El 6d y el futuro económico de nuestros hijos y nietos. Guía rápida de dilemas y respuestas para electores y electoras (I)

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Supongamos que usted es una persona con cierto nivel de ingreso pero que en la coyuntura hiperespeculativa actual le es imposible ahorrar. Preocupado por el futuro de su familia, observa a su vez todo lo que sube el dólar, por lo que piensa que es un buen negocio ahorrar en esa divisa. Sin embargo, el gobierno no le permite hacerlo pues tiene un control cambiario, por lo que usted se puede sentir entusiasmado con el planteamiento de algún sector que le oferte levantarlo para que pueda ejercer su “derecho” a comprar dólares para ahorrar. Para que no tenga que ir como ahora al mercado negro a comprarlo mucho más caro, exponiéndose a que lo estafen o comportándose como el delincuente que usted no quiere ser.

O supongamos que es un asalariado como la gran mayoría del país. Ha visto todo lo que le cuestan las cosas hoy día. Y no solo lo ha visto, sino que lo padece. Como en el caso anterior, observa que el dólar parece ser lo único que se revaloriza en este contexto hiperespeculativo. De tal suerte, aunque piensa que no sabe nada de economía, le parece buena idea la dolarización salarial, pues, por qué rayos tiene uno que trabajar todos los días para ganar un sueldo que cada día le alcanza menos en una moneda devaluada, si puede hacerlo en una que se revalúa todos los días.

Las anteriores afirmaciones forman parte entre muchas otras del universo de propuestas e ideas que se debaten en estos días en el país, tanto en consideración de la difícil situación económica nacional, como del proceso electoral del próximo 6D. Y en tal medida, es claro que orientarán los juicios de las personas para elegir entre unas u otras alternativas políticas en dicho evento electoral, todo lo cual las vuelve importantes de cara al presente y el futuro del país. Pero justo por esa razón, y en la medida en que uno no vota solo para uno sino por lo demás incluyendo a quienes todavía no pueden hacerlo, merece nos detengamos a pensarlas bien, dado que la prisa nunca es buena consejera y mucho menos ayuda el tener que elegir en condiciones de presión. De hecho, en sentido estricto, elegir bajo presión no es elegir exactamente. O en todo caso, es una elección forzada. Es como lo que pasa con el malandro que da a “elegir” entre dejarse robar o dejarse matar. De la misma manera, elegir entre la Patria o que aparezca el papel tualet no es una elección: es un chantaje.

Por otra parte, y desde un punto de vista más general, el problema del análisis que lleva a la elección en economía se ve afectado siempre por tres poderosas razones ninguna de las cuales suele ser explicada al elector común. La primera es que acostumbramos pensar los problemas económicos partiendo de cómo nos afecta (o parece que nos afecta) en lo inmediato: si nos afectan para “bien” pensamos que son buenos, y si nos afectan para “mal” pensamos que son malos. La segunda, que tenemos la tendencia a elegir tomando en cuenta radios de acción muy inmediatos, sin reparar en las múltiples concatenaciones, determinaciones e interacciones que ocurren dentro de un sistema económico. Y mucho menos, lo que cambian las cosas cuando del plano individual en las que las pensamos y “decidimos”, se enfrentan al plano colectivo en que se llevan a cabo. Y la tercera, que para elegir por lo general contamos con una restringida cuando no adulterada información de los temas involucrados. Esto es en parte lo que explica que muchas veces nos veamos apoyando medidas que nos perjudican así a primera vista parezca lo contrario. No es un problema de masoquismo político, es más bien de orden epistemológico.

En esta medida, a partir del día de hoy y en lo que resta para el 6-d iremos ofreciendo en esta espacio una guía rápida de preguntas y respuestas, de dilemas y consideraciones en materia económica para uso de los y las votantes. No es una guía exhaustiva ni mucho menos, pero busca centrarse en los aspectos más importantes de cara a todo lo que se juega para el futuro de todos y todas los y las venezolanos y venezolanas, incluyendo también y sobre todo, como decía líneas atrás, los y las que viene en camino o van dando sus primero pasos.

Así las cosas, comencemos por dar respuesta en esta primera parte a los dos puntos planteados:

Lo primero que habría que decir con respecto a la dolarización salarial, es que es simplemente falsa la cuanta que sacan algunos según la cual dolarizar implica hacer una convertibilidad directa entre el dólar y el bolívar. Es decir, quien hoy día gane los 16 mil 400 bolívares mensuales que es el salario mínimo, no pasaría a ganar 16 mil 400 dólares mensuales. Antes de hacer eso, habría primero que ajustar el bolívar con respecto a lo que se determine que vale el dólar. En el caso ecuatoriano, por ejemplo, se hizo a 25 mil sucres por cada dólar. Suponiendo que la devaluación se haga tomando en cuenta el tipo de cambio oficial a 6,30, eso supone que el nuevo salario mínimo dolarizado estaría por el orden de los 2 mil seiscientos dólares. Y si se hace tomando en cuenta el SICAD alrededor de mil 360 dólares. Pero si se hace tomando en cuenta el SIMADI alrededor de 82 dólares mensuales. Y si se hace tomando en cuenta el promedio ponderado de los tres, alrededor de 315 dólares. Ahora bien, todos los expertos de la derecha económica coinciden en decir en que el verdadero tipo de cambio es el ilegal que marca dolar today o los operadores de Cúcuta, o que en todo caso, está más cerca del SIMADI que de los otros tipo de cambio oficial y por lo general por encima de aquel. De tal suerte, agarre su salario y divídalo por esos marcadores y allí tendrá su nuevo salario dolarizado.

Pero incluso suponiendo que la dolarización se haga de uno a uno, no por eso deja de ser una pésima idea. Hay razones de peso que lo explican: algunas suenan muy abstractas para la mayoría de la gente, como la pérdida de la soberanía monetaria. Pero la pérdida de soberanía monetaria implica, por ejemplo, la imposibilidad de emitir moneda propia, en la medida en que esa sería una facultad exclusiva del Departamento del Tesoro Norteamericano. Ahora bien, así las cosas, el flujo de dinero pasaría a depender entonces de dos variables: la entrada de dólares al país o del endeudamiento público o privado, incluyendo el consumo a crédito. Los peligros de esta última modalidad están a la vista en países como Estados Unidos y España o el propio Chile, lugar donde en promedio cada familia adeuda unas seis veces lo que le ingresa mensual. Pero dejando de lado esta vía, en un contexto como el actual de precios del petróleo a la baja y de prolongada recesión económica mundial, ¿de dónde van a provenir los dólares que necesitaremos no digamos para mantener el presupuesto público, sino simplemente la liquidez en la calle y el pago de sueldos? Esa es exactamente la situación que vive en la actualidad Ecuador, tal y como de hecho la ha explicado muy bien el presidente Correa. Pero aún más: ¿si una parte de los dólares que nos ingresan vía petrolera (que en los planes de todos los opositores se afirma que PDVSA debe privatizarse, lo que desde luego disminuirá su aporte al fisco dada la resta contable de la ganancia de sus nuevos propietarios), se deben destinar al pago de deuda externa contraída (los 50 mil millones de Lorenzo Mendoza Y Ricardo Haussman, por ejemplo), ¿no es bastante obvio que no habrán suficientes dólares para todo lo que se necesita a no ser que se haga un macroajuste?

Y este nos lleva al siguiente punto. Y es que la decisión política de levantar el control cambiario que inevitablemente se verá acompañada de una devaluación de magnitudes históricas, supondrá une verdadera bomba económica y social sobre el país. Y no es una exageración o ganas de hacer catastrofismo económico del tipo que suele hacer la derecha. Se trata simplemente de sumar y restar utilizando los insumos que dan los propios promotores de esta medida. Y es que tomando como referencia a los más conservadores, un ajuste que coloque el tipo de cambio en torno a los 35 bs., significaría una devaluación por sobre el 500% para la mayoría de los bienes y servicios, lo que inevitablemente terminará por trasladarse sobre todos los precios, más aún considerando que siempre en estos casos el impacto (mayor en la medida que mayor sea la devaluación) no será lineal sino que los comerciantes le pondrán tal es la costumbre, un “agregado” por “prevención”. Decir que esto no pasará porque ya los comerciantes y “el mercado” toman como referencia tipos de cambio mucho más altos, es demagógico o profundamente ingenuo. Lo mismo que jurar que al estar los agentes económicos confiados de que no se producirán nuevas devaluaciones ya que el tipo de cambio marcaría “el precio de equilibrio de mercado”, se abstendrán de seguir especulando. Las devaluaciones con libre convertibilidad de 1989 y 1996 estuvieron muy lejos de calmar los espíritus animales de los especuladores. Y de hecho, la primera de ellas causó la crisis financiera de 1994. Y si el caso es mantener una flotabilidad con bandas, a lo que hay que remitirse es a la experiencia de 2002 cuando Felipe Pérez desde el entonces ministerio de planificación y finanzas, aplicó un sistema de bandas que fue desbaratado por los especuladores en el marco del sabotaje petrolero de ese año.

Así las cosas, y ya para concluir, la liberación del sistema cambiario no se traducirá tal cual es lo esperado en una mayor accesibilidad o libertad para comprar divisas para el ahorro o la inversión. Muy por el contrario. La restricción será mayor solo que de una naturaleza distinta: no será el Estado quien le dirá cuando y a qué precio comprar, sino que será su poder adquisitivo precarizado por “el mercado” y la onda expansiva del ajuste devaluacionista quien le pondrá las restricciones. Es decir, en lo formal o de derecho todos podremos ir sin restricciones de ningún tipo a comprar dólares. Pero de hecho, la gran mayoría no podremos porque no tendremos la capacidad de generar excedentes para ello, como pasaba en los no tan lejanos 90.

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