Sobre las medidas cambiarias o la necesidad de detener la dolarización de hecho. (I)

dolar-hoy-1734808w300Nota previa: tenía pendiente dedicarle tiempo al tema de las medidas cambiarias, pero en medio de otras ocupaciones no me había podido sentar. Ahora bien, al igual que pasa con el mal llamado problema inflacionario, pienso que es mejor marcar distancia con la polémica de superficie y dedicarle atención a una serie de supuestos no debidamentes tomados en cuenta pero que son fundamentales a la hora de entender la realidad. Por otra parte, además de a dichos supuestos hay que prestarle atención a los procesos, algo que a menudo dejamos pasar por el inmediatismo cuando no la conveniencia. Así pues, más que a las medidas -que también- le voy a dedicar una serie al problema del dólar, el tipo de cambio y lo que aquí llamo dolarización de hecho  de la economía venezolana, que es a lo que apuntan poderosos sectores ligados al capital transnacionalizado en su empeño de consolidar su plutocracia al tiempo de desmantelar cualquier intento por débil que sea de oponerse a dicho propósito.  Lo complejo de este empeño, es que manipula para tales fines a una parte de la población involucrándola en prácticas especulativas a la que la gente acude por las más diversas razones y causas, lo que en cuanto estrategia la hace difícil de desmantelar. Sin embargo, si se atacan dichas causas y aísla a los peces gordos de la especulación puede derrotarse. La cuestión es saberlo hacer.  

1) El análisis en materia económica suele ser complejo por varias razones, pero fundamentalmente por dos: por la jerga experta y a menudo inútil con que hablan la mayoría de los economistas convencionales. Así como por la vieja costumbre –entendible pero no por ello menos problemática- de que quien “analiza” por lo general lo hace partiendo de su lugar de interés, es decir, por un básico “¿me afecta, no me afecta y cómo me afecta?” al que pretende luego darle validez universal.

El tema cambiario es claro ejemplo del análisis interesado. Quien tiene posibilidad de viajar, se dedica a viajar para raspar cupo o envía remesas, tiene una impresión lo mismo que quien compra por internet, y en base a ella juzga lo conveniente o no, lo justo o injusto, de tal o cual medida que se aplique en la materia. Quien no viaja ni compra por internet tiene otra impresión igual de parcializada, que puede llegar hasta un soberano “no me importa lo que pase con ese tema”. El importador tiene su punto de vista al igual que el banquero intermediador y el vendedor de baratijas, mientras que el productor nacional tiene otra diametralmente opuesta. El que tiene dólares celebra una devaluación porque ve su masa de bolívares multiplicarse automáticamente, mientras que el trabajador asalariado que no los tiene ve su salario diluirse igual de automático, lo que por supuesto no le causa ninguna gracia.

Como todos las cuestiones que una vez dichas parecen obvias, ésta suele ser pasada por alto a la hora de considerar las reacciones que una medida puede generar. Así las cosas, a partir de los recientes anuncios sobre restricciones en acceso a divisas, uno ve proliferar cientos de opiniones divergentes cada una de las cuales parte en lo más básico de elevar su interés individual a interés general. ¿Cuál de todas ellas es la más justa? ¿Cuál se acerca más a la “verdad” o expresa más los intereses de la mayoría? Pudiéramos hacer el ejercicio de avanzar en una selección por descarte: evidentemente la opinión de los raspacupo no es la justa, pero mucho menos la de los banqueros y comerciantes importadores. Tampoco la los tenedores de dólares ni la los traficantes de los mismos. Desde luego, uno automáticamente se solidariza con los amigos que querían tomarse unas vacaciones en cualquier lado del mundo y que se la pusieron más compleja, pero está claro que dicha solidaridad no califica. De tal suerte, lo ideal pareciera ser tomar partido por el trabajador asalariado, particularmente aquel que tiene poco margen de maniobra para defenderse frente a la especulación. Cualquiera dirá que no es tampoco ésta la más objetiva pues no representa a la totalidad del espectro social y eso es verdad. Pero no cabe duda que es la más justa en cuanto apunta a la defensa de los intereses de la mayoría, incluso de aquellos –como varios amigos míos- que por obra y gracia del status social se creen por encima de esta categoría cuando no es así.

2) Por otra parte, el tema cambiario en la forma venezolana de darse es una clara demostración de cuan falso es el dogma de que las personas actúan siempre racionalmente en materia económica, y más aún, demuestra lo contradictorio que resulta la “teoría” de los equilibrios de mercado capitalistas con la de los intereses egoístas y los principios de no intervención. En el mejor de los casos, se recurre una realidad inmediatista, más cercana al reflejo que a la reflexión propiamente tal, que induce a buscar el beneficio más grande de la manera más rápida posible y por cualquier vía sin medir que en ese mismo acto se está conspirando contra las condiciones que permiten dicha posibilidad. Para ponerlo más claro: el juego especulativo en el que se monta una minoría del país contra el país, animada generalmente –además de la ambición- por la amenaza de caos, desastre o sin futuro del país bajo el “régimen” chavista, sencillamente ignora u olvida que la posibilidad de obtener dólares se la debe a ese mismo “régimen”, que no solo ha mejorado su nivel de vida permitiéndole un ingreso que le da la posibilidad de obtener dólares, sino que es el principal y casi único proveedor de dichos dólares, entre otras razones por la política fiscal en materia petrolera que aplica desde su llegada en 1999, de la reforma de la ley de hidrocarburos en 2001 y la toma de control de la industria petrolera en 2003 tras el sabotaje meritocrático.

De tal suerte, si uno le pregunta a esa misma minoría qué opina de esta política, una parte muy importante le dirá que la adversa y que quisiera volver al esquema anterior o que debería hacerse por ejemplo lo que se está haciendo en México: privatizar la industria petrolera. Lo más increíble es que dentro de ese grupo muchos tienen edad suficiente como para acodarse del esquema anterior y de cómo antes, ciertamente, para la mayoría no era problema la obtención de dólares, pero por las simples y llanas razones de que el acceso a los mismos aunque en lo formal era “libre” (en el sentido que cualquiera podría ir a una casa de bolsas o banco a comprarlos) en lo real no lo era, pues solo muy pocos generaban ingresos suficientes como para adquirir unos dólares que, a su vez, entraban cada vez menos al país gracias a la política de la PDVSA meritócrata y los que entraban se reciclaban dentro de un círculo muy exclusivo que los devolvía al exterior. Pero así y todo -aunque claro, sin dejar primero de aprovecharse de ella lo más que pueden- despotrican y hasta conspiran contra la política económica que les permite obtener sus ansiados dólares, al tiempo que levantan las banderas y salen a marchar por las que le frustraban dicha posibilidad en nombre –ni más faltaba- de dicha posibilidad! Si eso es racional, entonces habrá que redefinir el concepto de “racionalidad”… por no hablar del tema ético implicado en reclamar como derecho aprovecharse de aquello que por otra parte dicen que no está bien o es viciado.

Una vez sentados estos dos puntos necesarios, pasemos a comentar el tema de las medidas tomadas estos días en materia cambiaria, tanto en sí como sobre todo en función de el papel que se espera que cumplan en las metas de “equilibrar la economía” puestas por el gobierno de cara a la guerra económica y la lucha por la privatización de la riqueza nacional. Sin embargo, para bien hacerlo se requiere que dar una vuelta por algunos temas que suelen darse por supuestos en buena parte de los debates que se vienen haciendo,  pero que son precisamente los que deben cuestionarse so pena caigamos en una trampa ideológica similar a la que se quiso tender con el tema inflacionario.

3) En una nota anterior manifestaba mi preocupación con respecto al manejo que durante lo que va de año se viene haciendo de los anuncios en materia económica así que no voy a volver sobre lo ya dicho. Pero sí hay un punto al menos sobre el que me gustaría insistir: el de la imperiosa necesidad de mantener y consolidar la confianza de la población en la política de gobierno. Como decía en aquella ocasión, a mi modo de ver el principal triunfo del gobierno y particularmente del presidente Maduro durante 2013, fue precisamente ganarse la confianza de las mayorías en contra de toda la fiereza puesta por sus enemigos en lo contrario, confianza que le permitió desinflar la burbuja especulativa y oposicionista tal y como se demostró el 8-D, y en general, con la tranquilidad ganada en diciembre. En consecuencia, entendemos que el oposicionismo que no cesa en su empeño hará todo lo posible por resquebrajar esa confianza, pero precisamente por eso debemos ser lo más cuidadoso posibles a la hora de no propiciar situaciones bajo las cuales nosotros mismos la pongamos en riesgo.

Como ha quedado claro durante todo este tiempo, la incertidumbre es la principal arma de los especuladores y conspiradores, en razón de que les permite tanto justificar sus prácticas como poner a la mayor cantidad de personas posibles a su servicio siguiendo entre otras la lógica del síndrome de Estocolmo, como señaló un día mi buen amigo Alex Lanz. Y es que, contrario a lo que señalaba con respecto al comportamiento irracional con el que mucha gente se suma a las prácticas especulativas sacrificando sus grandes intereses por expectativas de agarrar alguna migaja, hay que tener presente que los especuladores pesados y conspiradores sí se comportan de manera sumamente racional cuando van tras las grandes tajadas. Puede parecer un poco odiosa la metáfora, pero no por ello es menos gráfica de lo que se quiere decir: los grandes especuladores y conspiradores actúan como esas orcas que vemos en los documentales atacando cardúmenes de peces o leones marinos: los rodean, aturden y llena de pánico pues en medio de esa confusión engullirlos es más sencillo. Así las cosas, una población como la nuestra asediada por pronósticos sombríos de todo tipo y con una marcada memoria de especulaciones, pero además al tanto de que los grandes especuladores acostumbran jugar a sus anchas, es presa fácil. Haberle plantado cara a ese juego perverso y atacarlo de raíz es en la actualidad, como ya dije, el principal crédito del gobierno y su carta de legitimidad. Nadie se esperaba en noviembre que se actuara como actuó, con la determinación y le eficacia casi quirúrgica con que se hizo y esa es una ventaja que no se puede perder. Ergo, debe evitarse al máximo posible propiciar situaciones de suspenso en medio de las cuales los profetas del desastre hacen su agosto especulando con las expectativas del colectivo para especularle los bolsillo luego. Pero por otra parte, no hay que perder de vista que es a los peces gordos que hay que atacar, por más que sea verdad que hay unos cuantos chicos que se la tiran de vivos o pretenden pasarle por encima al resto con tal de salvarse.

De otro lado, hay que tener muy claro lo siguiente: más allá de la evidente puja por apropiarse de la renta petrolera, en la actual batalla contra el mercado ilegal y especulativo cambiario lo que está en juego es la defensa contra la dolarización por la vía de hecho que se quiere hacer de la economía venezolana. Es decir, no estamos enfrentando unos desequilibrios infortunados que se van a solucionar con señales adecuadas a los “mercados” o a la simple ambición desmedida de unos cuantos burgueses parasitarios. La plutocracia nacional y transnacional busca imponerse chantajeando al Estado para que, en lo inmediato, le de dólares, pero también inoculando en el colectivo la idea de que los problemas del país se reducen a si el Estado asigna o no dólares suficientes, si el cupo es tal o cual, etc. Los partidarios velados y no tanto de la dolarización de la economía nacional saben que la misma no se puede hacer oficialmente pues implicaría, entre otras cosas, reformar la constitución. Por ese motivo, buscan imponerla de facto, a juro, haciendo que entonces la vida nacional gire en torno al dólar y que la gente tenga como preocupación vital tenerlos o no, cuánto vale o deja de valer reclamándole al Estado que los “libere” de la injusta prisión donde los tiene metidos

 En una célebre entrevista a principios del año pasado, el entonces ministro de Finanzas Jorge Giordani afirmó que en nuestro país se vivía una “insaciabilidad” del dólar que él describía como enfermedad ideológica del modelo rentístico, apreciación que luego ha sido repetida por varios voceros del gobierno. Yo particularmente creo que exageraba, pero de lo que no cabe duda es que hay factores que procuran crear las situaciones para que eso sea así de manera de legitimar su rebatiña histórica de la renta al tiempo de someter al país a los dictámenes de la plutocracia financiera transnacional. En ese sentido, la dolarización de la economía venezolana se combate    desdolarizando la economía y el imaginario, es decir, sacando de la mente de las personas la angustia por los dólares y evitando que los que ya están contagiados de ella contagien a los que no. El primero llamado a desdolarizar la vida nacional es el propio gobierno. Toda esa ansiedad mediática y de los “expertos” por el tipo de cambio “óptimo”, el “óptimo” nivel de reservas internacionales, las “deudas” de CADVI, el cupo viajero o electrónico como derechos humanos inalienables, no son más que cepos ideológicos para inducir la dolarización por parte de quienes quieren rendir al país ante las plutocracias y, de paso, ganarse millonarias comisiones por ello. Así pues, hay que cambiar como quien dice el disco en lo discursivo, pero de paso, entender de una vez por todas que el “problema del dólar” no se solucionará simplemente dando más o menos dólares, apretando más o menos y además mucho menos apretando a los peces pequeños para que despavoridos o molestos vayan derechito a las fauces de los peces grandes.  Como en 2013, hay que actuar y golpear primero a los peces grandes, que son los principales desaguadores de nuestra riqueza. Y en simultáneo, cortar el poder que ejercen sobre un sector del país diversificando las alternativas de ahorro, inversión y comercialización cuanto más puesto que estamos hablando de una moneda –el dólar- de la que todo el mundo en otras latitudes se está preparando para huir. No es ya siquiera una cuestión de soberanía –que lo es y mucho- sino de simple sobrevivencia y hasta de sentido común.[1]


[1] Como en todas las estrategias de esta naturaleza, la de la dolarización se manifiesta no solo por las vías clásicas –la vocería de la derecha- sino que toma cuerpo en el pensamiento “de izquierda” o “ progresista” tal y  como se puede ver en varios artículos que al respecto circulan por el portal Aporrea. Un ejemplo de ello es “Propuesta al BCV para dolarizar nuestra economía y acabar con la especulación cambiaria y la inflación” del articulista Jairo Larotta. Por cierto, en dicho artículo se asegura que el presidente Correa de Ecuador no ha hecho esfuerzo por sacar a su país de la dolarización pues reconoce sus beneficios. Para ver la verdadera posición del presidente Correa al respecto se recomienda la entrevista “Dolarización y remesas” de junio de 2008 en el diario argentino Página 12.

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