Un comentario sobre “despolitización” y guerra económica.

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“Y si hoy la política no parece ya posible, es porque de hecho el poder financiero ha
secuestrado por completo la fe y el futuro, el tiempo y la esperanza.”

Giorgio Agamben. Crédito fe y futuro. Citado por el presidente Maduro, Octubre de 2013. Discurso de solicitud de poderes habilitantes.

En estos días, mientras conversaba con unos amigos sobre temas ligados a la coyuntura actual de nuestro país, una muchacha me decía más o menos lo siguiente: “hasta hace dos años mi vida transcurría entre mi militancia política y mi actividad artística (se trataba de una artesana). Y aunque era mamá reciente, me daba tiempo para dedicarme a mis labores de madre sin descuidar lo anterior. Sin embargo, hoy día todo el tiempo se me va en buscar pañales y cosas así. Ya no puedo militar, apenas hago artesanía y buena parte del tiempo de madre lo paso en una cola.

Hace unos meses, en un foro sobre los mismos temas, escuchaba de la boca de un bodeguero la siguiente reflexión: “Todo el mundo dice ahora que los bodegueros somos unos especuladores, que somos unos bachaqueros, que explotamos a nuestros vecinos, etc. Y en cierta medida es verdad pues hay muchos sinvergüenzas, ¿pero dónde no los hay? Ahora, lo que nadie dice es que en medio de esta guerra económica a nosotros al barrio ya nadie nos despacha, por lo cual tenemos que bajar como todo el mundo al supermercado a buscar los productos que vendemos para vivir. Tenemos que hacer colas e ir de allá para acá buscando. Pero no para comprar dos o tres harinas, paquetes de azúcar o rollos de papel tualet, sino para comprar en cantidad. Y no los compramos a precio de mayor, como antes, sino a precio detal especulado ya. Fíjese el caso de la cerveza y los refrescos, que nos lo venden ahora a precio detallado aunque nos vendan la caja. Y luego tenemos que cargar con ese perolero cerro arriba, pagar taxi que te deja en la entrada al barrio y luego el jeep para subir al cerro, lo cual implica pagar varios puestos por el paquetero. Y si tienes la mala suerte de encontrarte a los malandros debes pagarle vacuna. Y si ese malandro es colombiano o paramilitar la cosa es más complicada. Y todo eso para venderle a gente que no hace mercado no porque no le guste ni porque no tenga plata para hacerlo, sino porque al igual que yo vive en el cerro y no puede subir miles de escaleras con un bolsero y sortear todos los problemas, aunque ahora tenga que hacerlo. Y claro, no puedo venderle la harina a precio regulado. Claro que hay especulación y claro que especulamos, pero en muchas ocasiones no tenemos otra opción.”

Los anteriores son testimonios de personas honestas, comprometidas políticamente con la revolución. Son personas que militan cada uno en sus espacio, ligados a sus respectivos consejos comunales y hasta inscritos en el PSUV. Sin embargo, ambos dan testimonio de dos realidades muy complejas: en el primer caso, del proceso forzado de “despolitización” a la que lleva el resolver el día a día para mucha gente en el marco de la guerra económica. Y en el segundo, del proceso de especulación forzada al que los mecanismos de propagación de la guerra económica también someten. No son realidades excluyentes, por lo demás: en el primer caso, la desesperación y la despolitización llevan fácilmente a la especulación y al bachaqueo como mecanismo de sobrevivencia. Mientras que en el segundo, el cansancio y el desencanto conducen fácilmente a la despolitización.

Me permito citar algo que hace ya un tiempo escribía sobre esto: “lo que comenzó siendo un proceso especulativo emprendido por las transnacionales, los importadores, la banca privada foránea y “local”, las casas de bolsa y los grandes comerciantes con el doble propósito político y mercantil de conspirar y apropiarse de la renta petrolera, ha terminado convirtiéndose en una corrida que involucra a una parte importante de la población. Recurriendo a los dos ingredientes básicos de todo proceso especulativo: la ambición y el miedo, los poderes económicos del capital transnacional han hecho todo lo posible por encubrir y facilitar su saqueo gran millonario corrompiendo a una parte de la población para ponerla a buscar dólares migajas o las vías más retorcidas de enriquecerse. No se trata a este respecto, siquiera, de que las personas sean buenas o malas, comprometidas o no, honestas o deshonestas. Precisamente, ese es el punto. La lógica de la guerra económica y el capitalismo de facto espolea a todos y todas por igual (más allá de los grados diversos de afectación) a competir por los bienes escaseados, lógica tanto más perversa en cuanto la persona es de hecho comprometida u honesta. Si no es este último el caso, se suma sin conflicto moral y busca aprovecharse de la situación. Pero si no es indolente, tiene sentido ético, compromiso político o es solidaria, la guerra económica persigue primero rebajarla al nivel de predador o presa, la coloca ante la disyuntiva de ser especuladora o especulada, “viva” o “pendeja”. Es como lo que se narra en esas novelas adolescentes del tipo Los juegos del hambre o pasa en esos programas de reality show donde la gente es puesta a pelearse a muerte por los bienes escaseados o la fama solo para uno. Como el guasón de Nolan, los ingenieros de la guerra económica conciben la sociedad como una manada de potenciales salvajes que cuando las cosas se tuercen un poquito se atacarán entre ellos. Es la teoría de la pelea de perros aplicada a la economía. El reverso perverso de la sociedad solidaria planteada por la tradición socialista y rescatada por el presidente Chávez.

Esta es la razón por la cual la guerra económica no promueve la lucha de clases sino el odio intra-clase: hace que la mayoría asalariada y no propietaria se vuelque contra ella misma sospechando del otro o la otra, temiéndole,  envidiándol@ y, en última instancia, aprovechándose suyo. No hace querer acabar con la clase explotadora sino sumarse como otro explotador más, así sea por sobrevivencia. La guerra económica es la contrarrevolución propietaria planteada por los neocons e importada por María Machado para sepultar la revolución de los proletarios. Es el capitalismo “popular” por otros medios”.

Pensemos ahora el caso de una pareja jóven que quiera casarse y hacer famililia. Más allá de todo los problemas y retos que en condiciones normales tal proyecto implica, debe sortear ahora lo derivados de la guerra económica: desde la falta de pañales hasta la imposibilidad que para la gran mayoría reporta en estos momentos comprarse un carro ni qué decir una vivienda. No importa que el gobierno nacional esté cerca de construir ya 800 mil viviendas, lo que es algo así como el 12% de todas las viviendas a nivel nacional, ni que anuncie que va por más. Evidentemente, para el mercado inmobiliario de este país –que ya era rentista antes de la llegada del petróleo- la oferta y la demanda funciona siempre en la dirección que más les conviene. El caso es que nuestra pareja no encontrará pañales, no podrá comprar casa, ni carro, pero aún peor no podrá ahorrar pues los bancos no abren cuentas de ahorro o en todo caso la especulación se los come. ¿Es muy difícil pensar que ante este panorama nuestra pareja terminará oyendo los cantos de quienes se quieren ir demasiado o invitan a especular con dólares pues es éste el único bien todavía medianamente accesible a través del cual puede gente ahorrar? No debemos olvidar nunca que el dinero en economías monetarias además de medio de intercambio y unidad de cuenta es reserva de valores o, como decía Keynes, eslabón entre el presente y el futuro, lo cual es especialmente cierto en el mundo cada vez más sombrío e inseguro de hoy.

Lo anterior también aplica a la hora de opinar sobre el “consumismo” de la gente: ¿el ritmo actual de consumo de la población a qué se debe, a su consumismo o la lógica perversa de la especulación y acaparamiento según la cual usted no sabe si lo que compró o necesita hoy lo conseguirá mañana o a qué precio lo consegurá? Sin excluir el peso negativo de los patrones de consumo y su influencia en el marco de una acelerada democratización en el acceso a bienes y servicios que ha sido junto a la protección laboral y salarial puntas de lanza del chavismo económico, no hay que ser muy listos para darse cuenta que pesa más los egundo que lo primero.

Sobre este tema, en otro post se decía lo siguiente: “más que “consumismo” la gran cantidad de personas comprando electrodomésticos y otros bienes, lo que pone en evidencia es la inexistencia de mecanismo de ahorro para el común de la gente en nuestro país. Y decimos el común de la gente pues los grandes actores económicos y las personas de mayores ingresos si cuentan con una variada gama, desde la compra de bonos hasta la fuga abierta pasando por la adquisición de propiedades que no necesariamente usan sino que “engordan” con la suba de los precios o arriendan especulativamente a quienes las necesitan, sean estas viviendas, locales comerciales, oficinas, puestos de estacionamientos y hasta vehículos que ponen a “producir”, que es como en el argot especulativo cotidiano se conoce a la práctica de buscarse un chofer al cual explotar manejando un taxi o una camionetica.

En esa misma línea, más allá de que existen quienes hacen de esta práctica especulativa una manera declarada de hacer negocios, una gran cantidad de personas recurre a ellas como vías indirectas de ahorrar. Es éste el caso clásico de los vehículos usados y ahora las motos, pero también de neveras, electrodomésticos y cualquier otro bien que se espera tenga una alta rotación.”

A lo que voy, es que la dolarización forzada de la población al ponerla a comprar dólares como mecanismo de protección de su patromonio frente a la especulación y la devaluación fraudulenta de nuestra moneda, el “sobreconsumo” o el acaparamiento doméstico como mecanismo de protección frente a lo mismo y contra la escasez, el desencanto o “despolitización” de la gente frente a los estragos y abusos de los comerciantes que operan con total impunidad e inclusive las propias prácticas especulativas en las que está viendo involucrada una parte importante de la población, no pueden simplemente despacharse ni tacharse como de falta de compromiso, conciencia y mucho menos naturalizarse como resultado de la trístemente célebre “viveza” del venezolano. Esto no quiere decir desde luego que haya que ser permisivo con ellas. Lo que quiere decir es que hay entender sobre qué marco se producen y qué cosas las disparan, o como dirán los marxistas de la vieja escuela, entender sobre cuáles condiciones objetivas se producen, cuáles son las condiciones materiales que determinan y sobredeterminan estos comportamientos sociales, estos “cambios” en la conciencia colectiva, a partir de lo cual podemos determinar a su vez qué cosas hay que hacer para contrarrestarlas.

La naturalización pseudoantropologisista o esencialista de este tipo de prácticas (“los venezolanos son así”) o su pura condena moral, son en extremo peligrosas. Empezando por lo último, no solo porque por esa vía no se aporta nada para su solución, sino porque además termina empujando a la gente hacia el mismo callejón sin salida especulativo al que los estrategas de la guerra económica la quieren llevar. Y en cuanto a lo primero, en extremo relacionado con lo anterior, porque permite validar los ajustes de tipo neolibelar al tiempo que diluye las responsabilidades de los grandes especuladores y ladrones de cuello blanco socializando las culpas. En algún post anterior citamos a este respecto los agudos comentarios de Moises Moleiro en su libro Las máscaras de la democracia, cuando reflexionaba sobre la campaña ideológica del empresariado nacional (sic) tras el Viernes Negro de 1983. Reflexiones que es pertinente escuchar a propósito de lo que ocurre actualmente: “Al declararse la crisis, tras el anuncio del “Viernes Negro” (los empresarios) evidenciaron alguna agilidad impensada. Al lado del reclamo, y el intento casi obsceno de aprovechar en su propio beneficio la crisis como habían aprovechado la abundancia, supieron originar una campaña ideológica –en el peor sentido del término- destinada a ciertos objetivos. La crisis, en primer lugar, no tenía culpables: todos los venezolanos habíamos disfrutado la riqueza petrolera y todos éramos cum¡lpables, pro derrochadores. Resultaban así curiosamente homologados los que diseñaron y ejecutaron determinadas políticas con quienes resultaron víctimas de las mismas. Los que se enriquecieron prodigiosamente a expensas del patrimonio público y los que permaneceron pobres. Una culpa ontológica –derivada del “modo de ser” venezolano- nos abrazaba a trabajadores de salarios escasoz y patrones de ganancias astronómicas, a campesinos sin tierra y usureros que venden insumos agrícolas, a desempleados y a visitantes de los casinos de Aruba, a profesionales sin trabajo y votantes ingenuos, por un lado, y dirigentes asociados al “tren empresarial” de FEDECAMARAS que enviaban dinero a bancos suizos, por el oro.”(Moleiro, M. Las máscaras de la democracia. 1988)

Cambiando todo lo que haya que cambiar, está claro que lo mismo puede decirse hoy día.

En mi opinión, más que entrar en un debate desgante y en buena medida esteril sobre si hay que repolitizar o no a la militancia, sobre si la gente se está o no despolitizando, lo que hay que atacar son las condiciones y situaciones que hacen posible tal cosa, y en este momento no existe ninguna otra mayor a la total impunidad con que operan los especuladores, la manera grosera cómo hacen sentir sobre la población asalariada su poder, el asalto que a plena luz del día opera sobre los bolsillos de la mayoría. Ese juego perverso de ver los precios subir día a día, de saber que los comerciantes hacen uso de los marcadores ilegales de divisa para marcar a su libre albedrio los precios de productos que en muchos casos nisiqiera son importados, de que la gente sienta ya no solo que su poder adqusitivo ha dismunido sino que sus ahorros y capacidad de ahorrar han desaparecido, al tiempo que comienza a manifestarse peligrosas tendencias al endeudamiento familiar para costear el consumo básico (alimentos fundamentalmente), ese juego es el principal factor desencantador, despolitizador, desmovilizador y en última instancia desmoralizador con el cual hay que acabar antes que acabe con todo.

Quisiera cerrar este post con otra cita, en este caso de un economista francés aunque de origen búlgaro injustamente olvidado pero muy importante para entender lo que estamos viviendo. Ya lo cité en otro espacio, a propósito del trabajo El Mito de la Maquinita elborado a partir de los cálculos sobre liquidez monetaria y precios en Venezuela hechos por José Gregorio Piña. Se trata de Bernard Aftalion, estudioso entre otros casos del proceso hiperinflacionario vivido en la Alemania de la década de los veinte del siglo pasado.

Las variaciones de los ingresos, sea que ellas provengan del tipo de cambio, de la producción… no actúan sobre los precios sino a través de los individuos, por las modificaciones que ellas provocan respecto de sus apreciaciones sobre la unidad monetaria. Mas, nuestros diversos factores psicológicos hacen que los individuos reaccionen de manera diferente ante las variaciones de los ingresos. Los que son más ecónomos, más inclinados al atesoramiento y la inversión, o aún, los que están más aferrados a la liberalidades, o que son más exigentes en el intercambio, o más confiados en la anterior estimación del valor de la unidad monetaria, o en fin, menos inclinados a aceptar el alza de precios, esos, aceptan menos de buena gana, a pesar del incremento de los ingresos, aumentar sus precios de demanda, aumentar considerablemente sus compras, que aquellos individuos que tienen inclinaciones inversas. En consecuencia, para un incremento dado, el alza de precios tendrá menos amplitud cuando los primeros dominen el en país, en número, que cuando son los segundos los que dominan.” (Aftalion, A. Monnaie, Prix et Change. 1935.)

Sobre esta cita volveré en una próxima entrega.

 

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2 Respuestas a “Un comentario sobre “despolitización” y guerra económica.

  1. Estimado Luis
    No será posible controlar el aumento de los precios con un impuesto. Uno que tribute las ganancias extraordinarias y la baja en la producción o ventas que acarrea el aumento de precios especulativos. Debería ser además mensual.

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