El catastrofismo, o cuántas veces se ha acabado el mundo.

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El fin del mundo, como la existencia de los extraterrestres o de dios, es uno de esos temas ante los cuales es casi imposible no verse arrastrado, pero además conservar una posición equilibrada. Al parecer no hay caso: o se le teme o se le subestima, o lo esperamos o nos burlamos. Y fuera de esos extremos cualquier cosa que se diga puede resulta fútil.
Quienes lo subestiman cuentan con un argumento de peso: evidentemente, el mundo no se ha acabado ninguna de las múltiples veces en que tal cosa se ha anunciado. No lo hará este diciembre así como no lo hizo en octubre de 2011, ni durante la llegada del 2000, ni en 1984, ni durante la Gran Depresión, ni a finales del XIX, ni en 1812 en Caracas, ni a mediados de 1789 en Francia, ni cuando las pestes y hambrunas del 1300 europeo, ni al culminar el 999. En fin, en cada una de esas ocasiones y en muchas otras el mundo ha seguido su curso, independientemente de las angustias y predicciones, e inclusive, sufrimientos, suicidios, rebeliones y demás medidas extremas tomadas por los convencidos.
Mi hipótesis, sin embargo, es que cada bando a su manera tiene razón. Pues si bien todo lo anterior es cierto, al mismo tiempo también lo es que en cada una de esas ocasiones el mundo sí se ha acabado, aunque no necesariamente en las formas que se temía. Y es que en la medida en que el mundo es aquello donde se habita y transcurre la vida, al transformarse las condiciones materiales y los arreglos histórico-sociales que lo hacen posible, virtualmente, puede decirse que desaparecen. En este sentido, lo que demuestra la revisión histórica es que cada vez que aparecen estos temores hay que dar cuenta de algún mundo que se halla en vías de desaparecer o ya lo ha hecho, siendo la mayoría de las manifestaciones culturales en que tales temores se expresan –teorías, profecías, ritos, pinturas, grabados, consignas, poemas, películas, etc.,- medios a través de los cuales los hombres y las mujeres encuentran, según las disponibilidades de la época, de hacer frente a la conmoción y la incertidumbres que tales transformaciones situadas por lo general más allá de nuestra estrecha comprensión ordinaria les producen. En vísperas de grandes revoluciones, a la caída de viejos regímenes, en épocas de crisis o agudas contradicciones sociales, invariablemente, se levantan las banderas del fin del mundo y el catastrofismo. De tal suerte, la pregunta que hay que hacerse no es si el mundo se va a acabar o no mañana 21 de diciembre de 2012, sino cuál mundo -qué forma de organización, que orden, en fin, qué modo de producción y reproducción de la existencia- se está acabando actualmente y cuáles otros están naciendo o son posibles.
Sobre estos temas y otros conexos trata El catastrofismo, o cuántas veces se ha acabado el mundo, primera parte de la serie de ensayos La Utopía en los tiempos del fin del mundo que a partir de enero de 2013, saldrá publicada por la editorial alternativa Parada Creativa. Sin embargo, los editores y yo, previendo que esté equivocado, hemos optado por adelantar por esta vía la introducción, de manera que si hay un cataclismo no se pierda todo el trabajo. Y si todo sale bien, los invitamos a adquirirlo a partir de enero próximo.
Mientras tanto, más abajo les copio la intro.
Fuera de eso: feliz navidad y próximo año nuevo para todas y todos.
 

El catastrofismo, o cuántas veces se ha acabado el mundo(La Utopía en los tiempos del fin del mundo I). 

Aunque prácticamente la totalidad de las cosas que se abordan en el texto que sigue forman parte de pasados incluso algunos de ellos ya muy lejanos, el mismo no es un trabajo de historia ni pretende arrojar nuevas luces sobre hechos la mayoría de los cuales, por lo demás, han sido estudiados exhaustivamente. En realidad, debe ser considerado el primer paso en un esfuerzo mucho más específico por dar cuenta de nuestro presente planetario. Un presente que a ojos de muchos exhibe como uno de sus rasgos más propios la conjunción “inédita” no sólo de un cúmulo de crisis de todo tipo (económicas, climáticas, sanitarias, alimenticias, etc.,), sino además de catástrofes de toda clase y dimensiones, crisis y catástrofes sobre las cuales la experiencia inmediata pero también las diversas doxas imperantes nos dicen que difícilmente van a mejorar, y que lo más probable, de hecho, es que sean el preludio de un inexorable fin del mundo.

Poco importa a estas alturas que dicho fin del mundo sea el resultado del deterioro del planeta por causa de la acción humana, del capitalismo, de un meteorito, de un acto de venganza de la Pachamama, de la terminación de un ciclo cósmico o del juicio implacable de Dios. Y poco importa además que nos hayamos convencido de ello siguiendo las noticias, escuchando alguna prédica, leyendo libros, informes expertos o viendo un video en Youtube. En realidad lo que importa, o al menos lo que nos importa a nosotros, es que tales juicios entrañan un pérdida paulatina de toda idea de futuro o, lo que es peor, su reemplazo por la sensación sombría de que inclusive es mejor que así sea si el mismo, como todo indica, no será más que la prolongación agravada de todos los males que nos aquejan hoy.

Toda esta atmósfera catastrofista hace vida, desde luego, con la convicción no menos arraigada de que romper con dicha situación no parece posible. No importa cuánto lo deseemos, busquemos o necesitemos: la escena planetaria actual nos muestra como atrapados en un reino de fatalidades interminables, pero sobre todo ante las cuales no parece existir alternativas plausibles. Lo único sensato que puede hacerse al parecer es adaptarse y en la medida de lo posible mitigar sus efectos pero bajo ninguna circunstancia plantearnos su superación como algo factible. En este sentido, es incluso probable que exista hoy más gente convencida de la necesidad de que las cosas cambien. E inclusive que, como nunca antes, haya más gente convencida de que ese cambio significa romper con el capitalismo y esté efectivamente trabajando en ello. Y sin embargo, el que todo eso sea así y lo sepamos no necesariamente se traduce en una voluntad real de cambiarlo, entendiendo por voluntad no sólo querer, demandar, necesitar o esperar el cambio, sino obrar efectivamente para producirlo. Así pues, como dice Fredric Jameson, lo que resulta realmente devastador hoy no es la presencia de un enemigo poderoso ni los padecimientos a los que nos somete, sino la creencia generalizada de que esa presencia es irreversible y de que no existen salidas a este continuum de calamidades y crisis o que son tan complejas y peligrosas que no tiene sentido siquiera planteárselas.

De este estado de incertidumbre del presente y devaluación del futuro es de lo que se ocupa el texto que sigue y los que lo continuarán. Y si, pese a ello, hemos optado por empezar dando cuenta de hechos pasados, no es porque pensemos que en ellos se encuentren respuestas a los problemas que hoy nos agobian –que en parte sí- sino porque un primer ejercicio analítico sobre nuestro tema pasa por definir cuánto de realmente inédito hay en todo lo que se nos dice, cuán novedosas realmente son nuestras angustias y preocupaciones, qué tan anómalamente grave es nuestro presente para que lo lleguemos a considerar incluso en estado terminal. Eso y otra cosa muy importante: por desmontar el impulso que nos lleva a volver la mirada con nostalgia hacia atrás buscando en el pasado la tranquilidad y la inocencia perdidas, una suerte de estado de gracia del que en algún momento nos caímos como Adán y Eva cayeron de El Paraíso. Por el contrario, si vemos hacia atrás con la rigurosidad que tal cosa implica, veremos a nuestros antepasados soportando tal aluvión de calamidades que resulta insensato extrañar sus formas de vida, formas de vida que idealizamos como reacción al presente pero que en el fondo poco se corresponden con nuestras añoranzas. Por otro lado, pero por las mismas razones, desmitificar el pasado debe llevarnos a desmitificar el presente, a convencernos de lo poco serio que en realidad resulta considerar a la época que nos ha tocado vivir como la peor de todas y de que muchas de las cosas que hoy nos aquejan –como por ejemplo el cambio climático- no son después de todo tan nuevas como parecen.

Esto no significa, no está de más aclarar, desestimar la importancia de las cosas que ocurren en la actualidad o que aquí se piense que no hay nada nuevo bajo el sol y solo se trata de descubrir lo mismo en envase diferente. Se trata más bien de tener una perspectiva un poco más amplia de las cosas, menos limitada por nuestra experiencia cotidiana y por una retórica propia de los tiempos donde la angustia se nos ofrece del mismo modo como se nos vende un jabón o el último gadget tecnológico. Para decirlo un poco como Bateson y otro poco como Spinoza, digamos que se trata de un trabajo de ecología mental pero también afectiva: limpiar la cabeza y el cuerpo de aquellas ideas y afecciones inadecuadas, que no solo no nos permiten ver lo esencial sino que disminuyen nuestra capacidad de reaccionar volviéndonos sujetos pasivos de nuestra propia conmiseración.

En virtud de lo anterior, algo que puede decirse de nuestra fugaz e incluso desordenada revisión histórica es que si bien la idea original era comprobar cuántos de algunos de los problemas más graves del mundo de hoy (las crisis económicas, las grandes epidemias, el cambio climático, los desastres naturales devastadores, etc.,) resultan tan inéditos como se sostiene, en la práctica terminó convirtiéndose en una especie de arqueología sobre las fuentes y la geografía de lo que hemos llamado catastrofismo contemporáneo. Así las cosas, no es sólo ya que, como dijimos, dichos problemas no son tan nuevos, sino que el catastrofismo en sí mismo –la atmósfera  fatalista (en el doble sentido del término) que nos rodea- tampoco lo es y lo que es más su surgimiento no tiene que ver en realidad, necesariamente, con la ocurrencia o no de catástrofes reales sino más bien con otras cosas. Como veremos, a lo largo de la historia humana han sucedido innumerables catástrofes y también ha habido múltiples episodios catastrofistas pero no necesariamente una y otra cosa confluyen, de tal suerte que se da el caso de que ocurren catástrofes (incluyendo algunas muy devastadoras) sin que haya catastrofismo, y a la inversa, ha existido catastrofismo sin que medie necesariamente la ocurrencia de catástrofes. Y es que la confluencia de una y otra cosa históricamente hablando no tiene que ver con la magnitud de los eventos involucrados, sino con el marco general en torno a los cuales éstos ocurren. De tal manera, así como se dice que en sentido estricto no existen catástrofes naturales pues toda catástrofe es social –es decir, es el impacto de la naturaleza sobre alguna sociedad- no existe catastrofismo fuera de un marco interpretativo específico -o ideológico, como se dice hoy- que es de hecho lo que transforma a aquellas en señales o fuentes de éste. Por este motivo, como también se verá, es que se explicaría por qué el catastrofismo está asociado más que a las catástrofes al tránsito por grandes períodos de transformaciones sociales, en los que algunos “mundos” efectivamente desaparecen y llegan a su fin porque se transforman las condiciones materiales y los arreglos histórico-sociales que los hacían posibles. De aquí su título ¿cuántas veces se ha acabado el mundo?, con el que esperamos se capture la idea que se desea expresar.

Visto pues, termina resultando que nuestros dos problemas: la creencia generalizada de que el mundo se va a acabar y la impotencia de evitarlo o cambiarlo, tienen que ver en el fondo con lo mismo, son los síntomas complementarios de una misma enfermedad. En algunos casos y para alguna gente, el fin del mundo y el catastrofismo se expresan como angustia y miedo, como esperanza desesperada de que no ocurra nada y que las cosas sigan estando como están. Mientras que para otros, por el contrario, se revela igual como desesperación pero fascinada, como el deseo de que algo definitivamente ocurra y venga a poner fin con la agonía de las cosas, a redimir al género y al planeta por la vía de la destrucción. Y también hay para quienes el fin del mundo se presenta como castigo: esta civilización está corrompida hasta los tuétanos y debe desaparecer. Sin embargo, el catastrofismo puede ser otras muchas cosas: un gran negocio no sólo mediático (el cine catástrofe, por caso) sino además turístico e inmobiliario, que va desde fiestas, cenas y banquetes para el día del apocalipsis hasta la construcción de bunkers o arcas para sobrevivir al nuevo diluvio. Pero también hay quienes expresan con él su voluntad no de acabar al mundo sino de salvarlo para unos pocos, aquellos que piensan que después de todo en el planeta hay mucha gente sobrante que compromete los recursos cada vez más escasos y que no estaría mal que alguna catástrofe venga a poner remedio a dicho impase. Éstos mismos, por lo general, están conscientes de que los actuales niveles de desigualdad y las tendencias cada vez más excluyentes en los estilos de vida no pueden ser para todos, por lo que medidas extremas se precisan para combatir la inestabilidad social que tal cosa genera.

Por este camino podemos nombrar algunas otras versiones del catastrofismo contemporáneo. No obstante, nos parece más provechoso por ahora insistir en la vinculación del catastrofismo con el cambio social, pues como hemos dicho éste es en efecto un síntoma de transformaciones radicales muchas de las cuales es difícil percibir en su larga duración –no se generan de un día para otro, ni de un año para otro y muchas veces tardan siglos en gestarse-, pero también de la imposibilidad humana de hacer la historia antes que dejarse llevar por ella. En este sentido preciso el catastrofismo es un determinismo, que puede tener raíz en explicaciones sobrenaturales o divinas de las cosas o en las formas contemporáneas de naturalización de los ordenes del mundo derivados del racionalismo ilustrado burgués con su metafísica del individuo egoísta y los mercados como principios de autorregulación de lo social. Romper con ese determinismo, pensamos, es la principal tarea política del mundo de hoy cuando la desesperación de las sociedades históricamente más pobres se complica con la precarización de buena parte del “primer mundo”, las protestas son reprimidas sin mayores contemplaciones, países enteros son despedazados y vendidos al mejor postor como también es vendida (lo que queda de) la naturaleza, las familias sacadas de sus casas, los enfermos de los hospitales, los estudiantes de las escuelas y ciudades enteras masacradas por ejércitos paramilitares que, como los piratas y las “compañías libres” de ayer, funcionan como mercenarios de grandes corporaciones. Todo eso, claro, mientras los medios de comunicación nos muestran el deplorable espectáculo de la riqueza extrema de los famosos, la decadencia del mundo animal del filisteismo que, como decía Marx, sólo se preocupa por consumir pasiva e indolentemente

Ya para concluir, es necesario decir que este texto forma parte de un proyecto de investigación que ha ocupado ya unos cuantos años y que esperamos ir paulatinamente publicando bajo el título general de La utopía en los tiempos del fin del mundo. El mismo se empezó a gestar en Venezuela entre 2006 y 2007 al calor del proceso de cambios políticos y sociales iniciado –al menos- desde 1989 con las protestas contra el neoliberalismo y seguido con el triunfo del chavismo en las elecciones presidenciales de 1998. Pero buena parte del trabajo de lectura y revisión de fuentes se hizo en Santiago de Chile y otra parte en Buenos Aires, entre los años de 2008 y 2011. Son mucho más que un dato anecdótico estas referencias, pues cada una de estas ciudades y países influyó sobremanera en los resultados y en conclusiones. En el caso de Santiago de Chile, por ejemplo, nos tocó ser testigos de un tiempo muy difícil donde entre otras cosas las opciones políticas posibles parecían ser entre la continuidad neoliberal encubierta y la manifiesta, y sin embargo, en poco menos de un año todo lo que parecía no poder cambiar ha dado muestras de una vitalidad y un renacimiento emocionantes.

Independientemente de lo que digan los liberales trasnochados y los distintos dolientes de las nuevas y viejas izquierdas, lo que se precisa hoy es de renacimientos utópicos de este tipo que se planteen el problema del futuro y no las formas de administrar el presente, aquello que el viejo Moro llamaba el malmenorismo. Y esto porque lo realmente increíble hoy no es el mundo que puede ser, sino cómo el que es ha llegado a ser lo que es. Se precisa eso y del talente que impulsó a tantos hombres y mujeres que desde antiguo han luchado por una vida nueva y mejor, a veces y muy a menudo totalmente equivocados o embarcados en empresas imposibles y perdidas antes de iniciarse, pero finalmente convencidos de que ante las realidades deplorables es lo único digno que se puede hacer y lo que la vida en sí misma exige sin garantía. Y es que como decía el filósofo, ciertamente los hombres hacen su propia historia en circunstancias que no siempre pueden elegir. Pero lo que al parecer sí pueden es elegir qué hacer con ellas, empezando por no asumirlas como fatalidad.

II

Desde luego, un trabajo de esta naturaleza no se puede hacer sin la colaboración, el apoyo y la inspiración en distintos niveles de un montón de gente, a toda la cual quisiera agradecer aun corriendo el riesgo de cometer alguna injusticia por omisión. En primer lugar, y como es natural, quiero agradecer a mi familia, mamá, papá, hermano y sobrino incluido, pero especialmente a mis hermosas Luciana y Bárbara, a quienes he robado valiosas horas para destinarlas a este proyecto. Por lo demás, junto con agradecerles se los dedico, en la medida en que toda apuesta por el futuro es en el fondo una apuesta de amor y viceversa, y en el caso de Bárbara porque su preocupación por estos temas me ha hecho pensar y repensar muchas cosas que sin su agudeza tal vez no hubiese visto.

Adicionalmente, agradezco a Cecilia Correa y a su familia por su hospitalidad, las horas de compañía junto a la Juanita y las facilidades brindadas durante mi estancia en Buenos Aires. También mis buenos y viejos amigos: Lenin Brea, Jeudiel Martínez y Anyely Marín, con quienes he tenido la oportunidad de discutir y revisar estos trabajos en varias ocasiones y de quienes tanto me he valido. Del mismo modo, a mis profesores de la ARCIS: Núñez, Aravena, Lara, Harcha, Haefner, Ossandon y Fazio. Y también a los profesores Pedro Páez Pérez y Orlando Caputo por sus valiosas y oportunas sugerencias a algunas de mis ideas preliminares. A mis hermanos de estancia en Santiago: Mario Millones, Pablo Chacón y muy especialmente a Alberto Carvajal. A Mario por su honestidad de criterio y agudeza intelectual. A Pablo por las tardes de oírme en el ICAL pensando en voz alta sobre estos temas así como por sus certeras observaciones. Y a Alberto por ser un ejemplo de constancia y lucha que resiste al paso del tiempo y las ignominias.

Por último, aunque no menos importante, quería agradecer a Erik del Búfalo por su inspiración intelectual, así como a Carmen Bohorquez por su apoyo y a Isis Ochoa Cañizales por su honesta militancia con las causas utópicas. Del mismo modo, a Gabriela Rodríguez por la sutileza de su pensamiento, a Nuria Alabao, Cristóbal Cornieles, Livia Vargas, Nathalia González, Jorge Arturo Reyes, Héctor Sánchez, Luis Díaz, Giordana García y Nadyesdha Zambrano por su colaboración en distintos niveles. A Pablo Giménez por sostener con esfuerzo y dedicación un espacio para la reflexión y la producción teórica allá en la coordinación del PFG de Economía Política de la UBV y también a Daniel Hernández. Y, desde luego, a Dannybal Reyes y Juan Manuel Parada por su amistad, confianza y camaradería puestas a prueba en esta edición.

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2 Respuestas a “El catastrofismo, o cuántas veces se ha acabado el mundo.

  1. Gracias por la reflexion, excelente idea este sitio. Saludos desde UARCIS hermanos venezolanos. Un feliz y bolivariano Fin de Mundo, Navidad y Mundo Nuevo !!!

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