El contrabando y la tracalería en el ADN del capitalismo venezolano.

pirata2La historia del capitalismo no es la historia de los nobles emprendedores con espíritu de trabajo que suelen contarnos. La historia del capitalismo -la real- es la de los saqueadores y piratas, la de los bárbaros conquistadores y sanguinarios príncipes, la de los comerciantes usureros y los contrabandistas, es decir, la de aquellos que han hecho de la rapiña por cualquier medio –sobre todo los más atroces- forma de vida, vía de enriquecimiento y fórmula de sometimiento.

El caso de la formación del capitalismo en Venezuela no solo no es la excepción a esta regla sino que de hecho es la que mejor la confirma. A veces se toma como un dato anecdótico y hasta romántico el que los primeros conquistadores en nuestro territorio fueran unos alemanes de apellido Welser que buscaban El Dorado. Pero hay que recordar que antes que conquistadores los Welser eran banqueros. Y que llegaron a estas tierras gracias a la deuda contraída con ellos por la Corona Española que se las otorgó como parte de pago. Fueron tan crueles los Welser con los indígenas y con los esclavos africanos traídos por ellos –los primeros del continente- que hasta a los españoles contrariaban sus métodos, lo que es mucho decir. Sin embargo, más que motivos humanitarios lo que animó a los propios españoles a salir de ello fue el rencor y desde luego la codicia, el querer ser quienes encontraran El Dorado y comerciar con las riquezas que los banqueros lejos de enviar a Madrid desviaban a su Casa de Asburgo. Los Welser desaparecerían en su empresa imposible por las selvas colombianas, dice la leyenda que gracias a las flechas de los chitarreros.

El relevo de los Welser los tomarán Lope de Aguirre (a quien sus propios hombres apodaban El Tirano) y un burócrata un poco más gris llamado Alonso Bernáldez. Lope de Aguirre emprenderá una vendetta entre los demás conquistadores para encabezar la búsqueda de El Dorado y años más tarde moriría en medio de ella. Bernaldez, por su parte, sería enjuiciado por la Corona al haberse dejado chantajear por el pitara y traficante de esclavos inglés John Hawkins. Ni corto ni perezoso, gracias a la venialidad del gobernador de la Corona, Hawkins compró otros barcos con los que se dio a la tarea de asolar y saquer las costas venezolanas y el caribe durante varios años. Con el tiempo, los mismo harán Preston, Dudley, Raleigh (el pirata favorito y oficial de la Reina Isabel) y toda una serie de corsarios ingleses, franceses y holandeses. Los ingleses haría suya la isla de Jamaica, lugar que convertirán en un legendario centro de operaciones y guarida de la piratería y el contrabando caribeño. En 1796 y 1797, hacen lo mismo con la Guyana y Trinidad respectivamente, donde ya merodeaban desde hace rato los holandeses de la de las Indias Occidentales, tanto como decir la agencia oficial de piratería y contrabando del Reino de los países bajos por estos lares.

Sabido es que el contrabando de holandeses, ingleses y franceses no siempre fue fruto del saqueo, sino que en buena parte se hacía en conchupancia con los agentes criollos. Así las cosas, parte de la fortuna de los blancos se hizo desviando los productos desde su destino natural –el Reino de España- hacia los ávidos contrabandistas anglosajones y franceses, todo lo cual motivará el envío de los vascos de la Compañía Guipuzcoana.

Ahora bien, entre los efectos no deseados por la Corona pero tal vez inevitable de la Compañía, estuvo que entre los contrabandistas locales –azuzados por sus compinches foráneos- comenzaría a prender el germen de la Independencia, entendiendo por “independencia” libertad para romper con el monopolio español. La rebelión de Juan Francisco de León será una de las primeras. Y en general la mayoría de los blancos criollos del 19 de abril tenían ese tipo de independencia en mente y no la mucho más extrema versión de Miranda, Bolívar, Ribas y compañía. La historia terminará tomando el rumbo por todos conocidos. Muchos criollos de corazón realista o en todo caso opuestos a liberar a sus esclavos y ceder sus negocios migrarán a las islas vecinas como Curazao y Aruba. Donde además de perfeccionar sus prácticas contrabandistas se juntarán con otros contrabandistas, todos los cuales conspirarán de mano de los ingleses contra la Gran Colombia y regresarán como premio al país durante la República Oligárquica paecista para instalar en nombre del “libre” comercio las Casas Comerciales que marcarán en siglo XIX venezolano, entre otras cosas con su promoción de leyes del tipo Espera y Quita y de Libertad de Contrato.

Por esa vía ingresarán al país apellidos todavía célebres como Boulton, Fleury, Ackers, Chataing, Dupoy, quienes se juntarán con locales como Salias, Irribarren, Patruyo, etc., formando el germen de la burguesía mercachifle venezolana. Los ingleses se apoderarán del comercio de bienes y los temas financieros fundando los primeros bancos. Los judíos sefardíes como Isaac Senior del tráfico por Falcón, aprovechando las cercanías de las costas curazoleñas. Los franceses e italianos (en realidad corsos) se apoderarán del tráfico del cacao y el ron en el oriente. Mención aparte merecen los alemanes, quienes tempranamente harán suyo los puertos y valles del centro del país por intermedio de los Vollmer y los Römer. Pero también se apoderarán del tráfico del café desde Maracaibo y los propios páramos andinos. Y más adelante, de la importación de variedades para gustos de los oligarcas locales, cuestión en que se especializarán familias como los Brand, Blohm o Zingg, todos los cuales operarán como insignes representantes del partido nazi en estas cosas en los tiempos del gomecismo.

Esta liga histórica de piratas, contrabandistas, agentes de casa comerciales y funcionarios corruptos, con el tiempo irá cebándose hasta hacer surgir, como decíamos, el capitalismo a la manera venezolana.

Durante la época de Guzmán Blanco y su yerno Manuel Antonio Matos se apoderarán definitivamente de la hacienda pública vía la Sociedad de Crédito de Caracas. Surgirán las Cámaras de Comercio regionales, las dos más importantes -por su puesto- la de Caracas y la de Maracaibo, dominadas por los antes aludidos. Una nueva camada de contrabandistas y mercachifles llegará al país entre finales del XIX y principios del XX. Destacan los Capriles, activos participantes del gran negocio de comienzos del siglo XX: la especulación inmobiliaria y el tráfico de concesiones petroleras. Vicente Lecuna y Pedro Tinoco Smith serán los grandes operadores de los nuevos tiempos. Relevo que tomará el hijo de este último durante la segunda mitad del siglo hasta la caída estrepitosa del Latino. En el camino, surgirán FEDECARAMAS y VENAMCHAM. La primera, el cartel que agrupó y agrupa a las cámara de comercio coludidas para hacer la guerra económica y derrocar –como en efecto hicieron- a Medina Angarita cuando tuvo la intención de hacer un capitalismo tipo “normal”, no parasitario o en todo caso de base industrial que no viviera del parasitismo. VENAMCHAM, por su lado, una evolución de FEDECAMARAS. Cuestión de nuevos tiempos: una vez desaparecida la hegemonía inglesa y alemana tras el fin de la Segunda Guerra y gracias al tratado de “reciprocidad” comercial entre EEUU y Venezuela, la burguesía criolla cambió de amo, con Miami (y Panamá) como nueva guarida y norte.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s