas entre neoliberales y ortodoxas de cosas por hacer y medidas por tomar para “salir de la crisis”. Lo de neoliberalismo y ortodoxia, claro está, siempre lo podremos discutir teóricamente. Lo que está por fuera de toda discusión es que todas estas recetas tienen como característica el absolver a los intereses corporativos especuladores y corruptos así como a los sectores de mayores ingresos de toda responsabilidad sobre lo que haya salido mal, haya que corregir o ajustar, pidiendo a cambio que sea la gente corriente, los trabajadores y más vulnerables quienes tomen las decisiones difíciles y hagan los sacrificios. Lo de los capos de CONSECOMERCIO y FEDECAMARAS asegurando que hay que explicarle a los trabajadores que la ley del trabajo no los puede proteger a ellos sino a los patrones, o que es mejor tener inestabilidad laboral y amenaza permanente de despido a estabilidad y garantías, es la versión más vulgar de esta tendencia.

Sin embargo, todo esto entra todavía, digámoslo así, dentro del reino de la normalidad. O sea, esto y no otra cosa se debe esperar de estos sectores, incluyendo cosas como que el deber ser es que los precios de las mercancías los fijen los empresarios (que en el caso venezolano son los más concentrados y especuladores, tal y como es público y notorio) sin ningún tipo de interferencia ni del Estado ni de los consumidores organizados. Todo por una razón muy sencilla: porque en sus adentros, y digan lo que digan sobre lo mucho que les preocupa el bolsillo de la clase trabajadora, el ama de casa, el pensionado, etc., asaltados por la inflación, están convencidos que son esos mismos bolsillos los culpables de la inflación, el desabastecimiento y todos los “desequilibrios macroeconómicos” por el “excesivo poder adquisitivo que tienen”, que hace que la perversa demanda alimentada por el populismo chavista se coloque por encima de la pobrecita oferta de los aún más pobrecitos “empresarios” venezolanos, quienes atemorizados por el gobierno y sin condiciones de confianza para invertir (ni divisas, etc.) entonces se ven forzados a subir los precios, esconder los productos o contrabandearlos hacia el mercado negro nacional o internacional como hacen con las divisas, todo para defenderse…

Pero lo que no es normal o al menos no debería serlo, es que dentro de las filas del chavismo y la izquierda haya quienes defienden estas mismas posturas. Pero los hay, si bien nunca sus argumentaciones y razones sean exactamente iguales a las anteriores. Por lo general, en este caso las razones esgrimidas son de orden pragmático y realista, sobre la necesidad de flexibilizar tal o cual cosa o hacer tal o cual concesión para calmar los espíritus animales de los especuladores y bajarle dos a los tambores de la guerra económica. Se trata de recomponer relaciones de confianza se nos dice, de no ser dogmáticos y entender que no necesariamente quienes te hacen la guerra interpretarán tu concesión como una señal de debilidad (o como un movimiento táctico de sobrevivencia que te permita ganar tiempo) sino como un acto de buena intención para, como quien dice, recomponer una relación deteriorada por la incomprensión mutua.

Podemos pasar horas y días discutiendo sobre la viabilidad de esto. Pero a mi modo de ver con esto pasa un poco como discutir si al lanzar un par de dados 10 veces todas y cada una de ellas saldrá doble 6. Desde el punto de vista de que prescisamente en eso consiste el azar, la respuesta inmediata es que tal cosa es de hecho posible. Pero desde el punto de vista estadístico y experimental es poco menos que improbable. Así las cosas, ante de plantearse tales ideas salvadoras lo primero que habría que ver es qué ha pasado las veces en que se han intentado llevarlas a cabo.

Y eso es perfectamente posible hacerlo, pues si algo debe quedar claro a este respecto son dos cosas: la primera es que todo proyecto de cambio cuando es real, afecta grandes intereses y/o se coloca del lado de las mayorías, enfrenta necesariamente el ataque, el acoso y es objeto de guerra –incluyendo la económica- por lo que el debate no es si esta existe o no, sino como hacemos para enfrentarla y derrotarla. Y lo segundo es que las propuestas convencionales de política económica blandidas como parte de una estrategia pragmática o realista de abordar las tensiones derivadas de lo anterior, no son una novedad y se han aplicado en mayor o menor medida en distintos países en los últimos años no solo sin resultados positivos, sino incluso sirviendo para empeorar los cuadros.

En 2002, por ejemplo, luego del golpe de abril, el presidente Chávez nombró como ministro de planificación a un economista de la escuela de Chicago que propuso, entre otras medidas pragmáticas, un esquema de flotación del tipo de cambio, que lejos de ser recibido por los “mercados” como señales positivas, fue interpretado como la posibilidad franca de seguir conspirando, fugando capitales y disparando la inflación, todo lo cual se pudo detener solo cuando el presidente Chávez tomó de nuevo las riendas de la situación, derrotó el golpe petrolero e instaló los controles de precio y cambio.

También tenemos como referencia el caso reciente de Brasil. A principio de 2015, el gobierno de Dilma Rousseff decidió avanzar en un plan de recorte del gasto público, acompañado por una suba de la tasa de interés interna y una devaluación fuerte de la moneda con la intención o la excusa de recuperar la competitividad cambiaria, cerrar el déficit fiscal, bajar la inflación y mandar señales positivas al empresariado. Para ello nombró incluso a un ministro proveniente de la banca, Joaquim Levy quien declaró al asumir: “El ajuste es necesario porque hicimos frente con éxito a la crisis mundial desde el 2008 pero usamos muchos recursos que hoy no ya tenemos. Por eso hay que hacer el ajuste rápido para volver a crecer rápido”. El resultado, tras un año de su implementación, fue mayor inflación, una recesión con caída del Producto Bruto Interno de 4,5 por ciento y un aumento mes a mes en la tasa de desempleo que termina el año en niveles cercanos a los dos dígitos. La performance económica de Brasil fue la peor de los últimos 80 años. Y las perspectivas para 2016 no mejoran. Se estima que el próximo año la inversión en el mercado brasileño se contraiga por sobre un 7 por ciento, mientras que el consumo privado bajará 3 por ciento y la producción industrial retrocederá 2 por ciento. Además de estos pésimos resultados en lo económico, lo único que consiguió el gobierno de Dilma fue cambiar la correlación de fuerzas y bajar la popularidad de la presidenta a tal punto que prácticamente le ha costado ser víctima de un golpe de Estado sin que se evidenciara mayor movilización social en su defensa. La semana pasada Dilma se vio forzada por el fracaso de esta “salida” a reemplazar al flamante ministro pragmático.

No es casual por cierto que sea en el tema cambiario donde por lo general -como le pasó a Chávez y le pasa a Dilma- más se expresa el pragmatismo. Y no es casual porque es acá donde la concentración del poder económico es más fuerte y donde, por tanto, más esfuerzo se ha hecho por torcernos el brazo y además ponernos a repetir como si fueran nuestras, las ideas y exigencias de dichos poderes.  Como hemos insistido recurrentemente, en gran medida la polémica actual por el tipo de cambio es un montaje ideológico con el propósito de empujar una mega-devaluación que terminé por derrotar al bolívar frente al dólar castigando a quienes no tienen dólares y a la mayoría asalariada, mientras se premia a los especuladores y estafadores. Una devaluación de este tipo supondría una claudicación de la política económica y la entrega del país a los designios de las agencias financieras globales con sus ramificaciones internas. Bajo el argumento simplista y falso de crear incentivos al sector productivo haciéndolo competitivo, o de responder a la disminución del ingreso nacional producto de la caía de los precios petroleros, lo que se busca -queriendo o no-  es premiar al capital especulativo “legal” e ilegal, así como frustrar cualquier posibilidad de democratización de la economía ni qué decir de transición al socialismo.

En primer lugar, debemos estar claros que una devaluación de la moneda no garantiza un aumento de la productividad, ni de los locales ni de los foráneos. Prueba: todas las veces que se ha devaluado en Venezuela antes y durante el chavismo sin que dicho efecto se produzca. Y en el contexto actual menos garantías de que se produzca existen. Múltiples razones lo explican. La primera y más importante, es que tal apuesta podría tener sentido si contáramos con un sector productivo privado justamente productivo y competitivo desde el punto de vista tecnológico. Y la segunda, que no existe en la actualidad -y todo indica que durante mucho tiempo- un contexto mundial de demanda creciente que justifique apostar por el mercado externo.

El encarecimiento del tipo de cambio bien por la vía de su liberación, unificación o ambas cosas a la vez, inevitablemente se terminará trasladando a los precios internos empobreciendo drásticamente a la mayoría trabajadora al tiempo que, como decía, se convertirá en un premio a todos los que han especulado y especulan contra la economía nacional. El argumento según el cual tal efecto sobre los precios no se produciría porque en la práctica los comerciantes ya marcan los precios de los bienes y servicios tomando como referencia el precio ilegal (o sea que dicha devaluación ya se produjo y lo que habría que hacer es sincerar las cosas), o bien es profundamente cínico o bien profundamente ingenuo. Es un sofisma tecnocrático que lo único que procura es hacer recaer sobre los hombros de otros, los costos sociales que causaría la subordinación definitiva de los intereses nacionales por los especulativos.

Así las cosas, el gobierno revolucionario en los cortos plazos planteado por el nuevo escenario post 6-D, debe reinventarse y recuperarse no solo enfrentando la arremetida de la derecha en los anaqueles y bolsillos de los venezolanos y venezolanas, sino también en el parlamento, al tiempo que debe lidiar con variables de orden externo que no controla o sobre las cuales tiene incidencia limitada (todo lo que implica la llamada restricción externa: caída de los precios petroleros, suba de las tasa de interés de la FED, caída de la demanda y el comercio), siendo el reto principal cómo hacerlo sin que eso se conduzca a una nueva derrota política, pero tampoco en una claudicación de sus principios fundacionales lo que sería tal vez peor.

Cómo corregir lo que hay que corregir en los tiempos que tenemos sin caer en las trampas –o en las tentaciones- planteadas por la derecha y por el discurso económico ortodoxo convencional del cual es prisionero también una parte de la izquierda, es, a mi modo de ver, el principal reto que tenemos.

A mi modo de ver, dado los resultados del 6-D donde, entre otras cosas, se observa más que un crecimiento del voto opositor un decrecimiento marcado del voto chavista, y dado lo que evidencia muchos estudios de opinión incluyendo algunos sondeos que hicimos desde el CEEP de la UBV, lo que la gente reclama no es tanto una rectificación de la política económica como un cumplimiento real y efectivo de la política económica defendida. Esto no quiere decir desde luego que no haya cosas que corregir, mejorar, etc. Lo que significa es que, en lo programático, la mayoría nacional defiende las políticas banderas del gobierno, pero le pide que si, por ejemplo, vamos a tener Precios Justos los hagamos cumplir; que si decimos que vamos a luchar contra la especulación cambiaria y que dólar today tal o cual cosa de verdad le hagamos frente; que si decimos que la burguesía parasitaria coludida con los corruptos se roba los dólares, entonces no sigamos permitiendo que eso ocurra. Nada de esto es fácil desde luego y la gente lo entiende. Lo que no siempre se entiende son las contradicciones e inconsistencia entre lo dicho y lo hecho en la materia y lo que nunca se entenderá es que a estas alturas del partido desandemos lo andado en una apuesta que en el fondo no es incierta. Sabemos muy bien a donde conducirá: a una claudicación poco honrosa en lo político, a ponernos en más desventaja en lo económico, y en definitiva, a entregarle las riendas a los especuladores y demás pillos de la vida nacional en detrimento de las grandes mayorías, con la consiguiente regresión y frustración popular que tal cosa implica.

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