Túnez y el reino de este mundo.

Es posible que durante los últimos dos meses y prácticamente las dos últimas semanas se haya definido el panorama geopolítico de lo que está por venir a nivel global. Por una parte, tenemos un conjunto de rebeliones sociales que se iniciaron en Bolivia y Chile y que ahora se trasladaron al noreste africano, poniendo en jaque incluso al hasta no hace mucho superpoderoso régimen de Mubarak y con los resultados por todos conocidos en Túnez. En los dos primeros casos, el detonante como sabemos fue el aumento de los combustible. En los de África y ahora también en Jordania el desempleo y el aumento de los alimentos. Esta serie de rebeliones, sin embargo, no deben desligarse de las protestas ocurridas en Europa hace pocos meses, especialmente en Grecia pero también en Italia e Inglaterra, relacionadas todas con los ajustes de los gobiernos respectivos a favor de las rentabilidades del capital global y en detrimento de la mayoría de la población.

Los otros dos acontecimientos son menos espectaculares pero no por eso menos determinantes. El primero, la cumbre USA-China llevada a cabo la semana pasada en Washington. El segundo, el relanzamiento del “sueño americano”, lo cual, poco más o menos, fue lo que anunció Obama en su discurso del pasado martes.

¿Pero qué tipo de proximidad guardan entre sí estos eventos además de la temporal? Lo que tienen en común es que todos se nos presentan como los síntomas más claros de la doble tendencia hacia la que peligrosamente deriva el capitalismo planetario actual, luego del desinfle de las subprime y la vorágine de los últimos tres años.

La primera de esta tendencias es lo que en otra parte denominábamos periferización del mundo. Palabras más o menos, por tal entendemos la dinámica según la cual el capitalismo planetario, impulsado por sus propios procesos y contradicciones, se ve llevado a ampliar su periferia y reforzarla, y en ese tránsito, a adoptar definitivamente como constitutivos y generales lo métodos y prácticas que antes aparecían como excesivas, colaterales, suplementarias o simplemente como propias de las lejanas regiones tradicionalmente  periféricas. O dicho de otro modo, ante las limitaciones para seguir expandiéndose territorialmente; más las propias del gigantismo financiero y la imposibilidad –por los momentos, y por razones más políticas que económicas- de efectuar o dejar que ocurra un proceso de “destrucción creativa” similar al que hizo posible la edad de oro de la postguerra y la post-depresión, el capitalismo planetario radicaliza sus relaciones de explotación y concentración que se traducen en una transformación progresiva del planeta en una periferia, de la extensión de ésta desde sus espacios históricos a nuevas zonas y su radicalización en las ya existentes, motivo por el cual uno puede ver que ocurra ahora por ejemplo en España e Inglaterra lo que hace poco ocurría por ejemplo en Argentina; pero además, que sobre nuestros países tradicionalmente periféricos se ciernan amenazas mayores a lo vivido durante los ochenta y noventas.

La segunda tendencia, estrechamente relacionada con la anterior, es la cada vez más marcada desterritorialización del Capital. Lo que esto quiere decir es que el capitalismo plantario o globalizado se presenta cada vez más como eso, como un hecho global y abstracto, que se traduce en un control cada vez menor de los países y gobiernos –incluso las potencias- sobre el mismo. En el caso de las relaciones chino-norteamericanas, por ejemplo, suele hablarse de un conflicto hegemónico que estaría por decidirse en cualquier momento, y casi todo el mundo –tanto de izquierda como de derecha- tiende a dar por ganador al gigante asiático dado el dinamismo de su economía y a los problemas que atraviesa la gringa. Sin embargo, lo cierto es que en la práctica ninguno de los dos tiene control sobre el devenir de la economía mundial, y que no sólo están unidos por una relación simbiótica de la que no pueden prescindir, sino que incluso se ven amenazados por ella.

Pero que no tengan control no quiere decir que no procuren tenerlo. La intervención de Obama el martes debe interpretarse en este último sentido. Y es que el relanzamiento del sueño americano parte no solamente de los estragos domésticos causados por la quiebra de las hipotecas (desempleo, recesión, etc.), sino del evidente desplazamiento de los centros dinámicos de capital al sur de Asia. Así las cosas, no es casual que el anuncio haya seguido a la visita de Hu Jintao, sino además que se haya hecho mención al “nuevo momento sputnik” para describir la situación crítica  de la política exterior estadounidense. En la medida que Estados Unidos responsabiliza a China de la caída masiva del empleo tanto por la descolocación de la mano de obra como por los bajos costos de sus mercancías, evidentemente cualquier política en ese sentido debe tomarse en inicio como contraria a los intereses chinos. Pero lo cierto es que en la vida real esas mismas mercancías chinas le han permitido a los estadounidense como al resto del mundo acceder durante los últimos años a un ritmo de consumo superlativo, ahorrándose en ese trance un estimado de 600 mil millones de dólares. Pero además, y en virtud de la gran cantidad de capitales norteamericanos invertidos en China, privados estadounidenses lograron algunos de sus mejores beneficios incluso –o sobretodo- cuando la crisis financiera internacional fue más severa, lo cual evidencia que contrario al viejo dicho, hoy día lo que es bueno para los capitales privados norteamericanos no necesariamente lo es para Norteamérica y viceversa.

Pero lo que debería ocuparnos a los latinoamericanos y a los periféricos de siempre no es tanto que los gringos quieran reeditar su Era Dorada o que hayan convertido (o confirmado más bien) a China como la nueva Unión Soviética, sino que a propósito de eso se relance la Alianza para el Progreso como estrategia de recuperación los espacios de perdidos en la región y de establecimiento de nuevas relaciones. Esto por su puesto implica desde un recrudecimiento de las relaciones para con los gobiernos díscolos, hasta la efectuación en nuestros tristes trópicos de una guerra “¿fría?” entre China y Estados Unidos por el control de lo que ambos ansían y en última instancia les interesa realmente de la región: el acceso a los recursos naturales y los minerales.

Es probable no obstante que lo que haga más sombrío este cuadro sombrío sea la ausencia de un movimiento planetario de lucha contra lo que se viene. Agotados los movimientos antiglobalizadores, empantanados entre una cumbre inútil  y otra peor los ecologistas, demasiado encerrados sobre sus propios problemas y contradicciones los gobiernos progresistas, coaptados o reducidos a lo reivindicativo los movimientos sociales, no existe en la actualidad instancias de articulación que haga transversal las luchas por venir e internacionalice los conflictos que ya de por sí son internacionales. La rebelión de Túnez por ejemplo es un problema de los latinoamericanos no tan sólo por un tema de solidaridad elemental, así tampoco para poder decir con un alivio que, después de todo, nosotros estamos mejor. Más allá de los condimentos locales, el problema de los alimentos allá es el mismo que acá. Pero más aún, si nosotros podemos decir que estamos circunstancialmente “mejor” o tenemos “buenas perspectivas”, es porque la inflación y la especulación con nuestros commodities así lo permite, lo cual es un juego muy peligroso tal y como quedó demostrado hace dos años cuando esas mismas burbujas reventaron junto a sus ilusiones.

Pero después de todo, hasta la semana pasada los tunecinos -ni qué decir los egipcios- tenían perspectiva de cambio. Así pues, en tiempos donde la solidaridad ya no parece ser suficiente, donde el sentido heroico y el impulso utópico parecen pertenecer ser valores exclusivos de DreamWork, donde la esperanza de hacer habitable lo inhabitable ocupa todas las agendas, donde lo revolucionario se reduce a ofrecer soluciones por defecto a los males del neoliberalismo o a tener un “pensamiento crítico” ¿será que lo que hace falta es desarrollar el mismo sentido apocalíptico, la misma pérdida de horizontes, la misma frustración de Bouazizi para poder actuar? Después de todo, ¿no somos ya de hecho un poco Bouazizis? Bouazizis en lo ecológico, en lo económico, en lo bélico… impotentes ante el desastre ambiental, angustiados ante la inminencia de una nueva crisis (financiera, sanitaria, alimentaria, energética, etc…), indignados por las “revelaciones” de wikileaks, expectantes de las guerras por venir, ansiedades estas solo interrumpidas por el lanzamiento del último Blackberry, las urgencias del aire acondicionado o las dudas que siembra sobre nuestra personalidad la aparición de un nuevo signo zodiacal. Prenderse fuego uno mismo no es ciertamente un método de lucha y mucho menos esperar que otros lo hagan, pero así como los tunecinos comprendieron que lo que hacía fuerte a la dictadura no eran sus crueldades ni el servicio secreto sino su sumisión, tal vez lo que necesitamos es caer en cuenta que, de seguir las cosas como siguen en el reino de este mundo, el problema con el futuro es que definitivamente lo habremos perdimos.

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