Chávez y el chavismo vs. la economía y los economistas del fraude.

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El título completo de este larga nota es Chávez y el chavismo vs., la economía y los economistas del fraude. O sobre la superioridad intelectual, empírica y prospectiva de la economía política de los primeros por sobre la del capital de los segundos. Y debe leerse, además de como un homenaje al presidente Chávez a dos años de su partida física, como una revisión, reivindicación y análisis prospectivo de la economía política del chavismo y su política económica, medida logro a logro, indicador por indicador, en comparación con la de quienes se le oponen.

Originalmente esta nota era la segunda parte de Superar el modelo fracasado, publicada recientemente. Sin embargo, en el camino se convirtió en una nota en sí misma, de la cual se desprenden al menos otras dos. La idea es ir publicándolas a partir de hoy, en el marco, como decía, del recuerdo a la memoria y el legado del presidente Chávez, 

Lo de la economía y los economistas del fraude debe leerse en el sentido preciso que le daba Chávez a partir de sus lecturas de John Kenneth Galbraith. Sentido que se puede escuchar de la propia voz del comandante acá. Contra los economistas del fraude se enfrentó en todo momento, y son esos mismos economistas y “expertos” a los cuales enfrenta ahora el presidente Maduro. 

El documento La Transición firmado por Ledezma, López y Machado, así como el anuncio de Copei de reunirse con el FMI y en BM para discutir los términos del “rescate” de la economía nacional y el retorno del país a los circuitos financieros tradicionales, han tenido la gran virtud de ayudarnos a despejar el panorama. Hayan sido anuncios hechos con vocación golpista, o -como hipócritamente dicen sus protagonistas- como meros ejercicios de opinión amparados en la “libertad de expresión”, lo cierto es que más que cualquier cosa que se haya dicho o pueda decirse desde el chavismo, lo afirmado en ellos define claramente cuál es el sentido de toda la operación que se ha orquestado desde filas oposicionistas en los últimos dos años.

En efecto, a mi modo de ver lo expresado en tales documentos tiene el mismo valor heurístico que las neveras de Daka y Nasri en noviembre de 2013. Y es que como se recordará, lo que vimos en aquella ocasión no era nada distinto a todo lo que voceros del gobierno y algunos analistas veníamos sosteniendo: que no había una escasez de dólares que justificara tales precios, sino la deliberada voluntad de quienes especulaban tanto por razones políticas como por negocio. Sin embargo, y desde luego, no era lo mismo decirlo que verlo, mostrándole a la gente las facturas y todo el recorrido de las mercancías, como efectivamente hizo el gobierno anotándose un triunfo político de suprema importancia estratégica.

De hecho, tan importante fue dicho triunfo que la matriz de la escasez de dólares como explicativa de la inflación y el desabastecimiento fue virtualmente abandonada por la derecha, derrotada por la evidencia y frente al convencimiento colectivo de que se trataban de actos deliberados de especulación y acaparamiento. Eventualmente, todavía, vuelve al argumento, en especial a partir de la caída de los precios del petróleo. Pero de hecho, más bien pasó de la mentira al cinismo, siendo que ahora especula, acapara, contrabandea y remarca abiertamente desafiando las leyes de la República y reconociendo que nada de eso acabará hasta que no sean cumplidas sus exigencias, tal y como lo ha dicho con toda claridad Jorge Roig, presidente de FEDECAMARAS. Eso es claramente una declaración de guerra, en este caso, de guerra económica.

Como hemos sostenido también desde los primeros días que escribimos sobre guerra económica, ésta no es un fin en sí mismo sino un medio. Un medio para derrotar y derrocar al gobierno chavista, pero también y sobre todo para derrotar y someter a la clase trabajadora, a la mayoría asalariada, e inclusive, a un buen número de pequeños y medianos comerciantes, para explotarlos mejor y llevarnos de vuelta al capitalismo especulativo-parasitario-precarizador de los ochenta y noventa pero peor. El mecanismo utilizado es el de la elección forzada, el chantaje y el malandreo político: ante la imposibilidad de acceder al poder por vía electoral por no contar con la mayoría necesaria, se recurre al terrorismo político y económico, se caotiza la vida social para que o bien ocurra un estallido o la gente cansada, resignada, desmoralizada, obstinada, desilusionada, “elija” la opción que a la derecha le conviene y quiere.

Pero como decía, no es lo mismo que uno lo diga a escucharlo o leerlo de las propias cabezas visibles de la derecha. Y esta es la gran virtud heurística y pedagógica de las medidas económicas reveladas en el documento de Ledezma, Machado y López. Ahora bien, dicho valor viene dado no solo por el hecho evidente de que, revisadas una a una, no solo son exactamente las mismas adelantadas por la dictadura presidida por FEDECAMARAS en abril de 2002 tras el golpe de estado, o exactamente las mismas que todos los “expertos” económicos del oposicionismo aseguran que deben tomarse urgentemente para “salir de la crisis”, o exactamente las mismas que cierta “izquierda” “pragmática” repite en la misma dirección, sino que son exactamente las mismas que los gobiernos de AD y Copei, junto a FEDECAMARAS y una pléyade de “expertos” nacionales e internacionales del FMI, el BID y el BM -la gran mayoría de los cuales todavía pululan por ahí opinando y “recomendando” con total impunidad- tomaron en la década de los 80 y 90 para “sacarnos” de la crisis de entonces, pero que, lejos de eso, nos condujeron al más terrible escenario de pobreza, violencia y precarización de la vida social y económica de los últimos 50 años, del cual con mucho esfuerzo –y a pesar de la oposición- en buena medida hemos salido en los últimos quince años.    

En líneas generales, tales medidas son las siguientes:

  1. Eliminación del control de precios.
  2. Eliminación del control cambiario, devaluación de la moneda y libre convertibilidad.
  3. Aumento de la gasolina.
  4. Reducción hasta la eliminación de los subsidios públicos.
  5. Reducción de déficit fiscal
  6. Liberalización de las tasas de interés.
  7. Privatización de las empresas del Estado.
  8. Aumento de los precios de los servicios públicos y su privatización definitiva.
  9. Levantamiento de la inamovilidad laboral, derogación de las garantías proteccionistas a los trabajadores y trabajadoras contempladas en la ley del trabajo.
  10. Apertura total a la inversión extranjera.
  11. Privatización de PDVSA, abandono de la OPEP, rompimiento de la política de banda de precios por cuota de producción.
  12. Firma y endeudamiento con el FMI y el Banco Mundial.

Lo diga Ricardo Haussman, Francisco Rodríguez, Luis Vicente León, José Guerra, Felipe Pérez o Víctor Álvarez, más allá de las variaciones de estilo, es exactamente lo mismo. Lo diga Jorge Roig, María Corina Machado o Roberto Henríquez, también. Sea dicho en nombre de la convencionalidad neoliberal más ortodoxa o de la “heterodoxia” más ambigua, ídem. Se trata, en cualquiera de sus presentaciones, de una receta clásica de ajuste neoliberal, de un paquetazo fondomonetarista en sentido clásico. 

¿Qué hay de viejo en esta “nueva” historia?

En efecto, si algo tiene de asombroso la crítica de los expertos económicos y la vocería oposicionista en general fundamentada en el relato del “fracaso del modelo socialista”, es que presenta sus alternativas, sus propuestas, como “novedosa y de avanzada”, al tiempo que juran que nos sacarán de la “crisis”. Sin embargo, únicamente tras un soberbio ejercicio de adulteración y oferta histórica engañosa, puede pretenderse que tales medidas sean nuevas o de avanzada, y más aún, que contribuirán en algo a solucionar los problemas de la economía venezolana y del país. Y es así, simple y llanamente porque tal pretensión “olvida” no sólo que esas medidas ya fueron aplicadas con anterioridad sin resultados positivos al menos dos veces antes de la llegada de Hugo Chávez a la presidencia, sino que causaron una tragedia social y unos gigantescos desequilibrios económicos que, en buena medida, explican de hecho la propia llegada de Chávez al poder, al tiempo que son responsables directas de los principales problemas actuales de la economía nacional.

Lo que hoy propone la derecha económica ortodoxa (y golpista) y la heterodoxia conservadora, ya se hizo aquí al menos en 1989 y en 1996, con resultados conocidos. Y digo “al menos” porque parcialmente también se hizo cuando el gobierno de Herrera Campins, durante ese largo y triste período que culminó con el Viernes Negro de 1983. Y de alguna manera también durante el primer gobierno del puntofijismo: el de Rómulo Betancourt. Valga agregar que todas esas medidas fueron diseñadas o avaladas por los “expertos económicos” más connotados de este país, estudiados en las universidades más convencionales y capitalistas del mundo: Andrés Germán Otero, Tomás Enrique Batalla y Alfredo Machado, cuando Betancourt; Leopoldo Díaz Bruzual y Arturo Sosa, cuando Herrera Campins; Pedro Tinoco, Miguel Rodríguez, Ricardo Hausmann, Moisés Naim, Ruth de Krivoy, cuando CAP II; Teodoro Petkoff, Julio Sosa Rodríguez, Luis Giusti, Francisco Rodríguez, Freddy Rojas Parra, cuando Caldera II. Bie sabemos que no se puede acusar a ninguno de ser neófito en materia económica, de no tener credenciales para dirigir al país según el canon de las agencias internacionales y las calificadoras de riesgo, así como tampoco de no entenderse con el sector privado nacional o la gran banca. Quizás con un par de excepciones, todos y cada uno de por sí eran representantes de los grupos económicos nacionales o transnacionales: Andrés Germán Otero, Ministro de Hacienda de Betancourt, por ejemplo, venía de las filas de la Polar, al igual que Arturo Sosa (Ministro de Hacienda de Herrera Campins) y la mayoría de los ministros de economía o comercio durante el puntofijismo. Tinoco (Presidente del BCV cuando CAP II) y Freddy Rojas Parra (Ministro de Hacienda de Caldera II) fueron presidentes de FEDECAMARAS; Krivoy representaba a VENAMCHAM, y así sucesivamente.

El fracaso de los expertos medido por sus propios indicadores.  

Es un hecho conocido que los “expertos” económicos gustan usar y abusar de las cifras a la hora de juzgar, de medir el éxito o fracaso de tal o cual medida, de tal o cual modelo. No obstante, como dice el dicho, son buenos para mirar la paja en el ojo ajeno, pero absolutamente incapaces para dar cuenta de la viga en el suyo propio. Así las cosas, son capaces de afirmar, por ejemplo, que el modelo chavista fracasó porque en el 2014 hubo una inflación de 68%, pero pasan olímpicamente por alto que las medidas que ellos proponen cuando fueron aplicadas la dispararon a un 81, 71 y hasta un increíble 103%.

Por otra parte, mucho se ha insistido –si bien pareciera que nunca será suficiente- sobre los resultados funestos que en materia social dejaron las medidas de “equilibrio” y “saneamiento” la economía emprendidas por adecos, copeyanos, FEDECAMARAS, el FMI y los “expertos” económicos de Harvard, el MIT, la UCAB el IESA: desnutrición por encima del 21% de la población, más de dos millones de analfabetas, tres millones de estudiantes sin cupos en las universidades, una de las tasas de no-escolaridad más altas del continente. En términos globales, medido por cifras oficiales, casi la mitad de la población se colocó en situación de pobreza, y más de un 20% en situación de pobreza extrema e indigencia. El desempleo global, por su parte, se puso por encima del 15% en 1998 (y en torno a un 30% en el caso del juvenil). Y dentro de la población ocupada la mayoría (el 51%), lo estaba en situación de precariedad e informalidad. El salario real había caído cinco veces con respecto a su valor en 1978, siendo que el costo de  la canasta alimentaria normativa era 25% superior al salario mínimo legal.

Sin embargo, está visto que a los neoliberales y los profetas de los equilibrios macroeconómicos ese tipo de datos no les interesan. Pues de alguna manera todo se reduce para ellos en indicadores macroeconómicos, es decir, que den cuenta de las variables más abstractas de la economía, independientemente de cómo se exprese eso en la vida real de la gente. Por lo demás, tal y como hemos escuchado ciento de miles de veces, para ellos dichas cifras no tienen tampoco importancia en la medida en que deben ser consideradas como el “costo social” o los “efectos no deseados” de los ajustes, siendo que después del purgatorio social vendrá el cielo de los equilibrios y la abundancia para todos, equilibrios y abundancias expresadas en variables como un índice inflacionario bajo, la reducción del déficit fiscal o el aumento del PIB.

Ahora bien, lo que la experiencia demuestra y la historia estadística permite comprobar, es que tampoco en el mundo de los indicadores macroeconómicos las medidas tomadas en su momento por los gurús de la economía venezolana y mundial dieron resultado. Es decir, así como fueron un total fracaso en materia social, también lo fueron en materia macroeconómica y en su objetivo manifiesto de equilibrar y sanear la economía. Pero lo que es más importante aún considerar en estos tiempos de debate y comparación de “modelos”: el desempeño de dichas variables en términos generales cuando se compara con los últimos quince años –o sea, de gobierno de los “ignorantes chavistas”- las deja peor paradas aún. Es decir, se nota más su fracaso.

Este es particularmente el caso, como ya dije, de la inflación pero también del PIB.  En cuanto a este último indicador, las cifras son bastante elocuentes. Para 1998, el PIB venezolano se contabilizaba en unos 98 mil millones de dólares. Hoy día, a cierre de 2014, se contabiliza sobre los 430 mil millones de dólares. Es decir, el PIB actual, después de Chávez y Maduro, en comparación al que nos “legaron” los genios de la economía y las finanzas con sus medidas tecnocráticas, es 4,4 veces mayor.

Este dato es particularmente importante si se considera que, en comparación, el PIB venezolano bajo el mandato de los neoliberales en los años 90 no solo no creció, sino que en promedio decreció -0,1%. Ahora bien, durante los últimos quince años, el PIB ha tenido una tasa de crecimiento de 3,5%, lo cual es digno de resaltar considerando que se han padecido caídas severas del mismo: en 1999, el primer año del presidente Chávez, sufrió una contracción de -6%; en 2002 de -8,9; en 2003 de -7,8; en 2009 de -3,2%; en 2010 de -1,5% y en 2014 de -2,3% (al cierre del tercer trimestre).

Lo singular de estas caídas, sin embargo, es que todas y cada una se deben a factores exógenos a la política económica del chavismo, incluyendo -y sobre todo- las acciones de sabotaje de la derecha económica nacional y transnacional: la de 1999 se corresponde a las bruscas fuga de capitales y desinversión provocadas por la burguesía nacional y transnacional como reacción al triunfo de Chávez; las de 2002 y 2003, a la conspiración golpista encabezada por FEDECAMARAS, la meritocracia petrolera y la entonces Coordinadora Democrática (actual MUD), que arrancó con el paro patronal de diciembre de 2001, el golpe de estado de abril de 2002 y el sabotaje petrolero de diciembre 2002 – marzo 2003. Por su parte, las caídas de 2009 y 2010, se explican por la acción conjunta del estallido de la crisis financiera mundial en septiembre de 2008, la abrupta caída de los precios del petróleo y de la crisis financiera interna provocada por la especulación bancaria y de las casas de bolsa locales. Por último, la caída de 2014, es obvio que ha sido provocada fundamentalmente por los efectos de la guerra económica  interna y externa.

Pero si en términos de PIB los “genios” de la economía quedan bastante mal parados en su desempeño como gobierno, y más todavía, cuando se compara dicho desempeño entre mediocre y fatal con el de los “ignorantes chavistas” en términos de lucha contra la inflación, los resultados son mucho más elocuentes. Veamos:

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Como su título lo indica, la anterior gráfica compara la evolución de la inflación entre 1989 y 2014. El período se corresponde, en su primera parte, con los años que van desde el primer ajuste neoliberal (1989) llamado oficialmente El Gran Viraje y popularmente El Paquetazo, durante el segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez. Pasa por el segundo paquete de medidas acordadas con el FMI, el BM y el BID, al que se le conoció como “Agenda Venezuela”, durante el segundo mandato de Rafael Caldera en 1996. Y culmina en 1998, último año del puntofijismo con la llegada de Hugo Chávez a la presidencia de la República. La segunda parte del período –separada de la primera por la línea punteada roja- ocupa los años del chavismo, tanto los del presidente Chávez como lo que va del Presidente Maduro, esto es, desde 1999 hasta 2014.

Lo primero que salta a la vista es que en términos inflacionarios, contrario a lo que reza la matriz impuesta por los “expertos” sobre el agravamiento de la inflación durante el chavismo, de la “crisis inédita y nunca vista” de los precios, es que, en cuanto tendencia histórica, la inflación durante el chavismo ha sido significativamente –de hecho casi la mitad- de lo que fue durante la época en que se aplicaron las medidas que ahora nos dicen dichos “expertos” debemos tomar para controlar la inflación. Incluso el último año -2014- el más alto durante la década chavista, está aún significativamente lejos de los 81,1% y 103% a los que se disparó la inflación tras la aplicación de las medidas de “ajuste”, “saneamiento” y “equilibrio” económico y “antiinflacionario”.

Pero el fracaso de dichas medidas para controlar, reducir o acabar la inflación resalta también cuando se les compara con la década que antecedió su aplicación. Así las cosas, la década de los 80 conoció una inflación del 19,4%, significativamente superior al 8% de la década de los 70, siendo esa la razón por la cual controlarla era uno de los objetivos principales de los tecnócratas. Pero es evidente que no solo no la controlaron, ni redujeron ni acabaron, sino que la agravaron llevándola a sus máximos históricos. Por otra parte, también queda claro que los brotes inflacionarios durante el chavismo han respondido más, como decía, a factores externos antes que a su política económica, siendo el sabotaje oposicionista y la voracidad especulativa de los sectores económicos nacionales y transnacionales los principales responsables. Sobre estos temas volveré más adelante, cuando aborde la coyuntura especulativa actual en el marco de la guerra económica, pues me gustaría detenerme por más breve que sea en un punto sumamente importante que termina por demostrar el fracaso del modelo FMI-BM-FEDECAMARAS- defendido por los dinosaurios de la cuarta, sus herederos políticos y los “expertos” que los secundan.

 La “lucha” de los “expertos” “contra” las “rigideces” de la economía: algunos resultados empíricos.

Los protagonistas de los paquetazos neoliberales de la década de los 80 y 90, eran enconadamente críticos del capitalismo venezolano de entonces, así como especialmente claros a la hora de afirmar que el empresariado criollo era en gran parte responsable de los males que aquejaban la economía nacional. Dicha franqueza es bastante sencilla de explicar: en la medida en que funcionaban directamente como agentes de poderes transnacionales, y en la medida en que en cuanto tales su tarea era abrir las compuertas al gran capital transnacional, para que vía privatización, devoramiento de empresas privadas nacionales o simple y llanamente su aniquilación mediante competencia desleal, se reforzará el carácter dependiente de la economía venezolana, como efectivamente pasó.

El que hoy día esos mismos críticos de FEDECAMARAS sean sus animados defensores no desdice lo anterior. En cualquier caso, lo que hace es revelar su oportunismo “teórico” tanto como su pertenencia de clase: y es que las diferencias intraclases (entre los agentes del capital transnacional “vs.” la burguesía parásita criolla) queda suspendida y transforma de hecho en solidaridad de clase cuando el conflicto con las otras clases aprieta.

En fin, lo cierto es que las ácidas observaciones de Naim, Haussman, Rodríguez o Tinoco se plasmaron directamente en la redacción del VIII Plan de La Nación: El Gran Viraje, el documento oficial del gobierno de CAP II, en el que taxativamente se dice lo siguiente:

“EL VIII Plan está basado en el reconocimiento de que el modelo de desarrollo que rigió al país por más de tres décadas se agotó. (…) La industrialización sustitutiva fue concebida fundamentalmente para abastecer el mercado interno, sin excluir el hecho de que hubo cotor períodos donde se aplicaron políticas de promoción de exportaciones no tradicionales, que no resultaron tan exitosas como se esperaba debido a la que la rentabilidad del mercado interno siempre fue más alta que la del mercado internacional. Este modelo sustitutivo tenía como factores de éxito una excesiva y permanente protección de la competencia externa.”

Fieles al conocido dogma según el cual el mercado asigna eficientemente los recursos y restablece los equilibrios entre las ofertas y las demandas, la “solución” a este agotamiento fue la apertura comercial externa e interna, eliminación de las “rigideces” al sector privado (controles de precio y cambio, incluyendo la unificación del tipo de cambio a un precio “libre”), reducción de los aranceles, de la carga impositiva y para-impositiva, así como la “sinceración” de los precios internos para hacerlos atractivos a los inversionistas. Sin embargo, como al mismo tiempo se trataba de reducir el déficit fiscal, la reducción impositiva y arancelaria fue “compensada” con el aumento de los precios de los bienes y servicios públicos (gasolina, agua, luz, teléfono, etc.) y en lo mediato, con las privatizaciones para deshacer al Estado de empresas “ineficientes”. Ese mismo razonamiento, lo siguió Teodoro Petkoff en 1996.

Pero los resultados no pudieron ser más decepcionantes (aunque esperables) en lo económico y catastróficos en lo social. En lo primero, la apertura comercial externa trajo como resultado una licuefacción de la ineficiente industria nacional, en mayor parte encabezada por empresarios sin ánimo alguno de competir sino más bien vender al mejor postor cuando no directamente abandonar las empresas dejando en el aire a miles de trabajadores. De tal suerte, algunas ramas fueron a pasar directamente al control de las transnacionales, mientras que en otras, los oligopolios y monopolios ya existentes resultaron fortalecidos. Lo paradójico del asunto, es que la apertura comercial no solo no hizo más competitiva las ramas de la actividad económica que no lo eran (como alimentos y bebidas, donde la gran ganadora fue La Polar), sino que hizo menos competitivas a aquellas donde medida con indicadores capitalistas clásicos había relativa competencia (como pasó en calzado y textiles, siendo que las industrias nacionales del sector virtualmente desaparecieron).

En un trabajo publicado en el año 2000 por la UCAB por María Isabel Martínez Abal –a quienes, ni la universidad ni la autora, se puede acusar de chavistas- se da cuenta claramente del desastre que en términos de eficiencia del mercado para asignar sabiamente los recursos tuvieron las políticas de ajuste. En ese texto nos dice la autora:

“(…) la apertura comercial ha sido más sentida por sectores en los que no era tan necesaria, porque el poder de mercado ya estaba lo suficientemente difuminado, mientras que sectores más concentrados la sufrieron menos. De nuevo, esto no es raro: justamente los sectores más concentrados tienen mayor poder de mercado, es decir, mayor capacidad de imponer barreras de entrada a nuevos competidores. Que el estado rebaje sus barreras legales de entrada no impide que permanezcan barreras de otro tipo, puestas por las empresas que ya controlan el mercado.

(…) La falta de competencia la pagan los consumidores. A partir del momento de la eliminación del PVP, el índice de los precios de los mayoristas (IPM) se separa por arriba del índice de precios de los industriales (IPP), de manera que para 1990 el valor IPM/IPP es de 1,22. Dicho en otras palabras, los mayoristas (que son comerciantes) elevan sus precios más que proporcionalmente al incremento de sus insumos, esto es, especulan en vez de competir. Pero tampoco los industriales compiten entre sí. Por el contrario, el incremento de IPP entre 1988 y 1999 llega a 2,96 y el del IPM alcanza en el mismo período 3,67, con el “aporte” de la especulación de los mayoristas. No cabe atribuir el aumento al componente importado de los alimentos, cuyo peso en el IPM del BCV no llega al 2%. La liberación de precios produce así justamente el efecto contrario al que se perseguía: aprovechando las “manos” libres que el gobierno deja, la incapacidad organizativa de los consumidores y la baja elasticidad de la demanda de los alimentos, los precios suben más deprisa en ese rubro que en los demás (salvo en el caso de bebidas, una más elástica, pero altamente concentrada).”[1]

Una economía fuertemente especulativa, con altos índices de inflación en medio de una depresión salarial sin precedentes, altamente concentrada, en más de un 70% de su capacidad instalada privada transnacionalizada y con desinversión crónica, con desmantelamiento cuando no ya privatización de los servicios públicos, endeudada, con desempleo creciente y prevalencia del empleo precario, sin un plan coherente de acción monetario, fiscal, presupuestario ni energético, esa es la economía venezolana que el presidente Chávez recibirá en manos de los “expertos” económicos. Y es a partir de esa herencia funesta, que emprende un trabajo de reconstrucción que no solo sacará al país del caos social en el que lo metieron tales “expertos”, sino que la colocará en posición de dar un salto adelante una vez superadas varias de sus restrcciones internas más importantes, siendo la más importante de todas la existencia de un mercado interno excluyente en cuanto al acceso de bienes y servicios para la mayoría, y quedando pendiente –al menos a lo interno- la de una estructura productiva, de comercialización y distribución que no se corresponde ni se quiere corresponder a esta nueva realidad. Pero todo este trabajo de reconstrucción no hubiese sido posible sin un diagnóstico muy preciso de la realidad económica nacional –y política, social, etc.- elemento primario gracias al cual el chavismo económico –si cabe la expresión- marcará su superioridad indiscutible en lo teórico y empírico sobre la economía convencional, sobre la economía y los economistas del fraude (inocente o no tanto).

 

Notas:  

[1] Lo único que no comparto del análisis de Martínez Abal es que eso que para ella fue accidental o no deseado, debe por el contrario considerarse el resultado lógico de las medidas adoptadas, como ella misma por lo demás sugiere a partir del uso de la categoría de poder de mercado en un mercado como el venezolano. El problema de Martínez Abal es que los resultados de su trabajo empírico la confronta con su formación económica y política filoneoliberal, por lo que llegado ese punto retrocede y en vez de romper con el neoliberalismo cae en lo que ella denomina un “diálogo” con él. El trabajo de Martínez Abal a que hacemos referencia acá es: El mito de la competencia en el mercado venezolano. Aprendizajes de las medidas económicas de ajuste aplicadas durante 1989 en Venezuela. UCAB. Caracas. 2000. También se recomienda: Mercado y neoliberalismo en Venezuela. UCAB-Gumilla. Caracas. 2010.

 

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