¿Se pueden controlar los precios? Mitos, verdades o los “expertos” vs. la experiencia histórica (I).

Menu con precios regulados por la Oficina de Administración de Precios de los Estados Unidos en la década de los 40.

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Todo control de precios implica un ejercicio arbitrario del poder público. Pero esto no es una objeción, pues sustituye a un ejercicio arbitrario del poder privado, que tiene efectos más importantes y excesivamente arbitrario para los que sufren la inflación resultante”.

J.K. Galbraith.

Controles de precios los ha habido muchos y con distintas suertes distintas a lo largo de la historia. Los ha habido coyunturales y permanente, generales y puntuales, regulares, exitosos y calamitosos. Por razones demasiado obvias como para comentarlas, la historia económica convencional y por ende el sentido común mediatizado, suelen reparar en los últimos. Sin embargo, por más que haya que reconocer que los efectivos no son los más, los que han existido son lo suficientemente ilustrativos como para servir de lección con respecto a lo que se puede hacer y, sobretodo, desfetichizarnos de la idea de que los precios son seres con vida propia que se gobiernan ellos mismos y de paso nos gobiernan a todos.

A propósito de esto último, como sabemos, la reputación de los controles de precio no se ve afectada por derecha sino también por izquierda. El argumento base suele ser la imposibilidad o inutilidad de regular al capitalismo, lo que en el mejor de los casos suele ser interpretado como una ilusión social demócrata. La versión más intransigente reclama que, por el contrario, hay que dejar al capitalismo desarrollarse a sus anchas, lo que tendría la virtud de agudizar las contradicción sociales, mostrarlas en su mayor crudeza y, por tanto, acelerar la revolución social. Los partidarios de esta opción citan a favor suyo el discurso de Marx sobre el libre cambio a propósito del debate a propósito de la abolición de las leyes proteccionistas en Inglaterra, donde abiertamente se declaraba partidario del libre cambio por las razones expuestas.

Pero al igual que en el caso anterior, habría que empezar diciendo que el argumento, aunque parcialmente válido, en el fondo también es fetichista. Y lo es porque si bien es cierto que el “libre” cambio agudiza las contradicciones sociales y las muestras en su mayor rudeza, no lo es automáticamente que tal cosa acelere la revolución social. De hecho, no solo puede generar lo contrario: una reacción fascista similar a la alemana de los treinta. Sino que además pareciera claro que los agentes del capital tienen suficiente poder como para frustrar cualquier revolución social sino está lo suficientemente organizada e inclusive cuando lo está. Así las cosas, lo que quiero decir es que es una cuenta que se saca mediante un dogmatismo fácil que hace del marxismo un determinismo muy alejado de su raíz materialista original.

En cualquier caso, lo que sí es cierto es que ni es sostenible en el tiempo y termina resultando inútil mantener un capitalismo regulado o “en cámara lenta”, como gusta decir a un amigo mío. Pero eso no exime de plantear medidas que busquen proteger a las grandes mayorías de los efectos más funestos del capitalismo. El problema es si dichas medidas comienzan a entenderse como fines en sí mismas y además no se articulan con otras que propendan a la superación del capitalismo y no solo a su moderación. De más está decir que una contradicción social por contradictoria que sea no genera per se el antagonismo suficiente para arrancar una revolución sino viene acompañado de una necesaria toma de conciencia colectiva activa, del mismo modo como una medida regulacionista no tiene necesariamente porque generar una actitud pasiva.

A lo que voy es que la precondición necesaria para el éxito del control de precios, es quitarnos de la cabeza la idea fantasmagórica de que las relaciones mercantiles y por tanto los precios son relaciones en sí mismas y no relaciones entre sujetos, grupos, clases, etc. De tal suerte, si lo concebimos como una medida de “mercado” para intervenir en un puro problema de distorsión de “mercados” –como usualmente se entiende- estamos fritos de entrada. Pero si lo elevamos a la categoría herramienta política, de dispositivo de poder para inclinar las relaciones de fuerza, la lucha distributiva y las contradicciones derivadas de las relaciones de propiedad capitalista en una dirección favorable a las mayorías, estaremos en mejores condiciones de encararlo. Pero desde luego esto no es suficiente, sino se hace acompañar de -al menos- cuatro cosas: de un proceso masivo de concientización y corresponsabilidad en el entendido que el problema de la regulación de los precios y las ganancias no es exclusivamente un problema del Estado y del gobierno sino de lo que Marx llamaba “la humanidad doliente que piensa” (contra del “mundo animal del filisteísmo que solo consume pasiva e inconscientemente”); de una correcta caracterización del mercado que se piensa regular y de los actores que concurren en él; de la articulación de los controles con políticas de acción y no de reacción en el sentido de superar las condiciones materiales capitalistas que hacen necesario el control de precios; y del uso creativo de las tecnologías, las cuales hoy como nunca juegan también a favor nuestro y no solo de los poderosos.

Algunas experiencias de control de precios dignas de considerar.

Decía al inicio que la ortodoxia económica suele ignorar experiencias de controles de cambio que cumplieron con sus cometidos remarcando las no exitosas no pocas veces  exagerando al respecto. En ese sentido, revisemos un par de casos, uno local y otro foráneo, ambos los cuales conocerlos ayuda mucho en esta coyuntura. En la medida en que se dieron en paralelo trataré de revisarlos en simultáneo, si bien no por ello en cuanto experiencias son asimilables: el primero es el control de precios aplicado en la economía norteamericana durante la segunda guerra mundial y que con modificaciones duró más o menos hasta la década de los setenta. Y el segundo, es el aplicado durante el gobierno de Isaías Medina Angarita desde 1943 hasta su derrocamiento en octubre de 1945.

En efecto, uno de los secretos mejor guardados de los economistas es la efectividad del control de precios y en líneas generales de la regulación de la economía norteamericana durante buena parte del siglo XX. Este comenzó a aplicarse a comienzos de la segunda guerra y fue diseñado y dirigido por J K. Galbraith hasta poco antes de terminar la guerra. No obstante, bajo diversas modalidades y mecanismos, se sostuvo por casi tres décadas hasta que fue totalmente desmantelado en la era Nixon, al mismo tiempo que se desmantelaron otros controles que favorecieron la internacionalización y concentración del capital a costa de la deriva de la economía norteamericana  y de la clase trabajadora precarizada y endeudada a partir de entonces.

Las razones por las cuales se aplicaron tales controles fueron más o menos las mismas. La guerra implicó que buena parte del aparato productivo norteamericano se volcará a satisfacer las necesidades bélicas al tiempo que el flujo comercial global estaba virtualmente paralizado, todo lo cual redundaba en una situación de escasez de determinados productos, y por tanto, en la generación de olas especulativas de precios. En el caso venezolano, dado el carácter ya para entonces dependiente en buena parte de de las importaciones el problema de los precios se venía agravando, potenciado además del ya también para entonces concentrado poder de imposición de precios por parte de los comerciantes. Así las cosas, el gobierno de Medina Angarita reforma en 1943 la Junta Nacional Reguladora de Precios existente desde 1939 para darle mayor poder de intervención, en articulación con otras instancias como la Junta Nacional del Transporte, la Comisión Nacional de Abastecimiento, de regulación de las importaciones y de control de cambio.

Valga hacer notar, que ese mismo año y como reacción a los esfuerzos de Medina, los comerciantes y banqueros ligados todos como estaban al esquema de captación de renta diseñado por ellos para su provecho, dieron un paso adelante en la defensa de sus intereses gremiales y crearon FEDECAMARAS. De tal suerte, el debate nacional se dividió en dos: de un lado, los que planteaban la necesidad del intervencionismo de Estado en pro de los intereses de la mayorías nacionales, y del otro quienes enconadamente denunciaban dicho intervencionismo en función de sus intereses de clase.

Otro punto en común entre ambas experiencias es que ambas partieron de una detallada y más que clara caracterización del contexto de aplicación de los controles y el tipo de mercados por abordar. Esto en buena parte lo explica el nivel intelectual de los propulsores y arquitectos de las medidas, pero también la capacidad que demostraron para no atarse a dogmas que  suplantan la realidad por esquemas y modelos con resultados lamentables. Esta capacidad es tanto más notable en cuanto hay que tomar en cuenta que no estamos hablando en ninguno de los casos de intelectuales socialistas y ni siquiera partidarios en lo anímico de la intervención del Estado. En el caso de Galbraith si existía una vocación más clara por el intervencionismo, algo sobre lo cual nunca dejó de insistir. Pero en el caso venezolano lo que motivó a sujetos como Uslar Pietri, Gorrondona y Egaña fue más un realismo pragmático que éste último denominó “objetiva intervención del Estado”. Dicho rápido el argumento era el siguiente: toda la discusión sobre si el Estado debe intervenir en la economía para el caso venezolano no tenía ningún sentido, pues se trataba de Estado bajo cuyo control se encontraba la principal fuente de acumulación capitalista: la renta petrolera . Por lo demás, sostenían que en el caso de un país con Venezuela con crónica crisis y con distorsiones marcadas derivadas del rentismo petrolero (como los monopolios) no actuar constituía ya una forma de actuación, por lo que objetivamente hablando el Estado en Venezuela era y seguiría siendo intervencionista inclusive “a pesar suyo”.

Galbraith decía algo similar para el caso norteamericano aunque en razón de procesos y dinámicas muy distintas. Dicho también rápido, para Galbraith simple y llanamente la economía de mercado era un mito. Para él, las fuerzas tradicionales del mercado habían sido desplazadas por la de una serie de instancias gracias a las cuales las empresas más concentradas y poderosas podían planear el proceso de intercambio de mercancías haciéndolo tributar a su favor y reduciendo los “caprichos” de la competencia clásica. En función de esta idea, diferenciaba entre un grupo de dos mil o tres mil corporaciones que conformaban “el núcleo institucional de la economía de los Estados Unidos” y los restantes 14 millones de empresas menores y comercios que viven en la “periferia” de dicha economía con poco o nulo poder de influir en ella y padeciendo en cambio tanto los “caprichos” del mercado como de las grandes corporaciones.

En el caso venezolano, como ya dijimos, la cuestión pasó en lo fundamental por controlar los precios de las mercancías importadas al tiempo de establecer criterios de discriminación de las mismas. Por otra parte, se buscó vías para agilizar la distribución y comercialización de alimentos, de manera de romper con los monopolios y las roscas.  En el caso norteamericano, la estrategia diseñada por Galbraith fue tanto más osada en cuanto significó extender el control a todos los productos, olímpico esfuerzo considerando el tamaño de la economía en cuestión pero además que supuso echarse en contra a toda la ortodoxia y sus pronósticos alarmistas. En un artículo de 2008 del periodista argentino Alfredo Zaiat, se reseña la historia del modo siguiente:

“En 1941 Galbraith fue “convocado por el presidente Franklin Delano Roosevelt para administrar los precios internos, y aprendió que los libros e ideólogos –en línea con las reacciones de monopolios y oligopolios– harían fracasar la misión si admitía limitar el control a un cierto número de artículos seleccionados”. (…) el enfant terrible de Harvard “pronto comprendió que debía transgredir ese axioma liberal –casi una herejía por aquellos tiempos– y no vaciló en extenderlo a todos los bienes comercializables”. Señala que “contra los pronósticos agoreros, el éxito fue total y ello le generó gran prestigio y respetabilidad. Consiguió mantener así los precios internos en un nivel inferior al 2,0 por ciento anual, pese al incesante incremento de la demanda y los altos índices de ocupación que acompañaron al período”. Y concluye que “lo que sus colegas consideraron casi un ‘milagro’ inexplicable; para él era apenas una gran lección que le advirtió sobre la necesidad de someter todo al examen de resultados verificables”.

El experimento de Medina finalmente fue frustrado por el golpe de Estado promovido por AD y FEDECAMARAS, lo que no solo implicó un triunfo coyuntural para los especuladores sino estructural, pues de allí en adelante el esquema rentista especulativo lo que hizo fue consolidarse y afinarse. Sin embargo, el registro de precios de la época da cuenta de su efectividad aminorando el alza de los precios y garantizando el suministro de bienes a la población. En el caso norteamericano el desenlace fue muy distinto y prolongado. Luego de terminada la guerra se mantuvo por un tiempo más luego de lo cual fue sustituido por un sistema llamado de “hitos” que en la práctica lo que hacían era indexar los salarios y las ganancias, de manera tal que los comerciantes y empresarios se autorregularan en los precios pues de subirlos y aumentar sus márgenes de ganancia debía subirse automáticamente los salarios (Y viceversa). Hasta la época de Kennedy este mecanismo funcionó con intervención activa del Estado manteniendo un ritmo de precios sumamente estable. Pero ya con Johnson se fue flexibilizando hacia un esquema “voluntario”, donde los empresarios y sindicatos acordaban mantener los salarios por término medio dentro de las tasas de productividad.

El aumento de la competencia de las empresas norteamericanas con capitales provenientes de Europa y el sur de Asia (Alemania y Japón básicamente), sumado a los vaivenes de la economía internacional fue impactando en dichas tasas. Pero en paralelo, las empresa norteamericanas más poderosas y concentradas –las del sistema de planificación de Galbraith- se aprestaban a dar un nuevo salto cualitativo hacia la deriva financiera, considerando la enorme masa de capital ocioso que poseían. Por ese camino, durante la época de Nixon, cuando ya la inflación y la recesión eran manifiestos el control se eliminó del todo, resultando en lo inmediato en despegue de la inflación y a la larga en un ajuste global que terminó de subordinar el trabajo al capital. La experiencia de ese ajuste es lo que hoy conocemos como neoliberalismo, lo que en aquel tiempo el bueno de Friedman llamó la contrarevolución monetarista, la misma que padeceríamos años después con CAP y Caldera II y que hoy intentan reeditar.

¿Qué podemos aprender de estas experiencias?   

En líneas generales lo que ya dijimos: que de combinarse una lectura correcta del contexto y la economía a intervenir, es decir, no dogmática ni convencional, con un buen uso del tiempo histórico y los tiempos de aplicación, los resultados pueden ser muy óptimos. Si a eso le sumamos creatividad y  la pertinente aplicación del tema tecnológico, una experiencia de control de precio y regulación de ganancias como la que se intenta aplicar puede ser exitosa. En fin, de lo que se trata como quien dice es de tener modo, modo que complemente el compromiso y derrote el fetichismo.

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