Mis marxianos favoritos II: Linajes imperiales.

Lo que sigue es un breve artículo de uno de los autores fundamentales (aunque no necesariamente más populares) de los últimos tiempos, comentando uno de los libros más populares y  fundamentales de los últimos tiempos. 

 Imperio De Negri y Hardt, en todo caso no fue una obra importante por lo que dice, sino por lo que permite decir: fue en su momento -y como el propio Arrighi plantea- una bofetada al mainstrean de la derecha y el pensamiento único, pero también al de la izquierda en cualquiera de sus versiones: la romántica, la dinosáurica, la burócrata, la renovada… En cuanto Giovanni Arrighi, nadie que pretenda  ser un lector riguroso de la situación del mundo puede dejar de lado sus El largo siglo XX, Caos y orden en el moderno sistema-mundo o la casi póstuma Adam Smith en Pekin. Y es que independientemente de que algunas de las cosas por el planteadas merezcan ser rediscutidas (por ejemplo sus predicciones sobre China), lo cierto es que en poco autores como él el marxismo ha cobró tanta vitalidad analítica y política. Sirva pues el siguiente texto para dar una imagen de tres agudos pensamientos puestos a debatir sobre los temas más fundamentales.

Linajes imperiales: sobre Imperio, de Michael Hardt y Antonio Negri

El libro de Michael Hardt y Antonio Negri, Empire (Imperio), es un poderoso antídoto contra la melancolía, la suspicacia y la hostilidad que en general han caracterizado la reacción de la izquierda radical ante el advenimiento de la llamada globalización.

Aunque denuncian sus aspectos destructivos, Hardt y Negri celebran la globalización como el amanecer de una nueva era llena de promesas para la realización de los deseos de los condenados de la tierra. Tal como Marx insistía en la naturaleza progresista del capitalismo comparado con las formas de sociedad desplazadas por él, Hardt y Negri sostienen ahora que el imperio es un gran avance sobre el mundo de las naciones-estado y de los imperialismos contendientes que lo precedieron.

El imperio es la nueva lógica y estructura del mando, que ha surgido con la globalización de los intercambios económicos y culturales. Es el poder soberano que regula en efecto esos intercambios globales y por lo tanto gobierna el mundo. A diferencia de los imperios de los tiempos premodernos y modernos, el singular imperio de la época posmoderna no tiene límites/fronteras territoriales ni centro del poder. Es un aparato de mando descentralizado y desterritorializado que incorpora a todo el reino global.

El establecimiento de esta nueva lógica y estructura del mando ha ido de la mano con “la realización del mercado mundial y una auténtica subsunción de la sociedad mundial bajo el capital”. El mundo de las naciones-estado y los imperialismos contendientes que caracterizó a los tiempos modernos “servía a las necesidades y promovía los intereses del capital en su fase de conquista global”. Al mismo tiempo, sin embargo, “creaba y reforzaba límites rígidos […] que bloqueaban el libre flujo del capital, el trabajo y las mercancías, con lo que necesariamente impedían la plena realización del mercado mundial” (p. 332). Al realizarse el capital en el mercado mundial, “tiende a un espacio liso definido por flujos descodificados, flexibilidad, modulación continua y una igualación tendencial” (p. 327).

La idea del imperio como un “espacio liso” es un tema central del libro. El alisamiento no sólo afecta la división del mundo en naciones-estados y sus imperios, al unir y mezclar los distintos colores nacionales “en el arcoíris imperial global”, sino que, cosa importantísima, afecta a su división en el primer, segundo y tercer mundo, norte y sur, núcleo y periferia. Si bien el segundo mundo ha desaparecido, el tercer mundo “entra en el primero, se establece en el corazón como gueto, villa-miseria, favela”. El primer mundo, a su vez, “es transferido al tercero bajo la forma de bolsas de valores y bancos, corporaciones transnacionales y gélidos rascacielos del dinero y el mando”. Como resultado, “centro y periferia, norte y sur ya no definen un orden internacional, sino que se han acercado uno al otro” (pp. XIII, 253-54 y 334-37).

Como en la mayoría de las interpretaciones de la globalización, Hardt y Negri sitúan sus orígenes en el nuevo poder que la computadora y la revolución informática han puesto en manos del capital. Al hacer posible “vincular en tiempo real a los diferentes grupos de la fuerza de trabajo en todo el mundo”, la revolución permitió al capital “debilitar las resistencias estructurales de la fuerza de trabajo” e “imponer tanto la flexibilidad temporal como la movilidad espacial”. El capital especulativo y financiero fortalecen la tendencial al acudir “allí donde el precio de la mano de obra es menor y donde la fuerza administrativa para garantizar la explotación es mayor”. Como resultado, “los países que aún mantienen las rigideces de la fuerza de trabajo y se oponen a su plena flexibilidad y movilidad son castigados, atormentados y finalmente destruidos” (pp. 337-38).

En contraste, sin embargo, con la mayoría de las interpretaciones de la globalización, Hardt y Negri no conciben las fuerzas de trabajo como simples receptoras -más o menos renuentes- de las tendencias del capital. Por una parte, las luchas proletarias “causaron directamente” la crisis capitalista de fines de los sesenta y principios de los setenta y, con ello, “forzaron al capital a modificar sus propias estructuras y a sufrir un cambio de paradigma” (p. 261).

Si la guerra de Vietnam no hubiera tenido lugar, si no hubiera habido revueltas obreras y estudiantiles en los años sesenta, si no hubiera habido 1968 ni la segunda ola de los movimientos de las mujeres, si no hubiera habido toda la serie de luchas antiimperialistas, el capital se hubiera contentado con mantener su propio ordenamiento del poder […]. Se hubiera contentado por varias buenas razones: porque los límites naturales del desarrollo le servían bien; porque estaba amenazado por el desarrollo del trabajo inmaterial; porque sabía que la movilidad transversal y la hibridación de la fuerza de trabajo mundial abría el potencial de nuevas crisis y conflictos de clase en un nivel nunca antes experimentado. La reestructuración de la producción […] se vio anticipada por el surgimiento de una nueva subjetividad […], fue impulsada desde abajo, por un proletariado cuya composición ya había cambiado (pp. 275-76).

Por otra parte, este nuevo proletariado -o “multitud”, como lo llaman Hardt y Negri- aprovechó prontamente las nuevas oportunidades de liberación y adquisición de poder creadas por la globalización. A este respecto, la práctica clave ha sido la migración.

La resistencia de la multitud a su encadenamiento -su lucha contra la esclavitud de pertenecer a una nación, una identidad y un pueblo, y por tanto su deserción de la soberanía y de los límites que ésta le pone a la subjetividad- es enteramente positiva […]. Los verdaderos héroes de la liberación del actual tercer mundo pueden haber sido en realidad los emigrantes y los flujos de población que han destruido las viejas y las nuevas fronteras (pp. 361-63).

La multitud es, pues, a la vez protagonista y beneficiaria de la destrucción de las fronteras que marca el advenimiento del imperio.
Además, la propia globalización de las redes de producción y control del capital otorga poder a todos y cada uno de los puntos en rebeldía. Las articulaciones horizontales entre las luchas -y, por tanto, la mediación de líderes, sindicatos y partidos- ya no son necesarias. “Con sólo enfocar sus propios poderes, concentrar sus energías en una espiral tensa y compacta […] las luchas golpean directamente las articulaciones más altas del orden imperial” (pp. 56-59).

Como Hardt y Negri reconocen, esta doble adquisición de poder por parte de la multitud bajo el imperio deja abierta la cuestión fundamental de qué tipo de programa político permitiría a la multitud cruzar y romper las barreras a su deseo de liberación que las iniciativas imperiales restablecen continuamente. Todo lo que pueden decir por el momento es que la ciudadanía global (Papiers pour tous!) es un primer elemento de ese programa, seguida por un segundo elemento: un sueldo social y un ingreso garantizado para todos los individuos. “Una vez que la ciudadanía [global] haya alcanzado a todos, podríamos llamar a ese ingreso garantizado un ingreso de ciudadanía, que le es debido a cada persona como miembro de la sociedad [mundial]” (pp. 399-403).
Ésta es probablemente la imagen más optimista de la naturaleza y las consecuencias de la globalización que haya propuesto hasta ahora la izquierda radical. Me parece encomiable que los autores tengan el propósito de deshacerse de cualquier nostalgia por las estructuras de poder propias de una época anterior del desarrollo capitalista. Y también su intento de mostrar que la nueva lógica y estructura del mando en el mundo es tanto una respuesta a las luchas anteriores de los explotados y oprimidos como un terreno más favorable que las estructuras previas para las luchas actuales contra nuevas formas de explotación y opresión. Sin embargo la forma en que Hardt y Negri persiguen estos encomiables propósitos presenta graves problemas.

La mayoría de estos problemas derivan de que Hardt y Negri confían excesivamente en metáforas y teorías, y sistemáticamente eluden los datos empíricos. Aunque sin duda la erudición desplegada a todo lo largo del libro seducirá a muchos lectores, los más escépticos rechazarán las afirmaciones que no tienen fundamento en datos empíricos o, peor aún, que son de una falsedad fácil de probar a partir de datos ampliamente accesibles. Me limitaré a señalar dos ejemplos cruciales, uno relativo a la supuesta “lisura” del espacio del imperio, y el otro sobre la forma en que la actual movilidad del trabajo y del capital iguala las condiciones de producción y reproducción en todo ese espacio.

Es difícil cuestionar que la desaparición del segundo mundo ha vuelto anacrónico hablar de un primer y un tercer mundo. También hay abundantes pruebas de que los signos de modernidad asociados a la riqueza del primer mundo original (los “gélidos rascacielos del dinero y el mando” de que hablan Hardt y Negri) han proliferado en lo que era el tercer mundo, y también puede ser cierto que los signos de la marginación asociados a la pobreza del tercer mundo son más visibles ahora en lo que era el primer mundo que hace veinte o treinta años. Sin embargo, no se sigue de esto que la distancia entre la pobreza del viejo tercer mundo (o sur) y la riqueza del viejo primer mundo (o norte) haya disminuido de manera significativa. En realidad, todos los datos disponibles demuestran una extraordinaria persistencia de la brecha entre los ingresos del norte y el sur, medidos como producto nacional bruto per cápita. Baste mencionar que en 1999 el ingreso per cápita promedio en los países del viejo “tercer mundo” era sólo 4.6% del ingreso per cápita de los países del viejo “primer mundo”, es decir, casi exactamente lo que era en 1960 (4.5%) y en 1980 (4.3%). De hecho, si excluimos a China de nuestro cálculo, el porcentaje muestra un descenso constante de 6.4 en 1960, a 6.0 en 1980 y 5.5 en 1999 (calculado a partir de World Bank 1984 y 2001).

Así pues, es falso que esté en marcha actualmente una cancelación de la brecha entre norte y sur como afirman Hardt y Negri. También es dudosa su apreciación de la dirección y el tamaño de los actuales flujos de capital y trabajo. Para empezar, exageran vastamente la novedad de tales flujos. En especial, cuando menosprecian las migraciones del siglo XIX como “liliputienses” en comparación con las de fines del siglo XX. En proporción, los flujos decimonónicos fueron en realidad mucho mayores, especialmente si incluimos las migraciones dentro de y desde Asia (Held et al., 1999, cap. 6). Además, sólo es parcialmente cierto que el capital especulativo y financiero ha ido hacia “donde el precio de la mano de obra es menor y donde la fuerza administrativa para garantizar la explotación es mayor”. Es decir, es verdad sólo si todos los demás factores, de todo tipo, se mantuvieran iguales, y en especial el ingreso nacional per cápita. Pero casi todos los demás factores (y particularmente el ingreso nacional per cápita) no son en absoluto iguales en las diversas regiones y jurisdicciones del mundo. Como resultado, una parte mucho mayor de los flujos de capital ocurre entre los países ricos (donde el precio de la mano de obra es comparativamente alto y la fuerza administrativa para garantizar la explotación es comparativamente menor), y en realidad es relativamente poco el capital que fluye de los países ricos a los países pobres.

Éstos no son los únicos entre los hechos narrados en Empire que resultan falsos al examinarlos de cerca. Pero sí son de los más centrales para la credibilidad, no sólo de la reconstrucción de las actuales tendencias que hace el libro, sino también de sus conclusiones políticas. Porque el optimismo de Hardt y Negri sobre las oportunidades que abre la globalización para la liberación de la multitud descansa en buena medida sobre el supuesto de que bajo el imperio el capital tiende a un doble igualamiento de las condiciones de existencia de la multitud: igualamiento a través de la movilidad del capital del norte al sur e igualamiento a través de la movilidad de la mano de obra del sur hacia el norte. Si estos mecanismos no operan -como por el momento parecen no operar-, el camino hacia la ciudadanía global y hacia un ingreso garantizado para todos los ciudadanos puede ser mucho más largo, más accidentado y más traicionero de lo que a Hardt y Negri les gustaría que pensáramos.

Me ocuparé de la(s) configuración(es) posible(s) de esta larga marcha, accidentada y traicionera, respondiendo a la crítica que hacen Hardt y Negri a mi propia versión de la evolución del capitalismo histórico al principio y durante los tiempos modernos. Hardt y Negri me incluyen entre los autores que “preparan [prepararon] el terreno para el análisis y la crítica del imperio” (p. 471, n. 5). Al mismo tiempo, señalan mi reconstrucción de los ciclos sistémicos de acumulación en The Long Twentieth Century (El largo siglo XX) (Arrighi, 1994) como un ejemplo de las teorías cíclicas del capitalismo que oscurecen la novedad de las transformaciones contemporáneas (“del imperialismo al imperio y de la nación-estado a la regulación política del mercado global”), y oscurecen también la fuerza impulsora de esas transformaciones (una “lucha de clases [que] al empujar a la nación-estado hacia su abolición y al superar así las barreras que ella planteaba, propone la constitución del imperio como sede del análisis y del conflicto”) (pp. 237-38). Más específicamente, en su opinión
en el contexto del argumento cíclico de Arrighi es imposible reconocer una ruptura del sistema, un cambio de paradigma, un suceso. En cambio, todo debe siempre volver, y la historia del capitalismo se convierte así en el eterno retorno de lo mismo. Al final, ese análisis cíclico oculta el motor del proceso de crisis y reestructuración […]. Parece que la crisis de los años setenta hubiera sido simplemente parte de los ciclos objetivos e inevitables de la acumulación capitalista, y no el resultado del ataque proletario y anticapitalista tanto en los países dominantes como en los países subordinados. La acumulación de esas luchas fue el motor de la crisis, y éstas determinaron los términos y la naturaleza de la reestructuración capitalista […]. Tenemos que reconocer en qué lugar de las redes transnacionales de producción, de los circuitos del mercado mundial y de las estructuras globales del mando capitalista existe un potencial de ruptura y el motor de un futuro que no esté simplemente condenado a repetir los ciclos anteriores del capitalismo (p. 239).

Esta afirmación me parece curiosa por dos razones. Una es que durante treinta años he estado proponiendo una tesis sobre la crisis de los años setenta que en muchos aspectos se parece a lo que, según Hardt y Negri, The Long Twentieth Century oscurece. Y la otra es que, aunque The Long Twentieth Century en efecto construye ciclos, su argumento no es en absoluto cíclico, ni contradice mi tesis anterior sobre la crisis de los años setenta. Simplemente la coloca en una perspectiva histórica más amplia.

Permítaseme ocuparme de estas dos cuestiones.

En un artículo originalmente publicado en italiano en 1972, yo señalaba algunas diferencias cruciales entre la incipiente crisis capitalista de los años setenta y las crisis de 1873-1896 y de los años treinta. La más importante de esas diferencias era el papel de las luchas obreras como precipitantes en el caso de la crisis de los setenta. Yo sostenía, además, que esta y otras diferencias significaban que la crisis entonces incipiente tenía menos probabilidades que las anteriores de dar por resultado una intensificación de las rivalidades interimperialistas y una consecuente disrupción del mercado mundial. Más bien se podía esperar que la nueva crisis fortaleciera la unidad del mercado mundial y la tendencia a la descentralización de la producción industrial hacia regiones capitalistamente “menos desarrolladas” de la economía global (Arrighi, [1972] 1978).

En The Geometry of Imperialism (La geometría del imperialismo), publicado seis años más tarde, yo llevaba este análisis un paso más allá. No sólo subrayaba de nuevo que el tipo de integración económica mundial mediante la inversión directa que se había desarrollado bajo la hegemonía estadounidense era menos susceptible de quebrarse en un estado generalizado de guerra entre potencias capitalistas que el tipo de integración económica mundial mediante flujos mercantiles y financieros típico de la hegemonía británica del siglo XIX. Además, señalaba que las luchas de los trabajadores consolidaban esas nuevas formas de integración económica mundial, y sugería que con el tiempo se podía esperar que esa consolidación debilitara a las naciones-estado como forma primaria de organización política del capitalismo mundial (Arrighi, [1978] 1983, pp. 146-48). Se seguía de este argumento que precisamente las teorías del “imperialismo” que mejor habían servido para predecir tendencias en la primera mitad del siglo XX (en especial Hobson, [1902] 1938; Hilferding, [1910] 1981, y Lenin, [1916] 1952) se habían vuelto irredimiblemente obsoletas. Y se habían vuelto obsoletas por la sencilla razón de que el capitalismo mundial instituido bajo la hegemonía estadounidense ya no generaba la tendencia a la guerra entre potencias capitalistas que constituía su explanandum específico. En la medida en que el sistema de naciones-estado en efecto estaba dejando de ser la forma primaria de organización política del capitalismo mundial, la obsolescencia de esas teorías se volvería permanente (Arrighi, [1978] 1983, pp. 149-73).
Doce años más tarde (Arrighi, 1990), refundí estos argumentos en una versión del “largo” siglo XX que se enfocaba en el ascenso del movimiento obrero mundial a fines del siglo XIX, la bifurcación del movimiento en la trayectoria socialdemócrata y la trayectoria marxista a principios del siglo XX, la forma en que las luchas obreras en ambas trayectorias habían provocado una reorganización “reformista” fundamental del capitalismo mundial bajo la hegemonía estadounidense al final de la segunda guerra mundial, y la crisis que ambos tipos de movimientos enfrentaron en los años ochenta como consecuencia no deseada de sus anteriores éxitos. Como ocurre en el parecido relato que hacen Hardt y Negri, yo diagnosticaba esta crisis -incluyendo y en especial la crisis del marxismo tal como fue instituido en la primera mitad del siglo XX- como un desarrollo positivo, más que negativo, para el futuro del proletariado mundial. Mientras el marxismo se había desarrollado históricamente en una dirección antitética a la prevista y defendida por Marx, decía yo, las transformaciones del capitalismo mundial -y sobre todo el grado sin precedentes de integración del mercado mundial- volvían más y no menos relevantes las predicciones y prescripciones de Marx para el presente y el futuro del movimiento obrero mundial.

A partir de premisas diferentes y mediante una línea de argumentación distinta, yo llegaba así a conclusiones muy similares a una de las tesis centrales de Imperio. A diferencia de Hardt y Negri, sin embargo, yo matizaba esas conclusiones advirtiendo que no convenía confiar excesivamente en el plan marxiano de las cosas.

Porque en un aspecto importante el plan marxiano mismo sigue teniendo graves deficiencias -a saber, en la forma en que se ocupa del papel que desempeñan la edad, el sexo, la raza, la nacionalidad, la religión y otras especificidades naturales e históricas en la formación de la identidad social del proletariado mundial […] sin duda, la carrera de reducción de costos [de los setenta y ochenta] ha proporcionado claras pruebas en apoyo de la observación [de Marx] de que para el capital todos los miembros del proletariado son instrumentos de trabajo, más o menos costosos según su edad, sexo, color, nacionalidad, religión, etcétera. Sin embargo, también ha mostrado que de esa predisposición del capital no se puede inferir, como hace Marx, una predisposición de la mano de obra a renunciar a sus diferencias naturales e históricas como medios para afirmar, individual y colectivamente, una identidad social distintiva. Siempre que se han enfrentado a dicha predisposición del capital a tratar a la mano de obra como una masa indiferenciada, sin más individualidad que una capacidad diversa para aumentar el valor del capital, los proletarios se han rebelado. Casi invariablemente, han echado mano de o creado desde cero cualquier combinación de rasgos distintivos (edad, sexo, color y variadas especificidades geohistóricas) para imponerle al capital algún tipo de tratamiento especial. Como consecuencia, el patriarcado, el racismo y el chovinismo han sido parte integrante de la formación del movimiento obrero mundial en sus dos trayectorias, y sobreviven de una forma u otra en la mayoría de las ideologías y organizaciones proletarias (Arrighi, 1990, p. 63; subrayado original).

Ya antes de terminar The Long Twentieth Century, yo estaba mucho menos optimista que Hardt y Negri ante la posibilidad de que, bajo la nueva integración del mercado mundial, la “salida” proletaria (migraciones sur-norte) y la “voz” proletaria (luchas contra la explotación, la exclusión y la opresión) promovieran una mayor solidaridad, igualdad y democracia por sobre las divisiones nacionales, civilizatorias, raciales y de género. En mi opinión los años noventa proporcionaron abundantes pruebas tanto contra la concepción idealizada e idealista de la multitud que proponen Hardt y Negri en Empire, como a favor de mi anterior advertencia de que la intensificación de la competencia en el mercado mundial -incluida y sobre todo su intensificación a través de la migración de la mano de obra- podía muy bien fortalecer la disposición patriarcal, racista y chovinista del proletariado mundial. Ésa es la primera razón importante por la que en mi opinión podemos esperar que el camino a la ciudadanía global y a un ingreso garantizado para todos los ciudadanos será mucho más largo, accidentado y traicionero de lo que creen Hardt y Negri.

Otras razones igualmente importantes tienen que ver con la visión idealizada e idealista que tienen Hardt y Negri no sólo de la multitud, sino también del capital y del imperio. En este sentido se vuelve relevante la forma errónea en que interpretan la reconstrucción que yo hacía de los ciclos sistémicos de acumulación. Porque esa reconstrucción no impide reconocer las rupturas sistémicas y los cambios de paradigma, ni describe la historia del capitalismo como el eterno retorno de lo mismo, ni oculta el motor del proceso de crisis y reestructuración, como afirman Hardt y Negri. En realidad, hace exactamente lo contrario al mostrar que, en la historia mundial, las rupturas sistémicas y los cambios de paradigma se producen precisamente cuando lo “mismo” (bajo la forma de recurrentes expansiones de todo el sistema) parece retornar (y en un sentido en efecto retorna). Además, al comparar los periodos sucesivos de retorno/ruptura, esa reconstrucción muestra cómo ha cambiado el motor de la crisis y reestructuración (así como el agente de la expansión capitalista) a lo largo del tiempo, de modo que la actual crisis es novedosa en varios aspectos claves.

Más específicamente, la reconstrucción de los ciclos sistémicos de acumulación sirve a un doble propósito. Primero, para identificar los rasgos distintivos del capitalismo mundial como un sistema social histórico (por oposición a ideo-típico). Y segundo, para identificar qué es verdaderamente nuevo en la actual situación del capitalismo mundial a la luz de toda su historia, por oposición a lo que puede parecer nuevo a la luz de alguna visión temporal o espacialmente parcial de esa historia. Me parece que esas dos precisiones son esenciales si queremos reconocer con bases históricas -para parafrasear el pasaje de Hardt y Negri antes citado- dónde está, en las estructuras globales del mando capitalista, el potencial para la ruptura y el motor de un futuro que no esté simplemente condenado a repetir los anteriores ciclos del capitalismo. Ese reconocimiento históricamente fundado no contradice tanto (aunque en parte sí lo hace) como añade nuevas dimensiones importantes a mi anterior apreciación de las nuevas condiciones del mando mundial y a la que hacen Hardt y Negri. Permítaseme mencionar brevemente las más importantes entre esas nuevas dimensiones.

Primero, aunque confirma que es plausible sostener que hoy día está en proceso de formación un estado mundial (que no tengo objeción en denominar “imperio”), mi reconstrucción de los ciclos sistémicos de acumulación le añade tanto una escala temporal como un elemento de incertidumbre a la actual transición de una fase de la historia mundial basada en estados nacionales a una fase posible, pero en modo alguno segura, de mundo-estado. Como muestran The Long Twentieth Century y los trabajos subsecuentes sobre las transiciones hegemónicas, el capitalismo mundial se hallaba originalmente imbricado en un sistema de ciudades-estado, y la transición de la fase ciudad-estado a la fase nación-estado del capitalismo se prolongó varios siglos. Durante por lo menos dos siglos de esa transición, las ciudades-estado (notablemente Venecia) o las diásporas mercantiles originadas en las ciudades-estado (notablemente la genovesa) siguieron siendo las protagonistas de la dinámica capitalista, mientras que el agente principal de la transición misma era un estado (las Provincias Unidas) que combinaba rasgos de las declinantes ciudades-estado y de las naciones-estado en ascenso (Arrighi, 1994, pp. 11, 36-47 y 82-158; Arrighi y Silver et al., 2001, pp. 37-58). Aunque también notamos cierta aceleración en el ritmo de las transformaciones del sistema mundo, la experiencia parece sugerir que la actual transición del mando mundial de la fase nación-estado a la fase mundo-estado tomará por lo menos un siglo. También sugiere que por lo menos algunos estados nacionales o formas híbridas de nación-estado y mundo-estado pueden ser los protagonistas de la transición.

Segundo, gran parte de la incertidumbre que rodea las transformaciones actuales deriva del hecho de que los periodos de expansión financiera y transición hegemónica del pasado han sido momentos de inestabilidad creciente y de involuntaria autodestrucción capitalista. Aunque no es probable que se presente uno de los factores que en el pasado tuvieron importancia en esa inestabilidad y autodestrucción (las guerras interimperialistas), el intento de la potencia hegemónica hoy día en decadencia (Estados Unidos) por imponer al mundo su dominio explotador puede muy bien llegar a ser una fuente de inestabilidad y autodestrucción tan grave como lo fueron esfuerzos similares por parte de sus predecesores (Arrighi y Silver, 2001, pp. 976-79 y 982-83). Así, parafraseando a Joseph Schumpeter (1954, p. 163), The Long Twentieth Century concluía que
antes de que la humanidad se asfixie (o se deleite) en el calabozo (o en el paraíso) de un imperio mundial poscapitalista o de una sociedad mundial de mercado poscapitalista, puede muy bien arder en los horrores (o la gloria) de la violenta escalada que ha acompañado la liquidación del orden mundial de la guerra fría (Arrighi, 1994, p. 356).

Tercero, una comparación entre la transición actual y las del pasado confirma en efecto la influencia históricamente novedosa que han tenido las luchas proletarias y anticapitalistas, tanto en los países dominantes como en los países subordinados, en el desencadenamiento de la crisis de los años setenta. De hecho, es muy real que la actual expansión financiera (a diferencia de similares expansiones del pasado) ha servido ante todo -parafraseando a Immanuel Wallerstein (1995, p. 25)- como instrumento para contener las demandas combinadas de los pueblos del mundo no occidental (demanda de relativamente poco por persona, pero para mucha gente) y de las clases trabajadoras occidentales (para relativamente poca gente, pero de mucho por persona). Al mismo tiempo, sin embargo, la expansión financiera y la reestructuración de la economía política global asociada a esa expansión han logrado desorganizar en medida considerable a las fuerzas sociales que fueron portadoras de esas demandas en los movimientos de finales de los sesenta y la década de los setenta. Fundamental en ese éxito ha sido la reproducción de la brecha de ingresos norte-sur que, como señalo antes, es tan grande hoy día como hace veinte o cuarenta años. Es difícil creer que esa brecha enorme y persistente no continuará desempeñando un papel decisivo, no sólo en las identidades y disposiciones del proletariado del norte y del sur, sino también en los procesos de formación del mundo-estado. Como mostró de manera ejemplar la implosión de la reunión de la Organización Mundial de Comercio en Seattle, la incipiente lucha por la orientación social del mundo-estado es tanto una lucha entre norte y sur como una lucha entre capital y trabajo. En realidad, dado que los poseedores del capital siguen estando concentrados de manera aplastante en el norte mientras que la vasta y creciente mayoría del proletariado mundial se concentra en el sur, las dos luchas son en buena medida dos lados de la misma moneda (Silver y Arrighi, 2001; Silver en preparación).

Finalmente, aunque la brecha general norte-sur ha permanecido notablemente estable, durante los últimos cuarenta años ha habido una importante reubicación de las actividades manufactureras y de la proporción del mercado mundial de América del Norte y Europa occidental hacia el oriente de Asia. Así, entre 1960 y 1999, la parte del valor agregado que correspondía al oriente de Asia (una buena medida de la parte del mercado mundial controlada por los residentes de la región) aumentó de 13% a 25.9%, mientras que la parte que correspondía a América del Norte disminuyó de 35.2% a 29.8% y la parte de Europa occidental bajó de 40.5% a 32.3%. Todavía más significativo fue el cambio que se observó en el valor agregado de la manufactura, donde la parte del oriente de Asia aumentó en el mismo periodo de 16.4% a 35.2%, contra un descenso de la parte correspondiente a América del Norte de 42.2% a 29.9% y de la parte de Europa occidental de 32.4% a 23.4% (todos los porcentajes, calculados a partir de World Bank, 1984 y 2001). Es poco plausible que unos cambios de este orden no afecten la constitución del imperio, particularmente si consideramos que el oriente de Asia tiene una historia de formación del estado y del mercado mucho más larga que Europa y América del Norte (Arrighi y Silver, 2001, cap. 4). Y sin embargo, Hardt y Negri se centran exclusivamente en los linajes euroamericanos del imperio y ni siquiera contemplan la posibilidad de su hibridación con linajes asiáticos.

En resumen, el imperio puede en efecto estar en construcción, pero si es así, puede pasar un siglo o más antes de que la humanidad sepa si su constitución ha triunfado o fracasado y, en caso de que haya triunfado, cuáles serán sus contenidos sociales y culturales. Entre tanto, todo lo que podemos desear es que las clases dominantes de aquellos centros de la economía global que están en decadencia y en ascenso desplieguen en sus acciones una inteligencia mayor que hasta ahora; que las luchas proletarias acaben con sus tentaciones patriarcales, racistas y chovinistas, y que los activistas e intelectuales de buena voluntad logren comprender mejor de dónde viene el imperio y adónde puede o no puede ir.
Traducción de Paloma Villegas

Notas:
[1] Michael Hardt y Antonio Negri, Empire, Harvard University Press, Cambridge, Massachusetts, y Londres, 2000. Esta reseña aparecerá en Historical Materialism.

Bibliografía
Arrighi, Giovanni, “Towards a Theory of Capitalist Crisis”, New Left Review, n. 111, [1972] 1978, pp. 3-24.
—, The Geometry of Imperialism. The Limits of Hobson s Paradigm, 2ª ed., Verso, Londres, [1978] 1983.
—, “Marxist Century, American Century. The Making and Remaking of the World Labour Movement”, New Left Review, n. 179, 1990, pp. 29-63.
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—, Beverly J. Silver et al., Chaos and Governance in the Modern World System, University of Minnesota Press, Minneapolis, 2001.
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Schumpeter, Joseph, Capitalism, Socialism and Democracy, George Allen and Unwin, Londres, 1954.
Silver, Beverly, Forces of Labor. Workers Movements and Globalization since 1870, Cambridge University Press, Nueva York y Cambridge (en preparación).
— y Giovanni Arrighi, “Workers North and South”, The Socialist Register, 2001, pp. 51-74.
Wallerstein, Immanuel, “Response: Declining States, Declining Rights?”, International Labor and Working-Class History, n. XLVII, 1995, pp. 24-27.
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