De zurda 2. La revancha rentista neoliberal. Ajuste, mega-devaluación y la estrategia de los especuladores buitres.

El ajuste y la mega-devaluación es el anti-Plan de la Patria, la puerta de regreso al infierno de la subordinación frente al poder del dinero imperial cada día más decadente, hambriento y perverso. Sus promotores -FEDECAMARAS, Venamcham, CONSECOMERCIO y compañía- la versión venezolana de los fondos buitres que hoy se abalanzan sobre Argentina para lo mismo.

El ajuste y la mega-devaluación es el anti-Plan de la Patria, la puerta de regreso al infierno de la subordinación frente al poder del dinero imperial cada día más decadente, hambriento y perverso. Sus promotores -FEDECAMARAS, Venamcham, CONSECOMERCIO y compañía- la versión venezolana de los fondos buitres que hoy se abalanzan sobre Argentina para lo mismo.

Milton Friedman y la inflación como caballo de Troya del neoliberalismo.

Solo un crisis –real o percibida- da lugar a un cambio verdadero. Cuando esas crisis tienen lugar, las acciones que se llevan a cabo dependen de las ideas que flotan en el ambiente. Creo que esa ha de ser nuestra función básica: desarrollar alternativas a las políticas existentes, para mantenerlas vivas y activas hasta que lo políticamente imposible se vuelva políticamente inevitable”. Milton Friedman.

A menudo olvidamos que toda crisis –real o ficticia- supone inmediatamente un problema de orden ideológico en el sentido interpretativo del término. Al enfrentarse con la incertidumbre, con la amenaza de caos y desorden, lo primero que las personas pierden es aquello que los psicólogos llaman mapa cognitivo, es decir, el conjunto de ideas, creencias y explicaciones a través de las cuales damos sentido a nuestras vidas y entorno, que nos sirven para orientarnos y entender.

Es por esta razón o que de inmediato toda crisis o amenaza de tal se convierte en una lucha sobre cuál interpretación y diagnóstico de la misma se impondrá. Pero esa misma es la razón por la cual suele decirse a su vez que las crisis, si bien son momentos de oportunidades, lo son igualmente de oportunistas. Y es que, precisamente, en tales momentos de incertidumbre y cuestionamiento generalizado, es cuando ciertos sectores ponen a flotar sobre el ambiente ideas que por estrambóticas y peligrosas que pueden ser terminan convertidas por obra y gracia del apabullamiento mediático en dominantes, en que como decía Friedman lo políticamente imposible se convierte en políticamente inevitable.

El neoliberalismo –del cual Friedman fue el gurú- se hizo hegemónico a nivel mundial además de la sangre y el fuego por la aplicación a rajatabla de este principio. Contra toda evidencia empírica, él y sus seguidores popularmente conocidos como Chicago boys impusieron una interpretación de la recesión de finales de los 70 y 80 según la cual los culpables de la misma no eran las empresas capitalistas, ni la explotación, ni la desigualdad, ni la especulación, sino el “agotamiento” del Estado populista o de bienestar (dependiendo si hacían referencia al “tercer” o “primer” mundo) así como los trabajadores, tanto por su “elevado” poder adquisitivos como porque con sus “demandas interminables”de aumento salarial y beneficios sociales obligaban al Estado y a las empresasa gastar provocando déficits, endeudamiento y en última instancia pues la crisis.

El secreto de Friedman fue ofrecer un diagnóstico de la coyuntura de entonces que si bien no iba al corazón de lo que en verdad estaba ocurriendo daba en el blanco de lo que inmediatamente más afectaba a las personas: la inflación. De tal suerte, manipulando el malestar de los asalariados por el aumento constante de los precios, Friedman pudo convencer a propios y extraños de la urgencia de solucionar dicho problema nada más y nada menos que reduciendo el salario de los trabajadores, quitándole los beneficios y achicando el Estado, todo esto conforme a su diagnóstico convertido desde entonces en dogma universal según el cual la inflación, siempre y en todo lugar, es un fenómeno monetario que como tal debe tratarse, en el sentido que es producida por un aumento más rápido de la cantidad de dinero disponible en la calle (la famosas liquidez) que de la producción. Y este desbalance es producido por la tendencia del Estado del elevar el gasto público por encima de sus capacidades –incurriendo en déficit- y las capacidades de la economía para absorber al sobre estímulo que esto representa.

Esta supuesta tendencia del Estado a gastar por encima de su capacidad presupuestaria -seguía Friedman- lo obligaba a propiciar la inflación como una suerte de impuesto indirecto al no ser políticamente viable financiar el déficit a través de más impuestos directos. Pero además, la política de estímulo a la demanda que podía en el corto plazo reducir el desempleo y aumentar la productividad, en el largo según él no conducía ni a una ni a otra cosa, pues el aumento “natural” de los precios tendería a volverse crónico al internalizar los actores económicos (por vía de las llamadas “expectativas adaptativas” o “racionales”) la lógica planteada y a actuar en consecuencia: por un lado, en el caso de los trabajadores, el aumento de los precios que hace disminuir su poder de compra los lleva a pujar por recuperarlo vía del aumento salarial. Pero por el otro, en el caso de los productores y comerciantes, ante las expectativas de una mayor inflación y un nuevo aumento salarial suben los precios. De tal modo, todo se convierte en un círculo vicioso donde al aumento de salarios sigue el de precios y viceversa y todo se traduce en el largo plazo en un juego que no beneficia a nadie: estancamiento económico, hiperinflación y desempleo masivo.

La clave de esta descripción perfectamente en correspondencia con lo que a simple vista estaba ocurriendo, es cómo será transformada de descripción a explicación, convirtiendo a los síntomas en enfermedad del mismo modo como un médico que confunde la fiebre con la infección que la causa. Pero lo más audaz será cómo, por obra y gracia de la repetición, el atosigamiento mediático y el oscurantismo intelectual, se legitimarán a partir de ella una serie de medidas contra la mayoría trabajadora haciéndola pagar por lo que en realidad eran víctimas.

En efecto, del diagnóstico arriba narrado se concluyó como decíamos que la raíz del problema era el Estado interventor que no dejaba a los mercados buscar su “equilibrio natural” mediante el “libre juego” de la oferta y la demanda, pero además los trabajadores mismos, quienes con sus demandas constante no sólo obligaban al Estado a gastar sino también a las empresas reduciendo la productividad de las mismas, disminuyendo los incentivos, cargándolas de costos y por tanto impidiendo el crecimiento económico. Adicionalmente, los trabajadores eran culpables por otra razón: y es que su poder de compra creciente ponía una “innecesaria presión” sobre el consumo, motivo por el cual la inflación y la escasez la causaban en última instancia ellos mismos, no los empresarios ni los comerciantes.

Ergo: había que disminuir el Estado pero también abaratar el “costo” de la mano de obra, lo que por lógica solo se podía hacer desmantelando los sindicatos, eliminando los subsidios, privatizando los servicios públicos y disminuyendo la protección social, que no sólo generaba costos “innecesarios” sino también propiciaba la creación de una clase dependiente y parasitaria que en nada aportaba a la sociedad. A la par, había que eliminar cualquier control a la iniciativa privada, lo que incluía cualquier cosa referente a regulación de precios pero inclusive en otros temas como la protección del medio ambiente. También había que disminuir la carga impositiva al capital, con el argumento de que los empresarios se vieran más estimulados a invertir. Otras medidas conexas implicaban declarar la “neutralidad” de los bancos centrales, eliminar toda barrera proteccionistas y abrirse lo más posible a la inversión extranjera, de modo que los capitales mas eficientes tuvieran posibilidad de circular por el mundo trayendo prosperidad para todos.

Thatcher y Reagan serían los encargados de aplicar estas medidas en Inglaterra y Estados Unidos, luego de lo cual se convertirían en el dogma universal conocido como Consenso de Washington. En Chile, donde originalmente se pusieron en práctica, se haría durante la sangrienta dictadura de Pinochet tras el derrocamiento de Salvador Allende, cuyo gobierno enfrentó una guerra económica cuyas puntas de lanzas fueron el acaparamiento programado y la especulación para inducir escasez e inflación culpando al gobierno de la Unidad Popular de ser culpable de una “crisis sin precedente”. Fue lo que Naomi Klein acertadamente denominó los orígenes del capitalismo de choque.

Hoy día es evidente el resultado de estas ideas, su legado a la humanidad: el mayor naufragio económico mundial de los últimos 70 años estableciendo un futuro de gran incertidumbre pero además colocando a las grandes mayorías en un presente de muchísimo sufrimiento mientras una minoría acumula riquezas en condiciones obscenas. Y es que, aunque los propagandistas del capitalismo aseguren lo contrario, las medidas tomadas a partir del los diagnósticos “estanflacionistas” de Friedman y sus secuaces lo único que provocaron a nivel mundial fue mayor turbulencia, violencia, precarización y desigualdad.

40 años después: los mismos argumentos para precarizar a Europa.
La persistencia de estas ideas en la ortodoxia económica convencional y en el sentido común mediatizado la vemos hoy día en el caso europeo y particularmente el español. Así las cosas, economistas y expertos de todos los tamaños y colores repiten al unísono que la recesión en España la originó la falta de disciplina fiscal del Estado despilfarrador, argumento tanto más increíble cuando se comprueba que cuando la crisis inició en 2008-2009 el Estado español estaba en superávit, tanto que de hecho como la Argentina en los 90 España era hasta no hace mucho el estudiante ejemplar del FMI y la UE. El otro argumento aún más increíble como supuesto causante de la crisis es el de la “exuberancia salarial”, el aparente “exceso” en que los españoles se acostumbraron a vivir durante los últimos años de vacas gordas (contrario, por ejemplo, a la austeridad “natural” y sajona de los alemanes), todo lo cual pasaba olímpicamente por alto que los salarios en España se contaban –y ahora más- entre los más bajos de la UE a pesar de que la productividad de las empresas era tan alta como la de las alemanas.

La energía del mensaje enviado por todos los medios masivos tenía un objetivo bastante claro: ocultar las culpas de los grandes empresarios y particularmente de los especuladores financieros sobre la crisis –de la cual son adicionalmente sus grandes beneficiarios- al tiempo de culpar a la población asalariada –que es la gran perjudicada- llevándola a apoyar medidas o al menos no resistirlas que la perjudican todavía más: baja salarial, precarización laboral, recorte de la protección social, privatizaciones masivas.

Por eso es tan peligroso dejar que hipótesis vendidas como novedades y verdades evidentes -en contraprestación, se nos dice, a las fórmulas “erradas” y “caducas” del chavismo- se impongan en el imaginario político y económico de nuestro país. Como señalamos en la primera parte de esta serie, la guerra económica no ha triunfado en lo que dijimos es su objetivo inmediato: cambiar la correlación de fuerzas creando las condiciones para una salida de facto del gobierno y la derrota político-militar del chavismo. Pero es más que evidente que ha dejado sus secuelas, siendo la mayor junto a la afectación material de la calidad de vida de las personas la duda e incertidumbre que genera la adulteración de la manera que tiene la población de entender los problemas económicos. Contando con el poderoso influjo del fuego mediático tanto nacional como internacional, pero también con nuestra debilidad ideológica y comunicacional resultado de importantes falencias y contrabandos teóricos, con el uso y abuso de medidas poco afortunadase inclusive aprovechándose de nuestra autocrítica, la derecha ha impuesto en el imaginario de la “crisis sin precedente” responsabilidad del “fracaso” del modelo económico-social del chavismo ampliamente apoyado por la masa trabajadora. Como le gustaba decir al presidente Chávez: es el mismo viejo mono con diferente paltó. Es la misma vieja prédica neoliberal y precarizadora usada en los 70, los 80, aquí en el 89 y en el 96 y actualmente en Europa y los Estados Unidos para avanzar contra los trabajadores en beneficio de gran capital especulador, solo que con algunas variaciones de lenguaje exigidas por el momento histórico.

Pero lo preocupante no es que FEDECAMARAS y compañía convenzan a los suyos, buena parte de los cuales ya lo están. El problema real es que ese convencimiento avance dentro de nuestras filas. Esto no solo lo vemos en artículos y opiniones que se vierten en algunos espacios como Aporrea, sino que de hecho forma parte de las propuestas formales para “salir de la crisis” de hacedores de opinión que se hacen llamar de izquierda como Felipe Pérez o Víctor Álvarez, cada cual a su modo, el primero un Chicago boy de pura cepa y el segundo un claro ejemplo de la heterodoxia conservadora, pretendido equivalente criollo del ciudadano Weston con el cual discute Marx en salario, precio y ganancia. Pero también en comentarios deslizados por algunos diputados de la AN, particularmente en lo referido a la eliminación del control cambiario y la necesidad de “unificar” los tipos cambiarios, que es el modo tecnócrata de llamar a una megadevaluación. Así las cosas, por lo demás, es bastante claro a propósito de las mesas de diálogo el gobierno nacional está siendo permanentemente tentado -cuando no claramente chantajeado- para que convierta en estratégicas medidas que desde el punto de vista táctico pueden explicarse en el inmediato plazo por la necesidad de desmontar la agenda golpista o superar temas urgentes como el abastecimiento.

Como señalamos en la primera parte, de lo que se trata es de lo siguiente: en razón de la imposibilidad de las fuerzas reaccionarias de imponer sus intereses apoderándose de la conducción del Estado por la vía de facto, éstas complementan su estrategia recurriendo a una serie de recomendaciones que, bajo el artilugio de sensatas, legítimas y hasta obvias para salir de la “crisis” -que ellas mismas provocaron- procuran forzar al gobierno a implementar y al pueblo a apoyar medidas que lo único que traerán como consecuencia será la definitiva caída desde dentro de la causa popular sitiada. Es un método universalmente conocido, el del PRANEO económico-político: nos crean primero las condiciones objetivas (la guerra económica) para que subjetivamente “optemos” por hacer aquello que de otro modo no haríamos (entregar la revolución) haciéndonos ver que de lo contrario el precio a pagar será más caro o lo que es peor, convenciéndonos de que eso es lo correcto o debemos hacer.

El deja-vu neoliberal de Luis Vicente León y la arremetida de los especuladores buitres.

Varios se disputan desde hace rato el rol de mejor venderle al país las recetas neoliberales como “salida” a la “crisis”. Pero pocos son tan peligrosos como Luis Vicente León, el director de Datanálisis. Y es que tal y como pudimos ver el domingo pasado en su entrevista con José Vicente Rangel, éste sujeto en su doble rol muy bien interpretado de “objetivo” medidor de opinión pública y economista opositor “sensato”, termina promoviendo exactamente lo mismo que los odiosos y claramente fachos María Corina Machado y Leopoldo López con su “capitalismo popular” o Capriles con su plan de gobierno de 2012, que Friedman y sus Chicago boys en los 80, que Rodríguez, Hausmann, Naim, Tinoco y compañía en el 89, Teodoro Petkoff en el 96, Cavallo en Argentina o Mariano Rajoy, Angela Merkel y las troikas del FMI, BM y UE en el caso español y europeo actual.

En su lenguaje sibilino, Luis Vicente León lo que planteó fue lo siguiente: en primer lugar, la culpa de todo lo que está ocurriendo la tiene el gobierno populista del presidente Chávez, no los empresarios especuladores. Según él, lo que vivimos es el agotamiento de un modelo económico despilfarrador y revanchista montado sobre cuatro patas: en primer lugar la cambiaria, en la medida en que el presidente Chávez se empeñó en mantener un tipo de cambio “sobrevaluado” para comprar a las masas, entendiendo por “sobrevaluado” básicamente que no tiene que ver nada con el precio del dólar en el mercado negro; la segunda, la de los controles de precios; en tercer lugar la laboral, incluyendo tanto la inamovilidad como los beneficios a los trabajadores y trabajadoras contemplados en la LOTTT; y por último, las expropiaciones.

Así las cosas, en su criterio, lo que habría que hacer para salir de la “crisis” es lo siguiente: en primer lugar devaluar, tomando como referencia “al menos” la tasa de SICAD II, es decir, 50 bolívares. Segundo lugar, levantar el control de precios y derogar la ley de precios y ganancias justas, de modo tal de dejar que la “ley” de la oferta y la demanda determine el precio “real” de los productos. Tercero, eliminar la inamovilidad y reformar la LOTTT, para facilitar el despido de los trabajadores y trabajadoras junto a eliminación de los beneficios garantizados y con ello los “malos hábitos a los que se han acostumbrado” al tiempo de reducir el costo de la mano de obra, más claro ésta del que ya implicaría la devaluación. Y en cuatro lugar, devolver tanto las tierras como las empresas expropiadas a los especuladores y latifundistas bajo el subterfugio de volverlas productivas, lo cual además es una manera indirecta de afirmar que solo la burguesía y los capitalistas son los capacitados para llevar adelante una economía productiva.

Adicionalmente León se dio el lujo de decir que Cuba y los países de Petrocaribe eran unos parásitos que viven a costillas nuestras (hizo un símil entre ellos y un pariente vago que vive en nuestra casa y usa nuestro vehículos), pero además de alentar al gobierno a hacer los ajustes necesario considerando que “todavía” cuenta con una alta popularidad, caso contrario de la oposición atomizada por las guarimbas y las guerras internas. Por si fuera poco, rescató el papel de las misiones, dejando entrever que ante los efectos negativos que sobre la población más vulnerable inevitablemente tendría tales medidas “en el corto plazo, pues luego saldríamos todos beneficiados” éstas cumplirían una función de contención más efectiva que las tristemente célebres medidas compensatorias de los viejos paquetazos. En fin, resumiendo, para León “la salida” pragmática a la crisis es simplemente desandar lo andado: que la “crisis” la paguen los trabajadores y trabajadoras vividores y alcahuetes de un modelo económico “irracional”: reducir salarios, botar gente, reprivatizar y privatizar, devaluar y dejar que los precios dependen no del control público sino de las roscas privadas nacionales y transnacionales, roscas a las cuales hay que facilitarles el camino a las divisas que no producen para que sigan importando. También hay que romper todo lazo comercial con nuestros aliados, salirnos de Petrocaribe, ALBA, etc., y tal vez en la medida de lo posible integrarnos a la Alianza Transpacífico promovida como plan b al fracaso del ALCA por nuestro aliado y mercado histórico y natural: los Estados Unidos.

Como decíamos, lo recetado por Luís Vicente León es exactamente lo mismo que Friedman recetó para el caso chileno, norteamericano e inglés en los 70, o lo que recetaron Pedro Tinoco, Ricardo Hausman, Miguel Rodríguez y Teodoro Petkoft para el venezolano en los 90 o en la actualidad Mariano Rajoy para el caso español. Las diferencias, además de los estilos, tienen que ver con las necesarias variaciones de espacio y tiempo, sin embargo, el espíritu neoliberal es el mismo. Pero el tema de fondo aquí no es que nos guste o no lo dicho, ni siquiera que realice un gigantesco ejercicio de escamoteo de las verdaderas responsabilidades, de la gran e histórica estafa perpetrada por la derecha económica especulativa y corrupta. Lo de fondo y más grave es que quienes braman por una megadevaluación están apuntando a la subyugar cualquier vestigio de soberanía económica, financiera y por tanto política del país, nada menos que el primer punto planteado por el presidente Chávez en el Plan de la Patria. Y lo están haciendo no solo por las razones políticas obvias –que incluyen desde luego cargar sobre el gobierno el costo político de las medidas- sino para multiplicar en bolívares las fortunas robadas en dólares y consolidarse en los PRANES indiscutibles de un país, como lo eran hace solo 15 años atrás. El ajuste y la mega-devaluación es el anti-Plan de la Patria, la puerta de regreso al infierno de la subordinación frente al poder del dinero imperial cada día más decadente, hambriento y perverso. Sus promotores -FEDECAMARAS, Venamcham, CONSECOMERCIO y compañía- la versión venezolana de los fondos buitres que hoy se abalanzan sobre Argentina para lo mismo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s