Los precios “justos” de P&G.

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“Las variaciones de los ingresos, sea que ellas provengan del tipo de cambio, de la producción… no actúan sobre los precios sino a través de los individuos, por las modificaciones que ellas provocan respecto de sus apreciaciones sobre la unidad monetaria. Mas, nuestros diversos factores psicológicos hacen que los individuos reaccionen de manera diferente ante las variaciones de los ingresos. Los que son más ecónomos, más inclinados al atesoramiento y la inversión, o aún, los que están más aferrados a la liberalidades, o que son más exigentes en el intercambio, o más confiados en la anterior estimación del valor de la unidad monetaria, o en fin, menos inclinados a aceptar el alza de precios, esos, aceptan menos de buena gana, a pesar del incremento de los ingresos, aumentar sus precios de demanda, aumentar considerablemente sus compras, que aquellos individuos que tienen inclinaciones inversas. En consecuencia, para un incremento dado, el alza de precios tendrá menos amplitud cuando los primeros dominen en el país, en número, que cuando son los segundos los que dominan.” (Aftalion, A. Monaie, Prix et Change. 1935.)

Lo ocurrido con P&G y su lista de precios “justos” es el mejor ejemplo del tipo de cosas que no pueden seguir ocurriendo, pero que además tampoco pueden simplemente despacharse como actos de “irresponsabilidad” de la empresa u contabilizadas como “otro nuevo ataque de la derecha económica o la burguesía parasitaria” como si ya tuviéramos habituados –o que habituarnos- a tales cosas. Se trata nada más y nada menos de una empresa transnacional, a la que se le han entregado divisas para que mantenga operativa la producción y la colocación en una rama dentro de la cual ejerce posiciones monopólicas u oligopólicas, siendo que no garantiza el abastecimiento pero que ahora se toma atribuciones del Estado al darse ella misma la potestad de fijar precios justos.

El escándalo de este fin de semana con los productos P&G comporta el mismo estatus de ataque especulativo al de la FORD y la dolarización: se trata de golpear la soberanía monetaria y disminuir el poder del Estado imponiendo por la vía del hecho su poder corporativo. No podemos subestimarlo porque se trate de champú y toallas sanitarias, pues en última instancia, lo que está en cuestión no es el champú ni la toalla sanitaria, sino las facultades del Estado para garantizar los derechos socio económicos de la población y el acceso a bienes y servicios de calidad y a precio justo.

Pero incluso si se tratara simplemente de la toalla sanitaria y el champú es bastante claro cuál es la intencionalidad: no solo aprovecharse de su posición de dominio y poder de mercado para debilitar al Estado, sino para pisotear a los consumidores y los trabajadores, para humillar a la gente, desesperarla, para burlarse de ellas, para decirle en sus caras todo lo que se tienen que rebajar, todo lo que tienen que padecer y calarse para tener el “derecho” de acceder a cualquiera de sus productos. Justo en el momento en que desde el ministerio de la Mujer se lleva a cabo la hermosa campaña de Una Mujer, en que los candidatos del PSUV recorren los barrios y pueblos, P&G da un nuevo salto adelante en la anti-campaña de la derecha que no es otra que la del terrorismo económico.

Pero no es solo P&G. En estas vísperas del día del padre circuló en las redes el caso de una camisa importada para hombres cuyo precio “justo” eran 92 mil bolívares, más o menos unos 12 salarios mínimos, lo cual es una grosería y un robo descarado incluso si fuese el caso que fue importada a tasa SIMADI (comparando al vuelo, una camisa equivalente en Chile o Estados unidos costaría unos 15 mil bolívares a tasa SIMADI, 900 a SICAD y unos 500 a 6,30). La misma contabilidad puede sacarse con los uniformes y útiles escolares, que ante el final y comienzo de los respectivos años escolares están entre desapareciendo y colocándose a precios estrambóticos.

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En el marco de la guerra económica, a la lógica especulativa simple (la de vender mucho más caro lo que se compra más barato, la de obtener en la “ruidosa esfera del mercado” ganancias adicionales a las que se obtienen por las vías tradicionales), se le suma la lógica política conspirativa, no solo contra el gobierno sino contra la población asalariada. A esta última para que por obstinación termine volteando al gobierno claro está, pero también porque los capitalistas –parasitarios o no, comerciantes o no- no se sienten cómodos ni contentos en contextos como los nuestros de cuasi-pleno empleo y de intervención del Estado en beneficio de la mayoría. No se trata si quiera ya de un asunto de ganancia sino de poder, lo cual explica en parte –adicional a la ignorancia y la miopía de pulpero- porque de nuestros “empresarios” y comerciantes terminan conspirando contra una política de democratización del consumo que les resulta tremendamente provechosa, para apostar a una política de la austeridad y la “libre” competencia que los quebraría en un dos por tres. Esto es algo que ya explicamos en El mito de la maquinita, a propósito de la lectura que hace Kalecki de la guerra económica que la derecha económica francesa (promovida y apoyada por la banca inglesa, al igual que ocurrió en Alemania y en la República española) contra el Frente Popular Francés presidido por el socialista León Blum entre 1936 y 1938:

Los planteamientos de Kalecki sobre el desde entonces denominado experimento Blum, reflejan situaciones que, como la anterior (la de la hiperinflación en la República de Weimar, Alemania), recuerdan a otras experiencias más recientes, como la del primer peronismo en Argentina, el kirchnerismo y el chavismo. Todo comienza con la llegada al poder de un gobierno democrático amplio –una coalición de socialista, antifascista, pacifistas y sectores progresistas – en medio de la Gran Depresión de los años 30. Dicho gobierno empieza una activa política presupuestaria para reactivar la economía y reducir el desempleo. Esta política comienza a dar frutos, lo cual se expresa en un aumento del poder adquisitivo de la población tanto por mejores salarios y derechos como por aumento del empleo que eleva a su vez el consumo. Los comerciantes y productores también se ven beneficiados, pues el aumento del poder adquisitivo se traduce en mayores ventas y ganancias. Sin embargo, en un momento determinado los capitalistas –particularmente los más grandes y concentrados, también e inclusive más beneficiados por la política inclusiva- comienzan a especular con los precios, no solo ante la posibilidad de elevar los márgenes sin hacer lo propio con la inversión sino también –y para Kalecki esto es lo fundamental- por razones políticas.

Tres son las razones políticas -mutuamente incluyentes- que enumera Kalecki. La primera tiene que ver con el hecho de que en un sistema de no intervención del gobierno, el nivel del empleo depende la voluntad de los capitalistas: si estos así lo deciden, cae la inversión privada, lo que se traduce en una baja de la producción y el empleo. Por tanto, decía Kalecki, sin intervención, los capitalistas disponen de un poderoso control indirecto sobre la política gubernamental: como todo lo que pueda incomodarles y deteriorar “su” voluntad debe evitarse para que no se provoquen crisis, resulta que los gobiernos deben someterse constantemente a sus preferencias y dictados. Sin embargo, dice Kalecki, “en cuanto el gobierno aprenda el truco de aumentar el empleo mediante sus propias compras, este poderoso instrumento de control perderá su eficacia”.

Una segunda resistencia de los capitalistas a la política gubernamental que crea empleo proviene del hecho que, cuando se lleva a cabo, se sienten adicionalmente amenazados ante la posibilidad de parecer superfluos. Es decir, si dicha política de creación de empleos se articula invirtiendo en productos que comercializan los privados, estos interpretarán que el gobierno actúa como un competidor indeseable que le roba negocio y beneficios y por tanto se opondrán. Y si la intervención se realiza subsidiando compras se producirá una paradoja. Pues si bien en principio les vendrá muy bien a los capitalistas porque venderían lo que de otra forma se quedaría sin vender, más pronto que tarde se negarán a ello porque con dichos subsidios, dice Kalecki, se pone en cuestión algo de la mayor importancia: “los principios fundamentales de la ética capitalista requieren la máxima del ganarás el pan con el sudor de tu frente, es decir, siempre que tengas medios privados”.
Pero no para ahí el asunto. Incluso si los capitalistas superasen estas dos reacciones adversas, se enfrentarán a la política que puede conseguir el pleno empleo por otra razón fundamental: y es que el desempleo dejaría de ser un medio de disciplinar a los trabajadores y de limitar su capacidad reivindicativa: “La posición social del jefe se minaría y la seguridad en sí misma y la conciencia de clase de la clase trabajadora aumentaría. Las huelgas por aumentos de salarios y mejores condiciones de trabajo crearían tensión política” (recuérdese lo que decía Marx sobre la utilidad política del ejército industrial de reservas).

Así las cosas, al gobierno de Blum y los socialistas comenzaron a acorralarlos los capitalistas mediantes las quejas por una reducción de los beneficios. A las quejas siguieron las presiones por distintas vías siendo la primera el alza de precios, causante de malestar y los conflictos sociales. A la especulación de precios y el acaparamiento, la especulación financiera y cambiaria. La fuga de capitales mermante de las reservas lo obliga a devaluar finales de 1936, lo cual se tradujo en mayor malestar. Inglaterra comienza un cerco financiero, pero además, estimula la fuga de capitales ante las simpatías del gobierno de Blum con el gobierno republicano español ya en guerra contra el fascismo. El antisemitismo –Blum era judío- comienza a ser blandido por la derecha. Finalmente, Blum se ve obligado a retroceder y sacrifica los avances sociales ante la estrechez presupuestaria lo cual lo enfrenta a sus aliados de izquierda. Poco a poco pierde gobernabilidad hasta renunciar en 1937, se vieron frustradas y Francia entraría en un debilitamiento institucional que en parte explica la facilidad con que los nazis la invadieron en 1940.”

El punto de quiebre en estas situaciones, para volver a la cita de Aftalion que sirve de epígrafe a esta nota, es cuando la parte de la población que se decanta hacia las prácticas especulativas se hace mayoría frente a la que no, lo cual suele ocurrir cuando la autoridad del Estado se diluye por la acción de sus enemigos y la confianza tanto como la seguridad y la expectativas a mediano y largo plazo se pierden. No se trata de un problema de equilibrio de mercados sino de equilibrios sociales, del punto marginal a partir del cual los lazos sociales se disuelven y se impone la lucha por la sobrevivencia. El logro histórico del chavismo fue lograr recomponer los lazos sociales, la gobernabilidad y las expectativas destrozados por década de saqueo y en los últimos tiempos de neoliberalismo practicado por los mismos que hoy dirigen la guerra económica. Tanto logro ha sido, y tanto ha luchado el presidente Maduro por conservarlo, que frente a todo lo que hemos atravesado estos dos años todavía las cosas no se desbordan. Pero no podemos simplemente seguir resistiendo pues –como en toda guerra- mientras más pase el tiempo más desgaste sufrimos, más bajas padecemos y más cerca del punto marginal de retroceso –todo lo opuesto del punto de no retorno- nos colocamos.

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