Venezuela quiere cambio: sí… ¿pero en cuál dirección?

Ya sabemos como "soluciona" los conflictos la derecha cuando gobierna.

Ya sabemos como le gusta “solucionar” los conflictos la derecha cuando gobierna.

Un viejo chiste dentro de los círculos económicos ingleses cuenta que, para una fiesta, todos los invitados debían contar con sombrero como requisito indispensable para entrar. Queriendo garantizarlo, a la puerta de la misma se dispuso un sitio de alquileres. Sin embargo, las expectativas de asistentes quedó corta y terminó llegando mucho más gente de lo previsto. Ante la difícil situación, los organizadores, contrariados, le preguntan a uno de sus asesores -reputado economista- qué hacer. El consultado responde: “Lo único que se puede hacer cuando hay un exceso de demanda: ajustarla a la oferta disponible”. “Ajá, pero cómo”, le replican. “Fácil: cortemos las cabezas de todos los sobrantes”.

Como buen chiste inglés tal vez no sea muy gracioso, pero tiene el mérito de ilustrar la lógica de pensamiento convencional de la economía política y las políticas económicas que nos plantea la derecha. Lógica que es de vital importancia tenerla clara, de manera de no dejarse estafar por falsas expectativas que tras frases de sentido común muchas de las cuales todos estamos de acuerdo en lo superficial, terminan por esconder graves peligros de fondo para nuestras cabezas y las de nuestros seres queridos, derivados de la manera que tiene la derecha de entender los problemas económicos y la manera de solucionarlos.

Así las cosas, entre los planes anunciados por el oposicionismo de resultar mayoría en la próxima Asamblea Nacional, están los de dedicarse a “solucionar” los problemas económicos del país. Esto, claro, luego de sacar de prisión a los “presos políticos” mediante una ley de amnistía y “reconciliación”. Y de Miraflores al presidente Maduro mediante su destitución o referéndum. Otros, menos pacientes, aseguran que éste último debe ser en realidad el primer paso, transformando inconstitucionalmente unas parlamentarias en un plebiscito -como intentaron fallidamente con las municipales de 2013-  de modo de “legitimar” un golpe de Estado.

Pero sea como sea la modalidad, lo cierto es que los voceros del oposicionismo, de hecho, nunca nos dicen exactamente cómo solucionarán los problemas económicos del país. Sin embargo, no es muy complicado inferirlo tomando en cuenta no tanto sus posiciones ideológicas, que también serviría, sino los análisis, declaraciones de principio, críticas o votos negados en la AN (a los aumentos salariales, por ejemplo, las pensiones, o recursos para misiones como Vivienda Venezuela, etc.,) que hacen aquellos y aquellas que actualmente forman parte de la misma, vía esta última que tiene la bondad de contar con evidencias más concretas que la siempre nebulosa posición ideología. Adicionalmente, dato clave, sabemos de boca de Haussman y Lorenzo Mendoza que un “acuerdo” con el FMI está en los planes. Y como los planes del FMI son exactamente iguales en todas partes, no es difícil imaginarse cuál se aplicaría en Venezuela, siendo que no distaría mucho a todas éstas de los que ya se aplicaron en 1989 y 1996, con los resultados trágicos por todos y todas conocidos.

Ahora, cierto también es que un hipotético gobierno oposicionista tendrá que lidiar en materia económica, exactamente, con los mismos problemas con que lidia el del presidente Maduro en la actualidad. Siendo el más complicado de todos en este momento, uno sobre el cual ni aquel ni éste tendrán ni tienen control: la restricción externa, esto es, la profunda crisis económica global expresada en una contracción del consumo y por tanto del comercio mundiales, que explica, más allá de la guerra económica, comercial y financiera, la  caída del precio de nuestro principal producto de exportación y virtualmente única fuente de divisas para la importación: el petróleo. Pero dicha restricción también supone y manifiesta como un cierre o al menos estrechamiento de los mercados para cualquier otro producto de exportación con el cual queramos superarla y apalancar nuestra economía para hacerla crecer.

A esto habría que sumarle otros factores exógenos sobre los cuales tampoco se tiene ni tendrá control. Uno de ellos es la virtual suba de las tasa de interés de la Reserva Federal Norteamericana, que si bien no se ha producido aún, ya ha infligido bastante daño alrededor del mundo por las expectativas que genera. A este respecto, se estima en unos 3 billones de dólares la fuga de capitales desde países emergentes y periféricos a las plazas norteamericanas, principalmente la de Nueva York, causada por las mismas. Y una vez que se aplique la suba, en el caso de hacerse, causará un aumento en el costo del endeudamiento externo de todos los países del mundo, muchos de los cuales están procediendo en la actualidad a endeudarse para cubrir las fugas o procederán a hacerlo (que es la propuesta famosa de Lorenzo Mendoza y Haussman de emitir deuda con el FMI por al menos 50 mil millones de dólares). Sería un shock análogo al que la región y el planeta entero vivieron a comienzo de los años 80 y que trajo las crisis de deuda, devaluaciones en extremos dañinas (como el Viernes Negro nuestro) y en general toda una década pérdida de desinversión, especulación financiera, desindustrialización, inflación, desempleo y crisis social generalizada.

El otro factor exógeno importante tiene que ver con China. En este caso, tenemos al país que ha sido la locomotora del comercio mundial en la última década y media, ralentizando su crecimiento a menos de la mitad de lo que venía siendo su promedio. Esto no quiere decir que esté atravesando la crisis que los voceros atlantistas y sus glosadores locales anuncian. Es más bien una readaptación no exenta de turbulencias de su modelo de desarrollo basado en las exportaciones a otro basado en la satisfacción de la demanda interna, decisión tomada por el propio gobierno chino ante realidades de orden externo e interno. La de orden externo tiene que ver, precisamente, con la caída del comercio mundial, y principalmente, por la del consumo por parte de los principales socios comerciales de China en magnitud: Estados Unidos y la Unión Europea. Y la segunda, por la tensiones a lo interno de China derivadas de la desigualdad de su modelo de desarrollo, no solo en lo social y económico sino incluso en lo geográfico (costa dinámica y del “primer mundo” e interior rural), lo que le  crea vulnerabilidades que pueden ser aprovechadas por sus enemigos tal y como ocurrió en Siria y Libia, ya que en China hay latentes movimientos separatistas inclusive religiosos vinculados al fundamentalismo islámico.

Así las cosas, a lo que vamos, es que tanto el gobierno del presidente Nicolás Maduro como cualquier otro surgido de manera fraudulenta tras una hipotética victoria del oposicionismo el próximo 6-D, deberá enfrentarse con estos dos problemas sin tener realmente capacidad de darles respuestas pues, por decirlo como los abogados, no tienen jurisdicción sobre los mismos. No obstante, sobre lo que si tienen o tendrán jurisdicción, es sobre las políticas desarrolladas para mitigar sus impactos, así como también es claro que todas aquellas otras políticas de carácter interno o externo dirigidas a atender otros asuntos, no deberían pasar por altos estas limitantes si quieren ser exitosas y no profundizar los males que dicen querer resolver.

En tal virtud, por ejemplo, el planteamiento oposicionista de aumentar la producción petrolera en el contexto actual y salirse a la OPEP, no garantizará al país mayores ingresos por ese concepto. De hecho, es exacto lo contrario: en un mercado saturado y con una demanda entre estancada y decreciente como consecuencia de la recesión económica mundial, más petróleo traerá como consecuencia que los precios disminuyan aún más. Por otra parte, en la medida en que eso solo puede hacerse compitiendo con otros productores con petróleos más livianos y menos costosos que los nuestros (con los cuales previamente rompimos al salirnos de la OPEP), no solo tendríamos menores precios, sino menos colocación por unidad de barril. El único resultado que traería esta medida a efectos del comercio internacional, es que los países productores de petróleo –incluyendo el nuestro- volverían a subsidiar el consumo de los países desarrollados de un bien estratégico no renovable.

Por otro lado, si el plan es como se ha dicho ejecutar una devaluación competitiva de la moneda, hay que tomar en consideración, que está vía no garantiza un aumento de la productividad, ni de los locales ni de los foráneos. Prueba: todas las veces que se ha devaluado en Venezuela antes y durante el chavismo sin que dicho efecto se produzca. Y en el contexto actual menos garantías de que se produzca existen. Y es que además de no contar con un sector productivo privado justamente productivo y competitivo que la pudiera aprovechar, no existe en la actualidad -y todo indica que durante mucho tiempo- un contexto mundial de demanda creciente que justifique apostar por el mercado externo. Habría que considerar por lo demás, que dicho contexto es en el fondo de precarización salarial mundial, por lo que las devaluaciones competitivas solo funcionarían sobre la base de llevar los salarios locales y los derechos laborales al mismo nivel de los países con salarios más bajos y mayor desempleo, lo que se traduce en que, inevitablemente, a la fulana devaluación “competitiva” debería seguir la derogación de la actual legislación laboral con sus beneficios incluyendo la inamovilidad.

Lo que nos lleva a lo último. Y es que hay que hay que caer en cuenta que el proceso de inclusión masiva de la población al ejercicio efectivo de sus derechos socio-económicos (lo que se traduce en tener acceso a la educación, la salud y la seguridad social, y por esa vía, a la tenencia de empleos y, por tanto, de poder adquisitivo) de ser una práctica o meta de justicia social, terminó transformando estructuralmente la economía venezolana en al menos uno de sus aspectos: el de la superación parcial de la restricción interna causada por la existencia de un mercado “pequeño”, condición la cual no derivaba, como siempre se nos dijo de un hecho demográfico si no de economía política: la exclusión social, la existencia de altas tasa de empleo precario y de desigual distribución del ingreso. El problema actual radica en que la superación parcial de dicha restricción interna, se hizo sin que el aparato productivo local se adecuara a esta nueva realidad, o lo hicieran solo parcialmente y hasta cierto punto, convirtiéndose en no pocos casos en una traba que genera cuellos de botella y un efecto inercial. Por lo demás, está visto que los sectores económicos dominantes en el país e inclusive algunos emergentes, son política e ideológicamente reacios cuando no francamente opuestos, a las iniciativas y políticas que han hecho posible la superación de la restricción interna, lo que no deja de ser paradójico cuando se toma en cuenta que han sido espacialmente beneficiados de la misma, y por la misma razón, especialmente perjudicados cuando se ponen en práctica las políticas restrictivas y regresivas que fanáticamente defienden.

El reto en esta nueva etapa consiste entonces en encontrar las vías para superar la restricción externa sin sacrificar los mercados internos, estos es, sin devolvernos a los tiempos de la restricción interna provocada por la caída de la demanda y el poder adquisitivo de la clase trabajadora. A este respecto, resulta vital romper con los paradigmas ortodoxos, los cuales aconsejan precisamente recortar gastos y contraer la demanda a la vez que elevar precios que es otra vía de ajustar. Es decir: cortar cabezas. Retroceder lo avanzado en términos de democratización del consumo bajo la excusa de “enfriar” la economía o “equilibrarla macroeconómicamente”, lo único que hará es ahondar la recesión y aumentar la conflictividad. Si como todo parece indicarlo estamos en momentos de un estancamiento secular, la apuesta por el comercio exterior no se muestra plausible y ni siquiera lógica. La apuesta actual pareciera pasar más bien por el reforzamiento de los mercados internos, lo cual no excluye desde luego el comercio exterior en especial el que pueda hacerse entre países aliados económicamente complementarios y planificadas a escala, en el marco de la diversificación monetaria (cuyo mejor paradigma es el SUCRE) y una mayor integración financiera con nuestros aliados regionales o no.

Venezuela quiere cambio: si. A nadie le gusta hacer colas, todos queremos hacer efectivos nuestros derechos socio económicos, comprar lo que necesitamos y queremos a precios accesibles, ahorrar, viajar, planificar nuestro futuro y el de nuestros hijos y nietos, etc. Y cuando digo todos significa todos: pues hay que ser muy limitado mentalmente para creer que los chavista no hacen cola o les gusta hacerla. Pero justamente por eso el cambio que necesitamos no puede ser cualquiera, o lo que sería peor, un “cambio” cuya única garantía concreta que ofrece es que lo anterior estaría reservado solo para una minoría privilegiada. Fuera de todo debate ideológico, medidas contra-cíclicas como las aplicadas por el chavismo y replicadas por otras experiencias regionales para cuidar y reanimar los mercados internos, es el sendero que la práctica demostró ser el más exitoso y justo para promover el bienestar colectivo y el crecimiento económico. Mientras que medidas contractivas como las que plantean los sectores de la oposición que hay que tomar, han demostrado en la práctica que conducen justo a lo contrario. Las experiencias para nada lejanas de los planes de ajuste de 1989 y 1996 están allí como testimonio. Y si por alguna razón llegamos a pensar que las cosas han cambiado y que tanto el FMI como los sectores locales fanatizados con los ajustes aprendieron la lección y está vez “sí lo harán bien”, veamos sin más lo que está pasando en Argentina, donde sin haber asumido la presidencia en lo formal el gobierno derechista de Macri –del cual la derecha venezolana se está valiendo y toma como referencia del cambio que pontifica- con sus simples anuncios de lo que hará luego de asumir, ya ha provocado una devaluación de la moneda que amenaza sobrepasar el 100% antes que termine el año y aumentos de precios que ya suman entre el 60 y el 80% en los bienes e inducido a la escasez de los mismos, pues los comerciantes, distribuidores y productores están reteniendo la mercancía a la espera de colocarla a los nuevos precios a costa, como siempre en estos casos, de los consumidores asalariados. El complemento de estas medidas será la eliminación y reducción –ya ratificada- de las retenciones a los grandes exportadores, de manera que estos no solo en términos nominales tendrán que dar menos dólares para el uso del Estado y el consumo y ahorro de los ciudadanos (contrario a lo que acá ocurre, la principal fuente de divisas en Argentina proviene del agro-negocio privado), sino que en términos reales también, al valer menos el peso frente al dólar. Como nos cuenta Serrano Mancilla en su excelente nota Macri y su mano invisible, es la gran estafa cometida contra quienes lo votaron creyendo en la consigna de la eliminación del control cambiario para que todo el mundo sea libre de comprar los dólares que desee. Detrás de esta promesa de campaña lo que sigue es una “liberación” donde lo que sucede es que serán muy pocos los que concentren la mayoría de dólares del país; de facto se bimonetiza la economía (en moneda local y moneda extranjera ), y habrá ciudadanos de primera o de segunda, según tengan capacidad real de adquirir divisas o no. En lo formal el acceso a divisas será libre, pero en realidad no, siendo que el condicionante no será el Estado sino “la mano invisible” que siempre juega como sabemos a favor de los que más tienen sacrificando a los que menos.

Venezuela quiere cambio: , pero un cambio que no signifique retroceso, volver a épocas oscuras de las que con mucho esfuerzo ya salimos. No podemos dejar que nos borren el pasado: las cosas que hoy extrañamos no las disfrutamos gracias a la Cuarta República si no a la Quinta, la del chavismo. Pero no podemos dejar tampoco que no estafen con el futuro. No existen venezolanos de segunda a los cuales sacrificar para que los de “primera” hagan con el país lo que les venga en gana, como lo hicieron siempre. Todo cambio debe operar dentro de las coordenadas sociales, culturales y económicas de inclusión, solidaridad e igualdad que son conquistas del pueblo venezolano en la última década y media y cuya garantía de continuidad es un gobierno que se identifica con las mismas -pero que tiene que hacer mucho más para defenderlas y ampliarlas- no aquellos que le han hecho recurrentemente la guerra.

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2 Respuestas a “Venezuela quiere cambio: sí… ¿pero en cuál dirección?

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