Los dos 6-D, la inflación y sus remedios (y el espejo del “cambio” argentino).

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En la economía como en la vieja medicina, el desangrado es una técnica consistente en curar al paciente matándolo, o al menos dejándolo tan débil que lo mataba cualquier otra cosa.

Con la inflación pasa algo similar a lo que ocurre con la fiebre. Todos estamos de acuerdo en que hace mal. Y todos estamos de acuerdo en que los más afectados son los más débiles, en el caso de la fiebre los niños y ancianos, en el de la inflación los trabajadores con menos ingresos y además fijos. Las diferencias comienzan a la hora de la aplicación del tratamiento. Diferencias que se originan a partir del diagnóstico que se hace sobre sus causas.

La diferencia fundamental radica en que para los economistas convencionales de derecha y por tanto para los políticos de la misma tendencia, los trabajadores y trabajadoras, al tiempo que son las principales víctimas de la inflación, son a su vez los culpables de causarla. O para ser más justos: sus salarios e ingresos. Y es que para ellos, en lo que tiene de más básico, la inflación es un fenómeno monetario que se expresa en un exceso de demanda, esto es, en el hecho de que hay más compradores que bienes y servicios para adquirir, o en todo caso, que el poder adquisitivo de estos supera el de la oferta de ponerse a la altura.

Así las cosas, de éste diagnóstico se desprende entonces –lo mismo que pasa en la medicina- el tratamiento: si el problema es el exceso de demanda hay pues que curar este defecto, lo que traducido en jerga económica se conoce como ajustar la demanda. Y eso se puede hacer por cuatro vías: a través del despido, lo que reduce la masa salarial y por tanto la demanda agregada; a través de la reducción salarial directa, lo que sin reducir la cantidad de compradores reduce directamente su poder de compra; a través del aumento de los precios, lo que tiene el mismo efecto; o a través de la mezcla de todas o alguna de las anteriores.

En la Europa actual de la austeridad para evitar la inflación, se ha hecho hincapié en las dos primeras. Y se ha hecho de modo tan profundo que ha causado el efecto contrario: una deflación o profunda caída de los precios que no se traduce en que la gente compre más sino todo lo contrario: en que la gente compra menos de tanto que se ha deteriorado su poder adquisitivo, más aún porque la reducción salarial y el aumento del desempleo se han visto acompañados de la privatización de bienes y servicios públicos así como por la eliminación de muchos subsidios. De tal suerte: no es solo que hay menos empleo y los que están empleados tienen menos salarios, sino que tienen muchos más gastos de bienes y servicios que no puede sustituir o dejar de pagar.

En la Venezuela de 1989 y 1996, cuando se firmaron los dos “acuerdos” de ajuste con el FMI para “combatir la inflación”, se utilizó un peligroso coctel de todas las medidas. ¿Resultado?: un 80% de pobreza y casi un 40% de pobreza extrema. Pero contrario de lo que ocurre hoy en Europa, nada de eso provocó que en términos reales disminuyera la inflación. En 1989, el primer año del primer plan, la inflación fue de 81%. Y en 1994, el último año del primer plan de 70%. En 1996, el primer año del segundo plan, la misma se disparó a lo que sigue siendo su valor histórico más alto: 103,2%. Ciertamente, para 1998, cuando Chávez gana la presidencia, había bajado a 30%. Pero las razones son obvias. Después de una década de completa de ajustes, privatizaciones, despidos, eliminación de beneficios laborales, aumentos exponenciales de precios y congelamiento salarial, la población venezolana cayó en una situación de sub-consumo tal que simplemente dejó de comprar. Esto no hizo bajar los precios sin embargo: estos siguieron subiendo a ritmo más lento, pero nunca dejaron de subir.

Esta misma receta es la que se está aplicando actualmente en Argentina. Sin haber asumido oficialmente la presidencia, Mauricio Macri y su equipo de gobierno del “Cambio” ya han anunciado lo que harán: eliminar la exitosa política de Precios Cuidados (versión argentina de nuestro Control de precios) promoviendo la liberalización de los mismos. Todo esto acompañado de la eliminación y/o reducción de subsidios a bienes y servicios básicos, aumento de las tarifas de transporte público, revisión de la cantidad de empleados públicos y sus beneficios salariales, etc. De tal suerte, ya han provocado una devaluación de hecho de la moneda que amenaza con sobrepasar el 100% antes que termine el año y aumentos de precios que ya suman hasta más de un 200% en muchos bienes e inducido a la escasez de los mismos, pues los comerciantes, distribuidores y productores están reteniendo la mercancía a la espera de colocarla a los nuevos precios.

Es en este sentido preciso que los métodos antiinflacionarios de la derecha recuerdan al método del desangrado muy popular entre los médicos de la Edad Media y durante varios siglos después hasta la invención de la medicina moderna. Como se sabe, el desangrado consistía en hacer cortes o incisiones a los pacientes de manera que sangraran, con lo cual se esperaba se curaran del mal que los aquejaba -desde tumores hasta espíritus malignos- partiendo del principio de eliminar los “excesos” de sangre, flema, bilis amarilla o bilis negra (los célebres 4 humores), ya que en su desequilibrio se encontraba la raíz de todas las enfermedadesLo que terminaba ocurriendo en la práctica, sin embargo, es que el paciente a menudo empeoraba y casi siempre moría. O quedaba en tal estado de debilidad que cualquier gripe o infección menor e inofensiva en condiciones normales, lo terminaba matando. Se acababa con la enfermedad: pero acabando con el paciente. Los economistas de derecha y sus políticos tiene como “santo remedio” antiinflacionario el desangrado económico: poner los precios tal altos y los salarios tan bajo que la gran mayoría no pueda adquirir los bienes y servicio que necesita. No lo dicen así claro está pues para eso existen las florituras metafóricas y el lenguaje técnico-burocrático: lo llaman “enfriar la economía”, “desincentivar la demanda”,  “desestimular el consumo”, “equilibrar el mercado”, etc.    

Uno preguntaría ¿Por qué? Simple tozudes intelectual o piratería? Hay mucho de eso claro está. Pero más bien uno se inclina a pensar que, detrás, lo que se esconde es la defensa y promoción de los intereses de los sectores económicamente más poderoso, que en el caso venezolano como en el argentino son los que han hecho fortunas con la especulación e induciendo la inflación y ahora quieren multiplicarlas todavía más con las medidas “antiinflacionarias”. Es decir, no es que no sepan lo que hacen: es que saben muy bien lo que están haciendo. En el caso argentino actual, por ejemplo, los grandes grupos concentrado del agro que ya van para tres años reteniendo las liquidaciones de divisas, provocando una escasez de las mismas que devalúe el peso de modo de aumentar su rentabilidad a costa desde luego del empobrecimiento de todos los demás. Y la banca, que por la vía antiinflacionaria y devaluacionista ve aumentar sus patrimonio lo mismo que los especuladores que han fugado divisas y las grandes empresas transnacionales que, entonces, tanto abaratan los salarios que deben pagar como aumentan la transferencia de capitales hacia sus casas matrices. En el caso venezolano los grandes promotores de esta “Salida”, de esta “solución” son fundamentalmente los mismos sectores.

Es en este sentido que hay que insistir en una idea: Venezuela quiere cambio: si. A nadie le gusta hacer colas, todos queremos hacer efectivos nuestros derechos socio económicos, comprar lo que necesitamos y queremos a precios accesibles, ahorrar, viajar, planificar nuestro futuro y el de nuestros hijos y nietos, etc. Y todos significa todos: pues hay que ser muy limitado mentalmente para creer que los chavista no hacen cola o les gusta hacerla. Pero justamente por eso el cambio que necesitamos no puede ser cualquiera, o lo que sería peor, un “cambio” cuya única garantía concreta que ofrece es una receta matapacientes gracias a la cual lo anterior estaría reservado solo para una minoría privilegiada.

Fuera de todo debate ideológico, medidas contra-cíclicas como las aplicadas por el chavismo y replicadas por otras experiencias regionales para cuidar y reanimar los mercados internos, es el sendero que la práctica demostró ser el más exitoso y justo para promover el bienestar colectivo y el crecimiento económico. Y ese sendero comenzó el 06 de diciemebre de 1998. Mientras que medidas contractivas como las que plantean los sectores de la oposición que hay que tomar a partir del 06 de diciembre de este año (en el supuesto de ellos obtener la mayoría parlamentaria), han demostrado en la práctica que conducen justo a lo contrario. Las experiencias para nada lejanas de los planes de ajuste de 1989 y 1996 están allí como testimonio. Y si por alguna razón llegamos a pensar que las cosas han cambiado y que tanto el FMI como los sectores locales fanatizados con los ajustes aprendieron la lección y está vez “sí lo harán bien”, veamos sin más lo que está pasando en Argentina.

Venezuela quiere cambio: , pero un cambio que no signifique retroceso, volver a épocas oscuras de las que con mucho esfuerzo ya salimos. No podemos dejar que nos borren el pasado: las cosas que hoy extrañamos no las disfrutamos gracias a la Cuarta República si no a la Quinta, la del chavismo. Pero no podemos dejar tampoco que no estafen con el futuro. No existen venezolanos de segunda a los cuales sacrificar para que los de “primera” hagan con el país lo que les venga en gana, como lo hicieron siempre. Todo cambio debe operar dentro de las coordenadas sociales, culturales y económicas de inclusión, solidaridad e igualdad que son conquistas del pueblo venezolano en la última década y media y cuya garantía de continuidad es un gobierno que se identifica con las mismas -pero que tiene que hacer mucho más para defenderlas y ampliarlas- no aquellos que le han hecho recurrentemente la guerra.

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