¿Salir? ¿transitar? ¿a dónde? ¿por qué?

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En El caballero oscuro, la segunda parte de la trilogía del Batman de Chris Nolan , se puede ver una escena que describe muy bien la situación a la que estamos siendo sometidos los venezolanos y las venezolanas actualmente.

En la misma vemos a un grupo de personas tratando de escapar en transbordadores marítimos (ferrys) del caos que en Ciudad Gótica está causando el Joker. En unos de dichos transbordadores viajan unos presos, que también son evacuados para evitar que escapen y se unan a la banda del Joker. En medio de eso, tanto el ferry donde viajan los presos como en otro donde viajan ciudadanos y ciudadanas normales, son interceptados por el Joker, quien les anuncia a los ocupantes que los barcos están cargados con TNT y están a punto de estallar. La única salida que tienen, les dice, la única alternativa, es tomar el detonante que en cada barco fue colocado y que hace explotar la carga del otro. Si deciden no hacerlo, o mientras más se tarden, corren el riesgo de que los otros lo hagan “porque tal vez no sea tan nobles”. Y si ambos no lo hacen serán volados los dos. Es lo que el Joker llama “experimento social”, experimento que tiene como objetivo demostrarle a Batman que los habitantes de Ciudad Gótica, que los humanos en términos generales, “sólo son tan buenos como el mundo los permite ser”, de allí que todo intento de justicia, de hacer el bien, de ser honesto, resulte finalmente inútil.

Pero como todo conocedor de la teoría de juegos sabe, este experimento es tan sólo una variación extrema y masiva de elección forzada: aquella donde la persona se ve obligada a “elegir” la más “racional” entre opciones impuestas en situación de coacción. Es decir, la elección forzada es aquella “elección” que un sujeto hace bajo el supuesto del libre albedrío, bajo la ilusión de la libertad de elección, o sea, de que realmente está escogiendo, eligiendo y decidiendo, cuando en verdad está siendo forzado a elegir una opción específica.

Un buen ejemplo de elección forzada es el dilema en que el ladrón coloca a su víctima a la hora de un robo. Y es que casi siempre le ofrece dos opciones, una claramente “buena” y otra claramente mala: “o me entregas el carro o te doy un tiro”, “el celular o la vida”, etc. La gracia del asunto es que uno “pueda”, en efecto, “elegir” entre una y otra, entre la opción “correcta” (darle lo que quiere) y la “incorrecta” (negarse).

El secreto para obligar a la persona a “elegir” la opción “correcta” es crearle las condiciones objetivas y subjetivas que la lleven a ello, es decir, ponerla en una situación tal que opte por hacer aquello que de otro modo muy difícilmente haría haciéndole ver que, de lo contrario, el precio a pagar será mayor: nadie le daría su carro a un extraño si no es con una pistola en la cara. Así pues, una vez creada la situación sin salida, se ofrece la salida “correcta”: es más sensato entregar el carro a que te den un tiro.

Pues bien, la estrategia oposicionista de “la salida”, así como los recientes llamados a “la transición política”, replican palmo a palmo el mecanismo de la elección forzada: la mayoría de los venezolanos y venezolanas que, democrática y racionalmente, en elecciones universales, perfectamente auditables y observadas, han elegido según las convenciones de rigor una opción política, un proyecto de país, son forzados y forzadas por el ala más recalcitrante de quienes se oponen a dicha opción y a dicho proyecto, pero en perfecta conjunción con quienes desde afuera y apelando al intervencionismo más vulgar también lo hacen, a “decidir” rechazarlos so pena de seguir padeciendo sus acciones violentas, so pena de que se profundice el caos y llegue la guerra civil.

La guerra económica con su dosis de especulación y escasez inducida por el acaparamiento, el terrorismo mediático, psicológico y guarimbero, el secuestro, la tortura y muerte de militantes políticos, la manipulación del dolor y el duelo por las víctimas que su propia violencia causa, y más recientemente, las sanciones y el bloqueo internacional (decididos en nombre de los DDHH por un gobierno que encabeza todas las listas mundiales de violación de los DDHH, que mantiene a su población bajo un virtual estado de sitio legal y paralegal al menos desde 2001, que libera policías acusados con pruebas públicas y notorias de asesinato por motivos fútiles y racistas al tiempo que  condena a siete años a una manifestante que “agredió” con un codazo a un policía durante una manifestación, que tiene cárceles clandestinas en todo el mundo y cuyos líderes reconocen abiertamente que financian, arman y entrenan a mercenarios que degüellan, violan y queman vivas a personas,) todo eso, es el equivalente de la pistola en la cara.

Lo que le quieren quitar no es un vehículo, ni un celular ni un par de zapatos. Tampoco ni siquiera un gobierno o los recursos. Lo que les quieren quitar es la libertad de elegir, la democracia y el futuro. Los venezolanos y venezolanas, la mayoría de ellos y ellas, tienen 15 años eligiendo y reafirmando una opción política mediante los mecanismos democráticos legítimos y constitucionales habidos y por haber, y sin embargo, para los poderes fácticos, esos que nadie elige, y para las minorías privilegiadas que los secundan, no es suficiente. Es el enfrentamiento entre la democracia y la democrazy, siendo esta última esa monstruosidad de régimen político que se basa en el no-régimen, de institucionalidad que se basa simplemente en resignarse ante el orden establecido por más irracional, insensato y criminal que éste pueda ser.

Sólo en democrazy se explica que el país que, como decía, es líder mundial en violación de materias de DDHH, actué contra otro acusándolo de ser violador de los DDHH por la detención legal de personas en el marco de juicios también legales por asesinato director o instigación a delinquir, pero se haga olímpicamente ciego, sordo y mudo ante la realidad de otro país donde 43 estudiantes son secuestrados, entregados por la policía a narcotraficantes,  torturados, asesinados, al parecer incinerados y cuyos restos no solo no se encuentran sino que, en su búsqueda, aparecen decenas de fosas comunes con muchos más restos de personas asesinadas y desaparecidas en circunstancias similares. O que un ex presidente de otro país investigado por narcotráfico, acusado por jefes paramilitares de ser su jefe máximo y bajo cuyo mandato al menos 5.300 personas fueron enterradas en fosas comunes, aparezca ahora como un paladín internacional de las causas más noble. Y en definitiva, solo en democrazy se explica que un criminal como Antonio Ledezma, responsable directo de la muerte de decenas de personas en los últimos 25 años y, entre otras cosas, creador de los cuerpos parapoliciales de la extinta PM (los tristemente célebres “pantaneros”) o que un psicópata como Leopoldo López, comprobado corrupto y responsable directo de unas acciones que le costaron la vida a más de 40 personas, pretendan ser tratados como víctimas y perseguidos políticos.

En la película de Nolan la gente finalmente escapa gracias a dos cosas. Además –claro- de la oportuna intervención de Batman, porque se negaron o no se atrevieron a hacer volar a los otros para salvarse. Y es que ante la ausencia de superhéroes en la vida real, las situaciones de elección forzadas pueden ser superadas cuando los que son víctimas de ellas entienden que la salida egoísta solo garantiza el desastre, mientras que la vía cooperativa y solidaria –por más difusa que pueda parecer- es la única que garantiza mejores resultados. O también, como planteaba recientemente el ministro de economía griego Yanis Varoufakis en un artículo para el The New York Times a propósito de las negociaciones de su país con la UE y el BCE, cuando se rebelan contra la tiranía de las consecuencias y simplemente resisten y hacen lo correcto porque es lo correcto. Otro griego hace muchos siglos atrás lo planteó de forma similar: lo único que puede y debe hacer un hombre libre es no someterse, no traicionar, no arrodillarse, no corromperse en nombre de la recompensa, el no-castigo o la clemencia de quien a partir de ello se convertiría irremediablemente en tu amo.

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