Pasa en AXN, pero no en la vida.

“Hay una anécdota, seguramente apócrifa, sobre un intercambio de telegramas entre los cuarteles generales de Alemania y Austria durante la Primera Guerra Mundial: los alemanes enviaron el mensaje: “Aquí, en nuestra parte del frente, la situación es seria pero no catastrófica”. Los austríacos respondieron: “Aquí, la situación es catastrófica, pero no es seria”. ¿No es esta, cada vez más, la forma en que mucho de nosotros nos  relacionamos con nuestros aprietos globales”.

Zizek. “la situación es catastrófica, pero no seria

Hace ya más o menos tres años, en AXN pasaron una miniserie llamada flashfoward, adaptación para la televisión de la novela homónima de ciencia ficción escrita por un canadiense llamado Robert Sawyer. En mi criterio particular, creo que es la mejor del género que se ha estrenado en muchos años, incluso por encima de Lost, que si la memoria no me falla terminó al tiempo que ésta se estrenaba. Habiendo tanta serie mala en tv es una lástima que esta haya durado apenas unos pocos capítulos, pero tomando en cuenta todo lo que se “perdieron” los guionistas de Lost de tanto alargarla, tal vez fue mejor así.

Recuerdo que una de las cosas que más me gustaban de flashfoward era el ritmo frenético de los capítulos. Aunque no llegaba al absurdo de 24, lo cierto es que la trama y el formato así lo exigían y era parte de su encanto. Era como si nunca dejaran de suceder cosas, pero como desde el primer capítulo uno ya sabía el final, todo el vértigo generaba una atmósfera en la que a la intriga y la sorpresa (que ya no las habían) eran reemplazadas por una sensación extraña, que no era exactamente desespero, ni angustia ni resignación, sino más bien como un aturdimiento y malestar generales ante la constatación de cómo la fatalidad invariable y contrariamente al canon hollywoodense seguía su curso previsto.

La trama de flashfoward, aunque original, era simple. Un día cualquiera ocurre un fenómeno extraño: toda la población mundial pierde el conocimiento durante 2 minutos y 17 segundos, en los cuales cada persona tendrá una visión de su propia vida dentro de 6 meses, a los efectos, el 29 de abril de 2010.  Naturalmente, al momento del desmayo ocurren muchos accidentes y muertes, por lo que comienza una investigación del FBI. En medio de la misma se descubren dos cosas: por una parte, que los desmayos habían sido causados por unos especuladores financieros que manipularon el experimento de unos físicos con un acelerador de partículas, de manera de adelantarse el futuro e incluso modificarlo para invertir anticipadamente. Y por la otra, que el día que todos reconocieron en la visión, el 29 de abril de 2010, ocurrirá un evento similar. Así las cosas, desde el primer capítulo “el fin de los días buenos” hasta el último “el choque del futuro”, la trama girará no solo en dar con los responsables de lo sucedido, sino en evitar que la nueva catástrofe que todos habían visto venir ocurriera efectivamente.

Pero es justamente aquí, en este punto, donde todo se complica. Y es que más que el poder de los especuladores (que de hecho en un momento son arrestados) y el experimento en sí (cuyos responsables pasaron a cooperar con la investigación), lo que realmente conspira para que la catástrofe por todos temida irremediablemente sucediera fue que en el fondo nadie hizo o dejó de hacer lo que en verdad tenía que hacer o dejar de hacer para evitarla, precipitándose por el contrario y contra toda evidencia hacia el conjunto de eventos que de antemano se sabía en qué iban a resultar. Algunos porque no se atrevieron, otros porque no quisieron, otros porque no pudieron, otros por resignación y otros simplemente por inercia. Algunos por buenas razones, otros por no tan buenas, algunos por causas infames y otras más o menos nobles. Pero en el fondo, además del miedo, la razón que terminó privando en todo y cada uno de los casos fue el apego de cada quien a su pequeño interés, la apuesta -inconciente incluso- de que tal vez el suyo podía salvarse, o que de hecho merecía salvarse sobre todo el resto de cosas, ignorando que era justamente este razonamiento al ser aplicado colectivamente todo lo que necesitaba la catástrofe para efectuarse.  Incluso Mark, el detective que hacía las veces de protagonista trágico, sucumbió a la inercia de las cosas: él, que tenía una pizarra con todas las pistas y tuvo el talento para descifrarlas, no pudo evitar verse involucrado en la parte del juego que le tocaba jugar.

Al final del último capítulo, sin embargo, uno termina no juzgando a los personajes. Después de todo resultaba sumamente difícil hacer otra cosa. Cualquier escenario distinto implicaba tomar medidas radicales que nadie sabía a dónde podía llevar. Pero también ocurría que había personas que en el flash de su futuro habían visto mejorar su vida, por lo cual no tenían razones de peso para que las cosas no se desarrollaran tal y como estaban previstas. Como en el conocido cuento de Borges (de hecho, uno de los capítulos más importantes, donde se explica la trama se llama precisamente “el jardín de los senderos que se bifurcan”), la multiplicidad de destinos convergiendo generaba múltiples resultados paralelos. Por lo demás, no había garantías de que si alguno optaba por tomar las decisiones debidas los otros también lo harían o sirviera de algo, por lo que era posible que alguno terminara sacrificándose en vano mientras los otros buscaban su provecho. Así pues, como en el conocido dilema de teoría de juegos, finalmente será esta sospecha generalizada la que los condenara a todos.

Pero por suerte, y como dijimos al inicio, se trata de una serie de ciencia ficción. Como sabemos, es casi imposible (por no decir del todo imposible) encontrar en la vida real situaciones de este tipo, y la historia nos demuestra que ante situaciones difíciles o catástrofes anunciadas lo que priva es la solidaridad y no el interés individual. Es difícil concebir, por ejemplo, que en medio de una hambruna haya gente pensando en cómo rendir sus acciones con los alimentos, acaparar tierras, aumentar su influencia o sus exportaciones, así como en medio de la “crisis” del dólar en cuál moneda o metal es mejor invertir. En este último tema, por cierto, se ve claramente: como independientemente de lo que pase con la discusión en el Congreso (suban o no el techo de la deuda) es éste un ajuste que deberá producirse en cualquier momento, es reconfortante saber que los involucrados no están pensando como los protagonistas de  flashfoward, o peor aún, viendo cómo descargan sobre otros los costos del mismo. De la misma manera, es bueno ver funcionar la solidaridad internacional, y no un todo contra todos donde unos estén pensando en cómo conservarse como potencias o emerger como tales en medio del desastre general.

Contrario a lo que pensaba Wilde, por suerte, la vida no siempre imita al arte.

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