Superar el modelo fracasado I

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“Nos destruyeron el país, y los mismos que lo hicieron todavía hablan y nos quieren dar consejos” Hugo Chávez.

En Venezuela asistimos ciertamente al fracaso de un modelo, no solo económico sino de sociedad: al del capitalismo dependiente, de desarrollo desigual y de amplio contraste entre una minoría extraordinariamente opulenta, una “clase” media también minoritaria pero integrada en la medida en que era funcional y una mayoría excluida del rentismo, el consumismo y la democracia de los primeros, o en el “mejor” de los casos, receptora de sus sobras. Dicho modelo tiene sus progenitores: FEDECAMARAS y el capital transnacional tanto petrolero como comercial. Y también fecha de nacimiento: 18 de octubre de 1945, esto es, cuando la fracción burguesa especulativa, usuraria y parasitaria (así la llamaban ya entonces Medina, Pietri, Egaña y compañía, herederos ideológicos de Alberto Adriani), en colusión con los adecos y el ala gorila de las fuerzas armadas, dieron al traste con el único proyecto serio de industrialización impulsado desde la burguesía nacional, o al menos, un ala ilustrada pero muy minoritaria de la misma.

El chavismo, que no es un modelo económico ni social sino un proyecto histórico, surgió como reacción al fracaso de dicho modelo. Y en cuanto tal, desde todo punto de vista, y en lo económico particularmente, ha sido exitoso. De hecho, en buena medida, a lo que asistimos en estos momentos es a los efectos secundarios no deseados del éxito de dicho proyecto, efectos no deseados que se mezclan con la propia reacción del viejo modelo pero especialmente y sobre todo de sus beneficiarios y herederos, negados -como todo bloque histórico decadente- a aceptar su superación histórica y prestos a sacrificar todo lo que haya que sacrificar -menos sus privilegios- para evitarlo.

Salvando todas las distancias y diferencias que haya que salvar, la reacción de “nuestros” rentistas recuerda mucho la de la decadente nobleza terrateniente francesa antes de la revolución. No pocos les advirtieron que sus privilegios obscenos, su egoísmo atávico, su supremacismo mal habido e incapacidad suprema de mirar más allá de sus ombligos, los llevarían a su desaparición. Ya sabemos lo que pasó. No solo no cambiaron sino que se aferraron con mayor fuerza a su modo de vida insostenible. Y llegó entonces la revolución en medio de la especulación del pan y los cereales que acometían tanto por desprecio a las masas populares como por avaricia.

El fracaso del modelo FEDECAMARAS y la larga huelga de inversiones del capitalismo criollo.
Narrar el fracaso del modelo económico y de país de FEDECAMARAS resulta tanto más interesante si lo leemos directamente de aquellos quienes, siendo protagonistas del mismo, eran lo suficientemente sensatos para advertir lo que estaba ocurriendo.

Uno de ellos fue Miguel Ignacio Purroy, banquero de vieja data y hasta el año pasado presidente de BANCARIBE, y en tal virtud, insospechado de chavismo o izquierdismo. En 1985, en un trabajo de la hoy igualmente atávica ANCE titulado Pasado, presente y futuro de la deuda para el cual se le entrevistó, Purroy daba su diagnóstico de la crisis venezolana:
Se llegó a la crisis porque el sector privado entró en huelga de inversiones desde 1979. El Estado quiso romper esa huelga aumentando los créditos para la inversión del sector privado con la esperanza de que se tradujera en creación de riquezas para recuperar los créditos e incrementar el empleo, pero no ocurrió así. Simplemente gran parte de esos créditos se transfirieron al exterior (… ) La Corporación Venezolana de Fomento, por ejemplo, prestó quince mil millones (de Bs.) y solo recuperó mil quinientos

Lo denunciado por Purroy se evidencia en el siguiente gráfico, el cual da cuenta de la larga e histórica huelga de inversiones de los capitalistas criollos expresada como una violenta caída de la inversión en capital fijo:

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En las siguientes dos gráfica, tomadas de Asdrúbal Baptista (al que tampoco se puede acusar de chavista) se pueden evidenciar dos de los efectos más perversos causados por dicha huelga que aún hoy sigue, expresados en este caso sobre la inflación y la caída vertiginosa del salario real de la población trabajadora:

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El mito de la Venezuela Saudita
La Venezuela Saudita del ta barato dame dos, Miami los fines de semana y consumo desenfrenado, al mismo tiempo es y no un mito. Lo es en la medida en que supone que todo el país disfrutaba de dichos privilegios. Y no lo es en la medida en que, ciertamente, un sector de la población, el de los privilegiados de siempre y los de nuevo cuño, lo hacían. De los 15 millones de Venezolanos de entonces, menos de tres accedían a ese estilo de vida de ricos y famosos. Parece mucho y de hecho es bastante, tanto que alcanzaba para congestionar La Carlota los fines de semana, los Mall de Miami y las tiendas de la 5ª Avenida… pero se trataba de menos del 20% de la población total.

El que la Gran Venezuela Saudita terminara convertida en la mítica imagen de una Venezuela pasada, se debe tanto a la nostalgia como a la hipocresía y el cinismo de sus protagonistas y beneficiarios. La parte de nostalgia se explica sola. Pero la de la hipocresía y el cinismo vale la pena reseñarla si bien en el fondo resulta sumamente simple: una vez usufructuada y privatizada la riqueza de todos y todas en unas pocas manos, resultó conveniente socializar las culpas diciendo que todos y todas los venezolanos éramos rentistas, despilfarradores y corruptos. Así en el fondo no había culpable, pues en mayor o menos grado todos los éramos. Pero además, se preparaban las condiciones anímicas entre la población para lo que iba a venir. Y lo que vendría sería el mega ajuste neoliberal donde todos y todas tuvimos que ajustarnos el cinturón para pagar los platos rotos de la fiesta de FEDECAMARAS y sus secuaces.

En tal sentido, lo de la Gran Venezuela Saudita hay que tomarlo con pinzas: existió de hecho, pero tal y como es la Arabia Saudita actual o Dubái: un reino de “príncipes” y “princesas” usurpadores de una riqueza que no producen, rodeados de una gran miseria y una población a la cual se acostumbraron ver como sirvientes cuando no amenaza.
Los años 80 y 90, los del fin de la “Venezuela saudita” fueron los del infierno social. Los excluidos de siempre terminaron aún más excluidos. Y buena parte de los incluidos bajaron en la escalera social pasando a la pobreza. Este fue el caso de la célebre “clase” media venezolana, la cual, al igual que sus pares europeos contemporáneos o los argentinos en los 90, fueron precarizados violentamente. Así las cosas, a finales de la década de los 90, Venezuela se contaba entre los países más desiguales del mundo (el 30% de la población acaparaba el 61% de la riqueza). Y la clase media venezolana, que en la década de los setenta ocupaba el 50% de la población, ya rondaba el 20%. Entre otras consecuencias, las universidades públicas que eran mayoritariamente populares fueron poco a poco perdiendo éste carácter, pues los estudiantes de los barrios y pueblos dejaron de ingresar, mientras que los de “clase” media imposibilitados de ingresar a las privadas lo hacían en las públicas.

 

De la Venezuela Saudita a la Venezuela de todos y todas.
Durante aquellos dolorosos años la burocracia popularizó un término que describía precisamente la posición de aquellos millones de jóvenes a quienes se les negó el derecho a la educación. Los llamaban “población flotante”, atrapada en un limbo institucional entre la educación media y la universitaria. Pero en sentido más amplios, dicho término describía la situación del 80% de los venezolanos y venezolanas de entonces: flotando socialmente sin poder acceder a sus derechos, bien la educación, bien la salud, bien la alimentación, bien la seguridad, bien el trabajo, ni qué decir la recreación y la cultura.

De aquella barbaridad, de aquella situación desesperada de las grandes mayorías, contra esa Venezuela de los pocos insurgió el chavismo. Salir del infierno neoliberal, esa fue la primera meta tal y cual la denominó ese gran amigo y aliado del presidente Chávez que fue Néstor Kirchner. Y en ese sentido es donde decimos que el chavismo ha sido extraordinariamente exitoso, donde el proyecto chavista –que todavía no es un modelo- ha sido logrado su cometido, éxito que después irradió hasta convertirse en una tendencia en varios países de la región. Se hizo con petróleo y renta petrolera: sí; se hizo sin romper estructuralmente con el capitalismo: si. Pero no por eso fue menos heroico y no por eso deja de tener el contenido inmensamente revolucionario que se le ha reconocido y que la derecha sabe muy bien que tiene:

Sin corto plazo, no hay largo plazo. Esta premisa fue primordial para Hugo Chávez desde sus inicios. La deuda social venezolana, ocasionada por las décadas perdidas neoliberales, fue tan grande que impedía pensar en cualquier transformación estructural desde el primer momento. La urgencia fue solventar la paupérrima coyuntura. Según la economía dominante, con su séquito de expertos técnicos, la pobreza es simplemente un dato económico en cualquier ecuación matemática; no contempla la correlación de fuerzas políticas que explica el empobrecimiento de las mayorías ni su gravedad social. Chávez zanjó ese mundo económico hegemónico, y al revés: no hay futuro sin remediar el presente. La tarea inminente fue implementar una economía humanista que satisficiera las necesidades básicas del pueblo venezolano a la mayor brevedad posible. Así, a contracorriente del tsunami neoliberal, la política económica de la Revolución Bolivariana se dedicó a erradicar la pobreza (Cepal), reducir el desempleo a niveles históricos (7,2 por ciento en febrero 2014), mejorar la equidad del ingreso (PNUD), aumentar el salario mínimo real, acabar con el hambre (FAO). Esto, mal que les pese a muchos, es eficacia económica socialista. Sanear la deuda social a máxima velocidad es señal de una eficiente política económica que empleó los ingresos públicos: más del 60 por ciento del PIB hacia la inversión social. No hay magia ni milagros: construir viviendas y tener una educación y sanidad pública y gratuita es costoso y requiere muchos bolívares y dólares.

¿Todo fue gracias a la renta petrolera? Sí, pero no porque la renta petrolera caiga del cielo construyendo misiones, viviendas, escuelas u hospitales, sino que todo se debe a una reapropiación soberana de ese sector estratégico y, seguidamente, de una política de priorización de lo social por encima de cualquier propuesta neoliberal. La clave estuvo en poner la renta petrolera al servicio de una economía humanista en vez de lo que dictamina la economía capitalista, esto es, emplear los ingresos públicos para edificar un Estado de las Misiones en vez de un Estado de Bienestar en miniatura.”1

1. Alfredo Serrano Mancilla. Revolución Productiva. página 12. 25 de mayo de 2014.

 

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