Desglosario económico: “No se pueden controlar los precios”

mano_invisibleUno de los lugares comunes favoritos de los economistas convencionales, pieza antológica del sentido común mediatizado contemporáneo, es que la economía y los controles no se la llevan bien. Es más, y como comenta Eduardo Febres en su muy buen artículo ¿Y tú cómo te ves cuando hablas de economía?, si de algo puede estar seguro uno a la hora de hablar con un economista convencional es que de las únicas dos cosas de las cuales siempre están seguros los economistas convencionales son las siguientes: 1) que la gente que no es experta se ve cuchi cuando no pendeja cuando se atreve a hablar de temas económico. Y 2) que los controles –y particularmente los de precios- empeoran todo siempre. Es una experiencia por la que casi todo mundo ha pasado alguna vez. Si alguien osa plantear el tema así sea para simplemente preguntar, encontrará una cara que se ladea un poco cerrando un ojo más que otro y con tono condescendiente le dirá: “No chic@… eso no sirve para nada”. Y de allí en adelante lo recomendable es no insistir. Pues el tono y la expresión condescendiente desaparecerán para dar lugar a una retahíla que hará que uno se sienta la persona más bruta del mundo. ¿Control o descontrol de mercado? Pero desde luego ningún economista convencional es tan irresponsable como para sugerir que ante la ausencia de controles lo que reina en los mercados y las economías es el descontrol. Dirá algo peor: que se autorregulan. Que dos fuerzas abstractas, severas e hieráticas llamadas “oferta” y “demanda” se encargan de ello, un poco como las Moiras de la mitología griega o la Diosa Fortuna de los romanos se encargaban de manejar el destino de los hombres y mujeres más allá de sus voluntades. Así las cosas, para la economía convencional y el sentido común mediatizado la alternativa a los controles no es el descontrol: es el autocontrol de los mercados, su autorregulación. Mecanismo con el cual es mejor no meterse pues, de hacerlo, al igual que las vengativas Moiras tanto “oferta” como “demanda” desatarán sus furias. Las manos invisibles en los mercado. Sin embargo, como todo el mundo incluyendo a los economistas convencionales sabe en el fondo, la polémica entre control y no control de precios, entre regular y no regular es falsa. Y lo es por la sencilla razón de que en toda economía los precios son y están regulados y controlados. Pero no por la “oferta” y “demanda”, si no por quienes tienen capacidad de hacerlo en provecho propio y en detrimento de los demás. Como hemos sostenido en otros espacios, cuando los economistas convencionales se refieren despectivamente a los controles de precios están refiriéndose a los controles de precios del Estado o la ciudadanía organizada. Afirman que debe dejarse que el “libre juego” de la oferta y la demanda se realice y autorregule los mercados. No obstante, en la única economía donde esa autorregulación funciona es en la de los manuales. Pues en los mercados reales lo que suele suceder es que los precios son impuestos por los productores y los ofertantes. En este sentido, la opción a que el Estado y la ciudadanía organizada regulen los precios es que los precios sigan siendo controlados por los comerciantes y los productores -tácita o concertadamente- los cuales, dadas las asimetrías correspondientes, tenderán a imponerle al consumidor condiciones que van en desmedro de sus intereses. La metáfora de la mano invisible inventada por Adam Smith y abusada por los economistas convencionales sólo sirve para invisibilizar las manos de quienes en verdad controlan y regulan la producción y comercialización de bienes y por tanto los precios. En el caso venezolano lo anterior es todavía más cierto dado el carácter oligopólico y monopólico de producción y comercialización. De hecho, si en algo se han especializado los capitalistas venezolanos es precisamente en eso. Talento superado solo por su proverbial sagacidad a la hora de depositar en el exterior el dinero expoliado o gastarlo suntuariamente. Podemos citar a manera de ejemplo cómo se controlan los precios en casos como los vehículos y los boletos aéreos, ambos  ampliamente comentados y reseñados incluso por sectores vinculados al oposicionismo como la Asociación Civil Anauco. Las ensambladoras de vehículos y concesionarios manipulan la oferta de modo de mantenerla lo más rezagada posible de la demanda, conforme lo cual si bien ésta última crece la primera se mantiene e incluso disminuye, lo que se traduce en un aumento del precio de los vehículos frente a consumidores no solo con capacidad suficiente como para pagar, si no dispuestos a competir entre ellos para quedarse con los vehículos disponibles. Es un ejercicio de simple poder de mercado. Para las ensambladoras resulta mucho más rentable vender un carro al precio de seis, con lo que obtienen ganancias extraordinarias sin los costos y riesgos asociados a toda inversión. En el caso de los boletos aéreos ocurre algo similar. Aquí la excusa pasa por el tema de los retrasos reales o inventados en la entrega los dólares. Y sin embargo, de lo que todo el mundo es testigo es que las aerolíneas vienen paulatinamente poniéndose de acuerdo para no competir por precios pero además para aumentarlos concertadamente, en medio de un mercado cuya demanda ha venido creciendo al ritmo de la mejora del poder adquisitivo de la población. Antes que habilitar más vuelos y aviones prefieren subir los precios y colocar todo tipo de restricciones para obligar a los usuarios a comprar los boletos más caros, siendo entonces que viajar a Bogotá en clase turista es equivalente a hacerlo a Tokio en primera clase. Todas las coordinaciones necesarias la hace la Asociación Internacional de Transporte Aéreo (IATA) a través de sus entusiastas representantes en el país. Ponen de acuerdo a las aerolíneas y se encargan de gestionar la vocería mediática, tanto para chantajear al gobierno como para convertir a los usuarios en cómplices del robo del cual son víctimas. La oferta que crea su propia demanda. En lo que toca a los medicamentos el tema es todavía más complejo. En este caso incluso podemos decir que los laboratorios no se contentan con manipular la oferta sino que se especializaron en manipular y hasta crear su propia demanda, retorciendo a más no poder la famosa “ley” de Say.  En cuanto a lo primero, más o menos el 75% del mercado nacional se lo llevan tres laboratorios transnacionales (Merk, Pfizer y Bayer). Participación que sube hasta un 85% si se suma Abbott y aún mucho más cuando se mide por medicamentos (sobre todo en el caso de los más sensibles, como los asociados al cáncer). Dicha concentración facilita enormemente las manipulaciones de abastecimiento y precio, de forma que cada vez que estas empresas así lo consideran con recortar la producción y subir los precios tienen. El poderosa entramado de patentes sobre las fórmulas hacen el resto. Pero como desde luego la sensibilidad hacia los medicamentos es muy superior a la que puede haber en los casos de los vehículos o los pasajes, los laboratorios han desarrollado otras formas de hacer sentir su poder de mercado. Descontando la publicidad –que es la forma más común de manipular a los consumidores- los laboratorio hacen algo muy siniestro si bien suelen darle un toque elegante y coqueto: cuentan con un ejército de visitadoras médicas (porque la mayoría son mujeres jóvenes y estereotipadamente atractivas) que se encargan de hacer marketing directo en consultorios y clínicas, de manera de comprometer al personal médico con ciertos medicamentos y productos (como fórmulas infantiles) los cuales, al igual que pasa con ciertas drogas ilegales muy adictivas, son regaladas en sus primeras dosis a los pacientes que por esa vía quedan “enganchados” a determinadas marcas. Las visitadoras médicas vuelcan sus encantos corporativos sobre el personal médico y el directivo a los cuales les ofrecen becas, viajes a congresos, financiamientos, equipos, ampliaciones, etc. Lo único que tienen que hacer es recetarle a sus pacientes los productos facilitados por ellas. El otro recurso pasa por inventarse enfermedades. Para no utilizar el ejemplo de virus como el ébola y el N1H1 y ser acusados de conspiranóicos, pensemos en “enfermedades” tales como “déficit de atención infantil” y la cada vez más creciente variedad de melancolías y depresiones. Recientemente se hizo público el caso de la denuncia del doctor Allen Frances, experto de la Universidad de Durham que dirigió la penúltima edición del Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, mejor conocido como el DSM por sus siglas en inglés y que es algo así como la Biblia de la psiquiatría en lo que refiere a diagnósticos y medicación. Según su denuncia, Frances trató de elevar los criterios bajo los cuales se puede calificar a alguien como enfermo mental. Pero no lo consiguió.
 Y el DSM se empezó a utilizar de forma indiscriminada para medicar masivamente. Como resultado, hoy en los Estados Unidos más del 20% de las personas toman un medicamento psiquiátrico a diario y una cuarta parte de la población tiene un diagnóstico de enfermedad mental. Las denuncias de Frances son bastante graves, y si no generaron el escándalo que deberían haber generado es por el poder con que cuentan los laboratorios. En sus palabras las farmacéuticas: “miran hasta los márgenes buscando cómo pueden usar los diagnósticos en su provecho. Tienen millones de dólares, y la más brillante mercadotecnia, a la espera de encontrar cualquier nuevo trastorno para convertirlo en moda. Así ocurrió con el TDAH, con la depresión, con el desorden bipolar… Tomaron la definición, que funciona bien si se usa con cautela, y la hicieron confusa en la práctica general”. El caso más grave de lo que Frances llama “inflación diagnóstica” es el trastorno por déficit de atención con hiperactividad (TDAH): “La forma más fácil de predecir que un niño va a padecer TDAH es su cumpleaños (…) Si es el más pequeño de su clase, tiene el doble de posibilidades de padecerlo a que si es el más mayor. Estamos transformando la inmadurez en enfermedad, y en vez de tratarla en clase, estamos gastando millones de dólares en medicamentos. Desde la perspectiva de la industria farmacéutica esto es genial. No hay mejor cliente que un niño. A las farmacéuticas no les interesa desarrollar antibióticos que la gente sólo va a tomar dos o tres días, pero van a hacer todo lo posible para vender medicamentos a los niños, porque serán consumidores para toda la vida”. En fin, y ya para ir cerrando, debemos que estar claro que lo que los economistas llaman “libre juego de la oferta y la demanda” no es más que la máscara detrás de la cual se esconde el control arbitrario del poder privado sobre los precios, el abastecimiento, calidad de los productos, etc. Contrario a lo que dice la teoría económica convencional, las empresas capitalistas –y particularmente la gran corporación transnacional contemporánea- no es un agente pasivo subordinado a los gustos y caprichos de los consumidores ni a cuanto éste esté dispuesto a pagar. Es un dispositivo que hace sentir su poder llegando no solo a modelar sino a crear gustos y necesidades, pero que además lo ejerce para imponer y manipular precios de acuerdo a sus requerimientos. Los mercados capitalistas, en este sentido, son mercados regulados y controlados por los privados que tienen poder para hacerlo, solo varían los modos, escalas y la intensidad de dichos controles y regulaciones. A ese ejercicio arbitrario es al que de manera urgente hay contraponerle una regulación pública, social y colectiva transparente y eficiente.

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