No basta rezar

En este caso, EEUU ha gastado 2.000 millones de dólares y no ha perdido ni una
sola vida. Esta es una buena receta sobre cómo tratar con el mundo para avanzar
con más rapidez que lo hicimos en el pasado”. Joe Biden, Vicepresidente norteamericano.

De muchas maneras, lo que está ocurriendo en Libia, y lo que ocurre por ejemplo en Chile y Grecia, son las variaciones de una misma situación. No solo porque a su modo y con sus particularidades todas son síntomas de un mismo proceso, sino porque además plantean un problema capital común: el del lugar de la violencia política hoy, o más específicamente, el de cuánta violencia están dispuestas a ejercer las clases dominantes y los grupos privilegiados para defender y/o ampliar sus intereses, por una parte, y el de hasta qué punto cualquier intento de rebelión, resistencia o simple supervivencia ante los intereses de estos grupos puede no ser violento, por la otra.

El caso de Gadafi muestra muy bien las complejidades y paradojas de este doble problema: hace rato que había dejado de ser el revolucionario que muchos dicen que era para devenir en un pragmatismo geopolítico que, finalmente, de nada le sirvió. La forma de su muerte no debería  sorprender a nadie: el desenlace era más que anunciado. Y es por esto que lo que debería resaltarse no es tanto como lo mataron, sino más bien la manera como resitió y todavía resisten sus partidarios en una lucha que se sabía estaba perdida de antemano, en especial cuando sus grandes “aliados” y socios chinos y rusos lo condenaron a muerte con su aval en el Consejo de Seguridad.

En Chile el problema es otro pero nos lleva a un mismo punto. La reforma del sistema educativo es algo a lo que muy difícilmente accederá la clase dirigente, la cual al percibir que con tácticas distractivas y otra variada gama de triquiñuelas burocráticas no logra controlar la situación, pero además -y esto es todavía más importante- que con el paso del tiempo dicho movimiento y su dirigencia no se desgastan sino incluso se fortalecen, preferirá devolver el país a los años sombríos del pinochetismo -de donde nunca, por cierto, quiso salir, y de donde ideológica y sentimentalmente hablando en realidad nunca ha salido- no sólo porque la educación privada es un fundamento del modelo neoliberal que construyó y defiende, sino porque al ceder en ese punto se abren las puertas para que conflictos similares terminen de estallar en sectores como salud, prevención social o las estafas del comercio retail. Así las cosas, y a sabiendas que la dirigencia estudiantil conciente de que su sobrevivencia y éxito pasa por transversalizar su lucha y no encajonarla, de que el problema de la educación no es el problema del modelo educativo sino del modelo económico social, cabe preguntarse qué terminará ocurriendo cuando ya no pueda gestionarse institucionalmente tal contradicción: ¿se dirige Chile hacia una insurrección social como vienen alertando sectores de la derecha, o picará adelante el establishment rindiendo honor a los conocidos principios fundadores de su conservador Estado según los cuales la letra por la sangre entra, el orden que no se impone por la razón se impone por la fuerza y lo que garantiza la paz social es el peso de la noche? Hay suficiente registro de las manifestaciones recientes donde se ve a carabineros haciendo de saqueadores e infiltrados lo cual claramente da señales de la estrategia que es propia de todos los órdenes fascistas: crea o inventa caos primero para justificar el estado de sitio después. Es complejo saber en qué derivarán las cosas, pero está claro que por caminos institucionales muy difícilmente los movilizados conseguirán avanzar más allá de donde lo han hecho hasta ahora. Pero tal vez de hecho esta sea su tarea y fortuna: mostrar ese impasse insalvable entre intereses de la mayoría e intereses del establishment y hacer pasar la política a su espacio “natural”: el de  la lucha por lo imposible.

A finales de la década de los ochenta del siglo pasado, el conocido filósofo y pacifista alemán Günther Anders generó un largo debate aún sin resolverse cuando dando la espalda a todo lo que había sido su historia de compromiso y con el ánimo de no seguir ensayando recetas que claramente habían fracasado, decretó el fin del pacifismo y la estupidez de oponerse al poder y su monopolio dela violencia por medios no violentos. El contexto de Anders era ciertamente uno que parece lejano y superado: el de la lucha contra la carrera armamentista y en especial la atómica. Por lo demás, algunos de sus postulados son bastante debatibles. Sin embargo, el problema que plantea es real y de hecho lo es más hoy en día cuando la cara tradicionalmente oculta y terrible del poder (la tortura, el secuestro, el asesinato, el exterminio) deviene en su única cara visible.

Hemos dicho en otras partes que los peligros de concebir lo que pasa en el mundo actualmente en términos de “crisis” (del capitalismo, civilizatoria, etc) no son pocos: es una mirada conservadora que solo conduce al fascismo, planta una tabla rasa donde no se distinguen claramente los beneficiados de los perjudicados y nos hace impotentes políticamente. El capitalismo no está en crisis, por el contrario, está triunfando, tanto que puede desprenderse de su cara progresista y volver a lo que siempre ha sido: un despiadado campo de batalla por la supervivencia. Y de hecho, muchos de los problemas que tiene que resolverse a sí mismo devienen de su obligado maridaje con el Estado de Bienestar ¿Cómo nos preparamos políticamente para resistir esto?  ¿Cuál es el precio que estamos dispuestos a pagar? ¿Es el nacionalismo una salida o más deberíamos abrirnos hacia un amplio internacionalismo de luchas contra el Capital y sus agentes? Lo único que parece estar claro en todo caso es que definitivamente, como dice la cancion, hacen falta muchas cosas para consegior la paz.

Sobre la polémica de Gunter Anders reenvió a un viejo y muy recomendable artículo de Osvaldo Bayer llamado, con justicia, el fin del pacifismo. A continuación, sin embargo, quiero copiar un articulito mucho más breve y reciente del Slavoj Zizek que aunque trata de la película 300 viene muy al caso de conflicto Libio, la captura-asesinato-linchamiento de Gadafi y lo que, según el team Obama-Biden, está por venir.

La verdadera izquierda de Hollywood.

Slavoj Zizek.

La película 300 de Zack Snyder, la saga de los  trescientos soldados espartanos que se sacrificaron en las Termópilas para impedir la  invasión del ejército persa de Jerjes, fue atacada como el peor tipo de militarismo patriótico, en una obvia alusión a las  tensiones recientes con Irán y los sucesos en Irak. ¿Pero en realidad son tan claras las cosas? Más bien, habría que defender la película a toda costa contra esas acusaciones
Hay dos puntos que debemos considerar; el primero tiene que ver con la historia misma. Se trata de la historia de un país pequeño y pobre (Grecia) que ha sido invadido por el ejército de un Estado mucho más grande, y más desarrollado en esa época, que además cuenta con una tecnología militar de avanzada. ¿No son acaso los elefantes persas, los gigantes y las enormes flechas de fuego la antigua versión de las armas de alta tecnología? Cuando el último grupo de sobrevivientes espartanos y su rey Leónidas mueren bajo los cientos de flechas, ¿no son de alguna manera bombardeados a muerte por tecnosoldados que manejan armas sofisticadas a distancia, al igual que los soldados estadounidenses que oprimen botones de cohetes desde lejos, en barcos de guerra bien protegidos en el golfo Pérsico?
Además, las palabras de Jerjes cuando pretende convencer a Leónidas de que acepte la dominación persa no parecen de ningún modo el discurso de un fanático musulmán fundamentalista; trata de someter a Leónidas a través de la seducción, pues le promete la paz y los placeres sensuales si se une al imperio global persa. Lo único que le pide es el gesto formal de arrodillarse ante él, de reconocer la supremacía persa. Si los espartanos hacen esto, se les otorgará autoridad suprema sobre toda Grecia. ¿El presidente Reagan no le exigió lo mismo al gobierno sandinista de Nicaragua? Sólo tenían que decirle “Hola, Tío” a los Estados Unidos…
¿Y no muestran la corte de Jerjes como una especie de paraíso multicultural abierto a diferentes estilos de vida? Todos participan en orgías, diferentes razas, lesbianas, gays, tullidos, inválidos, etcétera. Entonces, ¿los espartanos, con su disciplina y espíritu de sacrificio, no están mucho más cerca de los talibanes que defienden Afganistán contra la ocupación estadounidense (o, de hecho, de la unidad de elite de la Guardia Revolucionaria Iraní, dispuesta a sacrificarse en caso de una invasión estadounidense)?
El arma principal de los griegos contra la avasalladora superioridad militar es la disciplina y el espíritu de sacrificio… Y para citar a Alain Badiou: “ Necesitamos una disciplina popular. Diría incluso… que ‘aquellos que nada tienen sólo tienen su disciplina’. Los pobres, los que no cuentan con medios financieros ni militares, los que carecen de poder, lo único que tienen es su disciplina, la capacidad de actuar en conjunto. Esa disciplina ya es una forma de organización”. En esta época de permisividad hedonista como ideología imperante, ha llegado el momento de que la izquierda se (re)apropie de la disciplina y del espíritu de sacrificio: en estos valores no hay nada intrínsecamente “ fascista”.
Pero esa identidad fundamentalista de los espartanos es aún más ambigua. Una declaración programática hacia el final de la película que define la agenda griega como “ contra el dominio de la mística y de la tiranía, hacia el brillante futuro”, detallada más adelante como el imperio de la libertad y la razón, parece un programa elemental de la Ilustración, ¡incluso con un sesgo comunista!
Recordemos, también, que al comienzo de la película Leónidas rechaza de pleno el mensaje de los “ oráculos” corruptos, según los cuales los dioses prohíben la expedición militar para detener a los persas. Como nos enteramos después, los persas habían sobornado, en efecto, a los “oráculos” que, al parecer, recibían mensajes divinos a través de un trance extático, al igual que el “oráculo” tibetano que, en 1959, le transmitió al Dalai Lama el mensaje de que debía salir del Tíbet, y que –como sabemos hoy– ¡ figuraba en la nómina de la CIA!
¿Y cómo entender el aparente absurdo de la noción de dignidad, libertad y razón, basada en la disciplina militar extrema, que incluía la práctica de eliminar a los niños débiles? Ese “absurdo” no es otra cosa que el precio de la libertad: la libertad no es gratuita, como aparece en la película. Se reconquista a través de una lucha ardua en la que es necesario estar dispuesto a arriesgarlo todo. La despiadada disciplina militar espartana no es simplemente lo contrario de la “ democracia liberal” ateniense; es su condición inherente y constituye sus cimientos: el sujeto libre de la razón sólo puede emerger a través de una cruel autodisciplina. La auténtica libertad no es la libertad de elegir que se ejerce a prudente distancia, como optar por una torta de frutillas o por una torta de chocolate; la verdadera libertad es inseparable de la necesidad. Hacemos una auténtica elección libre en el momento en que la elección pone en juego nuestra propia existencia… y la llevamos a cabo porque, sencillamente, “ no podemos hacer otra cosa”.
Cuando nuestro país se halla bajo ocupación extranjera y nos convoca el líder de la resistencia para que nos unamos a la lucha contra los invasores, la razón que nos da no es “ eres libre de elegir”, sino “¿no te das cuenta de que esto es lo único que puedes hacer si quieres conservar tu dignidad?”. No sorprende, pues, que todos los radicales igualitarios y precursores de la modernidad, desde Rousseau hasta los jacobinos, admiraran a Esparta e imaginaran la República Francesa como una nueva Esparta: hay un núcleo emancipatorio en el espíritu espartano de disciplina militar que se mantiene y perdura, aun cuando le restemos toda la parafernalia histórica del régimen de clases, la explotación brutal de los esclavos sometidos al terror, etcétera.
Mucho más importante es, quizás, el aspecto formal de la película: se filmó en su totalidad en un depósito de Montreal; el paisaje y varios de los personajes y objetos fueron construidos digitalmente. El carácter artificial del fondo parece contagiar a los actores “reales”, que a menudo parecen personajes de historieta (la película está basada en la novela gráfica 300 de Frank Miller).
Además, la naturaleza artificial (digital) del ambiente genera una atmósfera claustrofóbica, como si la historia no sucediera en la realidad “real”, con horizontes infinitos e ilimitados, sino en un “ mundo cerrado”, una especie de mundo en relieve de un espacio cerrado. Desde el punto de vista estético, la película es superior a La guerra de las galaxias y la serie de El señor de los anillos : a pesar de que también en esas series varios objetos y personas fueron creados digitalmente, la impresión que causan es, no obstante, la de actores digitales (y reales) y objetos (elefantes, Yoda, Urks, palacios, etcétera.) ubicados en un mundo “real”; en 300, por el contrario, todos los protagonistas son actores “reales” ubicados en un fondo artificial; la combinación produce el efecto de un mundo “cerrado” mucho más siniestro, una mezcla “cyborg” de personas reales integradas en un mundo artificial. Pero sólo en 300 la combinación de actores “reales”, objetos y fondo digital llega a crear un espacio estético autónomo y nuevo de verdad.

La práctica de combinar artes diferentes, de incluir en un arte la referencia a otro, tiene una larga tradición, en especial con respecto al cine; por ejemplo, en muchos de los cuadros de Hopper, cuyo tema es el de una mujer detrás de una ventana abierta que mira hacia afuera, es clara la mediación de la experiencia del cine (muestra un plano sin su contraplano). Lo que hace notable a 300 es que, en esta película (y no por primera vez, por supuesto, pero de un modo mucho más interesante desde el punto de vista artístico, que, digamos, el Dick Tracy de Warren Beatty), un arte técnicamente más desarrollado (cine digitalizado) remite a uno menos desarrollado (la historieta o cómic). El efecto logrado es el de la “verdadera realidad” que pierde su inocencia y aparece como parte de un universo artificial cerrado, es decir, la figuración perfecta de nuestra problemática socioideológica.
Los críticos que sostienen el fracaso de la “síntesis” de las dos artes en 300 están, pues, equivocados, y precisamente porque tienen razón: por supuesto que falla la “síntesis”, por supuesto que el universo que vemos en la pantalla está atravesado por un profundo antagonismo y una gran inconsistencia, pero ese mismo antagonismo es el signo de la verdad.

*Traducción del inglés: Luz Freire

Publicado en: perfil.com.

http://www.perfil.com/contenidos/2007/05/16/noticia_0003.html

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