Adam Smith en Venezuela: sobre “libre” mercado y regulación económica.

1395443_628446137223364_1677561381_nA propósito de las medidas económicas tomadas por el gobierno nacional la oposición y sus “expertos” en materia económica han sacado a relucir nuevamente el trapo de la defensa del libre mercado y las acusaciones contra el intervencionismo. No deja de ser llamativo pues a ojos de la mayoría el problema parece ser más bien lo contrario: que existía demasiada ligereza en el control sobre unas divisas que finalmente el sector privado no produce, eso sin tomar en cuanto que toda esa perorata sobre el libre comercio pudo haber tenido sentido antes de 2008 pero luego de lo que vemos en Estados Unidos, Grecia, Mexico, España, etc., hay que ser bien arriesgado cuando no cínico para apostar por ello.

Ahora bien, en la medida que el libre mercado no es una consigna inventada por fedecamaras, consecomercio o los artículistas de El Universal, sino que es una idea que se nos vende como verdad sacrosanta planteada científicamente por las mentes más brillantes de la humanidad, veamos que decía sobre ese tema Adam Smith, que como sabemos es el equivalente a Marx para los defensores del capitalismo y al que la convención reconoce como padre fundador de la economía política clásica burguesa, profeta de los mercados autorregulados y pregonero de la libre competencia, y de hecho, inventor de la célebre metáfora de “la mano invisible”:

Leamos con atención la siguiente cita:

“Los planes y los proyectos de las personas que emplean capitales, regulan y dirigen las operaciones más importantes del trabajo y la ganancia es el fin que se proponen con semejantes especulaciones. Ahora bien, la tasa de beneficio no sube, cual acontece con la renta y los salarios, a medida que aumenta la prosperidad social, ni desciende cuando la sociedad decae. Por el contrario, es naturalmente baja en los países ricos y alta en las naciones pobres, elevándose a los niveles más altos en aquellos países que caminan desbocados a la ruina. Por consiguiente, el interés de esta clase (la de los propietarios capitalistas) no se haya íntimamente relacionado, como el de las otras dos (trabajadores asalariados y propietarios de la tierra), con el general de la sociedad. Los comerciantes y los fabricantes son, dentro de esta clase, las dos categorías de personas que emplean, por lo común, los capitales más considerable y que, debido a su riqueza, son objeto de la mayor consideración por parte de los poderes públicos (…) Sin embargo, como su inteligencia se ejercita por regla general en los particulares intereses de sus negocios específicos, más bien que en los generales de la sociedad, su dictamen, aún cuando responda a la buena fe (cosa que no siempre ha ocurrido) se inclina con mayor fuerza a favor del primero de esos objetivos que del segundo. 

Los intereses de quienes trafican en ciertos ramos del comercio o de las manufacturas, en algunos respectos, no sólo son diferentes sino por completo opuestos al bien público. El interés del comerciante consiste siempre en ampliar el mercado y restringir la competencia. La ampliación del mercado suele coincidir, por regla general, con el interés del público; pero la limitación de la competencia redunda siempre en su perjuicio y solo sirve para que os comerciantes, al elevar sus beneficios por encima del nivel natural, impongan, en beneficio propio, una contribución absurda sobre el resto de los ciudadanos. Toda proposición de una ley nueva o de un reglamento de comercio, que proceda de esta clase de personas, deberá analizarse siempre con la mayor desconfianza y nunca deberá adoptarse como no se después de un largo y minucioso examen, llevado a cabo con la atención más escrupulosa a la par que desconfiada. Ese orden de proposiciones proviene de una clase de gentes cuyos intereses no suelen coincidir exactamente con los de la comunidad, y más bien tienden a deslumbrarla y oprimirla, como la experiencia ha demostrado en muchas ocasiones.”

Muy probablemente, cualquier lector no familiarizado con la literatura económica pero de seguro también más de un “experto”, asociará  estas palabras a Marx, Lenin o cualquier otro comunista crítico del capitalismo. Sin embargo, no es este el caso. Es una cita de Smith extraída de La Riqueza de las Naciones, capítulo XI del Libro Primero (páginas 240-241 edición FCE), su libro más conocido y en otras épocas biblia de los economistas burgueses, hasta que se le convirtiera en rareza por obra y gracia de la generalización de los manuales de divulgación de toda la vulgata económica de la que hoy día somos víctimas.

Así las cosas, lo bueno de leer a Adam Smith en situaciones como la que hoy atraviesa el mundo y particularmente Venezuela es que, por un lado, se trata de un autor que por su naturaleza y status no puede ser sospechado de izquierdismo, pero a su vez pone en evidencia cómo la mayoría de las cosas que dice la derecha sobre los temas económicos y en especial sobre el “libre” mercado no pasan de ser en su gran mayoría falacias utilizadas doctrinariamente y a conveniencia en defensa de sus intereses o los de quienes le pagan.

Con respecto a lo primero, con Smith ciertamente no hay que llamarse a engaños. Se trata del vocero privilegiado de la burguesía británica emergente del siglo XVIII que, en cuanto tal, tenía políticamente las cosas muy claras. Por caso, Smith suscribía la idea de Locke de que la función del gobierno era defender al rico del pobre y garantizar la propiedad privada: “El gobierno civil, en cuanto instituido para garantizar la propiedad, se estableció realmente para defender al rico del pobre, o a quienes tienen alguna propiedad contra los que no tienen ninguna” (LRN. P: 633)[1]

Smith también fue en efecto un defensor del egoísmo y el interés privado como principio explicativo de la sociedad entendida como sociedad de mercado, tal y como podemos ver en las siguientes sentencias, una más célebre que la otra:

No es la benevolencia del carnicero, del cervecero o de panadero la que nos procura el alimento, sino la consideración de sus propio interés. No invocamos sus sentimientos humanitarios sino su egoísmo; ni le hablamos de nuestras necesidades sino de sus ventajas.” (LRN. P: 17)

Cuando (el capitalista) prefiere la actividad económica de su país a la extranjera únicamente considera su seguridad, y cuando dirige la primera de tal forma que su producto represente el mayor valor posible, solo piensa en su ganancia propia; pero en este como en muchos otros casos es conducido por una mano invisible a promover un fin (el bien colectivo) que no estaba en sus intenciones” (LRN. P: 402)

Sobre este par de citas se “sostiene” el andamiaje “teórico” liberal y neoliberal. Todo lo que vino después: los principios de no intervención, los modelos de equilibrio general, la competencia perfecta, los mercados autorregulados, etc.,  derivan de esta metáfora fundacional: “la mano invisible” buscando bien traducirla a lenguaje cientificista o bien convertirla en idea de sentido común.

Pero precisamente por eso, como decía, es tan fructífero recordar a Smith en momentos como estos. Como muchos autores han dejado claro, Smith es un pensador contradictorio, contradicciones que se expresan en La Riqueza de las Naciones obra donde se pueden leer opiniones totalmente divergentes sobre los mismos puntos. No es la intención aquí profundizar sobre ello, pero digamos rápidamente que buena parte de dichas contradicciones se explican por las sucesivas reediciones (al menos cinco) con correcciones hecha por el autor de su famoso libro. De tal suerte, muchas de estas correcciones se originan por el contraste observado por el autor entre su pensamiento y la realidad de prácticas mercantiles donde precisamente no era una “mano invisible” lo que regulaba la actividad económica, sino las manos de los comerciantes y manufactureros con suficiente poder como para imponer las condiciones que le favorecen “sacrificando tanto a los consumidores como a otras categorías de productores” (LRN. P: 590).

Veamos por ejemplo qué decía a propósito de los monopolios, la libertad de comercio y el papel de la legislación a la hora de defender los derechos de las mayorías:

Esperar que en la Gran Bretaña se establezca enseguida la libertad de comercio es tanto como prometerse una Oceana o una Utopía. Se oponen a ello, de manera irresistible, no sólo los prejuicios del público sino los intereses privados de muchos individuos. (…) Cualquier miembro del parlamento que presente una proposición encaminada a favorecer un monopolio, puede estar seguro que no solo adquirirá la reputación de perito en cuestiones comerciales sino una gran popularidad e influencia entre aquellas clases que se distinguen por su número y su riqueza. Pero, si se opone, le sucederá todo lo contrario, y mucho más si tiene autoridad suficiente para sacar adelante sus recomendaciones, porque entonces ni la probidad más acreditada, ni las más altas jerarquías, ni los mayores servicios prestados al público, permitirán ponerle al cubierto de los tratos más infames, de las murmuraciones más injuriosas, de los insultos personales y, a veces, de un peligro real e inminente con que suele amenazarle la insolencia furiosas de los monopolios, frustrados en sus propósitos.” (LRN. P: 414-416.)

Si donde dice “Gran Bretaña” ponemos Venezuela pudiéramos estar citando no a un inglés del 1700, sino de cualquier venezolano sensato que repase con suficiente y desprejuiciada memoria lo que ha ocurrió en los últimos 14 años y espacialmente este ultimo en nuestro país. Sobre este particular y ya que están en discusión los márgenes de ganancia y su incidencia sobre los precios, repito algo que ya había citado en un texto anterior del mismo autor sobre las ganancias capitalistas y su efecto sobre los precios:

En realidad, los beneficios elevados tienden a aumentar mucho más el precio de la obra que los salarios altos. (…) la Proción del precio que se resuelve en los salarios de los trabajadores se elevaría en cada uno de los estadios de la manufactura, únicamente en proporción aritmética a este aumento de los jornales. Pero si los beneficios de los patronos que ocupan esta clase de operarios se elevan un cinco por ciento, la Proción del precio del artículo que se resuelve en ganancia se elevaría en cada uno de los estadios de la manufactura en proporción geométrica a dicha alza del beneficio. (…) Nuestros comerciantes y fabricantes se quejan generalmente de los malos efectos de los salarios altos, porque suben el precio y perjudican la venta de sus mercancías, tanto en el interior como en el extranjero. Pero nada dicen sobre las malas consecuencias de los beneficios altos. Guardan un silencio profundo por lo que respecta a los efectos perniciosos de sus propios beneficios y sólo se quejan de los ajenos.”(LRN.P: 95-96)

Así las cosas, algo que a menudo se olvida o pasa deliberadamente por alto es que Smith siempre entendió la economía como economía política. Y de hecho, la economía en cuanto disciplina de conocimiento la definió del modo siguiente:

La economía política, considerada como rama de la ciencia del estadista o el legislador, se propone dos objetivos diferentes: primero, proveer ingresos o subsistencia abundante para las gentes, o con más propiedad, permitirle que se provean de tales ingresos o medios de subsistencia; segundo, suplir al Estado o la mancomunidad de un ingreso suficiente para los servicios públicos. Se propone enriquecer tanto a las gentes como al soberano”(LRN.P: 377)

Como se ve, es algo bastante alejado de lo que la vulgata neoliberal actual dice en su nombre.

No está de más decir que Smith no era el único economista liberal consciente de que el “libre” mercado no es tal y de que dejar actuar a su conveniencia a los acores económicos conduce finalmente al caos del que somos testigos y a la rapiña generalizada. Walras, uno de los fundadores de los modelos de equilibrio que tanto le gustan a nuestros economistas de derecha era un partidario del socialismo y un militante del cooperativismo. Pero incluso un personaje tan conservador como John Stuart Mill tenía cosas qué decir al respecto:

Confieso que no me gusta el ideal de vida que defienden aquellos que creen que el estado normal de los seres humanos es una lucha incesante por avanzar; y que el pisotear al que se queda, empujar y dar codazos al de al lado y pisarle los talones al que va adelante, que son característicos del tipo actual de vida social, constituyen el género de vida más deseable para la especie humana; para mi no son otra cosa que síntomas desagradables de una de las fases del progreso industrial” (Mill. Principio de Economía Política. FCE. P: 641).


[1] Con estas palabras Smith está parafraseando a Locke: “Mientras no exista propiedad no puede haber gobierno, cuyo verdadero fin consiste en garantizar la riqueza y defender al rico del pobre.” Ensayo sobre el gobierno civil.

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