El plan Brady climático

La firma del “Plan Brady”, plan mundial de renegociación de la deuda externa denominado así en honor a su arquitecto, Nicholas Brady, Secretario del Tesoro Norteamericano durante el gobierno de Bush padre, significó para nuestro país en particular y para Latinoamérica en general una de las mayores estafas de su historia. No sólo porque terminó legitimándose una deuda en buena medida contraída ilícitamente e incluso ficticia, sino porque implicó la profundización de los ajustes neoliberales.

En su momento, el Plan Brady se presentó como una conquista de los países deudores y como una concesión de los acreedores. En términos simples, significaba negociar para reducir los montos de la deuda otorgando además plazos más largos para su cancelación. Sin embargo, el detalle se encontraba en que los países deudores renunciaron a la auditoría de la misma por lo cual reconocieron los montos reclamados por los acreedores, pero además, los “cómodos” largos plazos ofrecidos implicaban el cobro de intereses variables cada seis meses en montos que dependían de lo que dictaran los mercados internacionales. En resume: se terminó reconociendo una deuda ilegítima cuyo monto era desconocido -y en todo caso inauditable- para ser cancelada en un futuro no determinado a intereses variables cada seis meses y controlados por los acreedores sin que el país deudor pueda influir de ninguna manera al respecto. Este es uno de los motivos principales por los cuales hoy todavía seguimos cancelando deuda pese a haber pagado varias veces su monto inicial, todo lo cual no sólo se ha convertido en un desangramiento para nuestra economía sino en una forma cómoda y constante de ingresos para la gran banca internacional. El monto pactado por Venezuela fue de 19.758 millones de dólares de un saldo total de 27 mil 152,3 millones de dólares. Como dijimos, la estrategia consistía en presentar el acuerdo como un ahorro de casi 10 mil millones de dólares con respecto al monto inicial, pero en realidad lo que se hizo fue legalizar una deuda ilegal. Explicado con un ejemplo comparativo sencillo: fue más o menos como lo que pasa cuando uno compra un pantalón en una tienda con un 10% de descuento sobre un precio inicial que nunca ha existido en realidad. Uno sale jurando que aprovechó una ganga, pero lo único que hizo fue pagar el preció fijado por el vendedor disfrazándolo como “oferta”. La diferencia en este caso por su puesto además de las dimensiones pasan porque el “engaño” es imposible que haya ocurrido sin la anuencia de nuestros “negociadores”. Adicional a todo esto, a propuesta de Brady se diluyeron los títulos de la deuda en miles de bonos al portador a fin de dificultar la relación directa entre deudores y acreedores, violando pactos internacionales y las propias leyes venezolanas que determinaban que este tipo de obligaciones deben ser nominativas y no al portador, como al final salieron. En términos más o menos generales, los mismo pasó en casi todo el continente, desde México hasta Buenos Aires.

Como se recordará, estas negociaciones se hicieron posteriormente a que estallara la tristemente célebre “crisis de la deuda del tercer mundo” a principio de los 80. Durante toda la década, todos los medios de comunicación mundiales y los gobiernos de uno y otro lado estuvieron machacando el ritornelo de la crisis así como la necesidad de encontrarle soluciones. Hoy, 20 años después, podemos decir cuáles fueron estas últimas. En el caso de América Latina, la aplicación despiadada de políticas de “ajuste estructural” y de desposesión de riquezas por intermedio de los agresivos planes de privatización y desregulación laboral. En el caso de África, una desinversión y saqueo masivos que dio al traste con lo poco que se había avanzado luego de la descolonización arrojando a millones de habitantes a la miseria más atroz. De esto, América Latina apenas se recupera aunque de modo muy precario y ambiguo. El continente africano, como sabemos, ha sido reducido a un gran campamento de refugiados alrededor del cual se levanta un invisible pero muy evidente cordón sanitario-militar.

Todo esto viene al caso por lo que acaba de ocurrir en Cancún. Marx dijo alguna vez -corrigiendo a Hegel- que todos los acontecimiento de la historia ocurren dos veces, la primera como tragedia y la segunda como farsa. Sin embargo, se le olvidó decir que es probable que ocurran ambas cosas en simultáneo, que la farsa y la tragedia sean una sola cosa.

La estrategia, como ya lo había anunciado el gobierno de Bolivia, estaba cantada antes de llegar: todos partimos del la necesidad inexorable de encontrar soluciones equilibradas, justas y efectivas; luego, asumimos que hay divergencias entre los participantes, principalmente las que derivan de las brechas entre los desarrollados que más contaminan y los subdesarrollados que más padecen. Así puesta la vara, y debido a las reticencias de los primeros, se asume que las expectativas de acuerdo son bastante bajas, tal y como había anunciado la delegación norteamericana pateando -o al menos sacudiendo un poco- el tablero antes de sentarse (de hecho, al inicio de la cumbre circulaba un “chiste ” según el cual era el encuentro del “I can’t”, el encuentro del “No Puedo”). Ergo, cualquier acuerdo al cual se llegué es bueno ante la posibilidad de no llegar a ninguno. La ejecutiva respuesta de nuestra elegante negociadora lo dice todo: “Yo puedo regresar a mi casa diciendo: tengo algo”. Sería bueno que en algún momento se tome la molestia de explicarnos bien qué cosa es.

El día que explique estas cosas tendrá que decirnos porque el conjunto de promesas, prórrogas y aplazamientos en que consistió el acuerdo era algo que valía la pena suscribir. Si ya lo de Kioto era precario y lo de Copenhague era ridículo lo de Cancún escapa a toda adjetivación. ¿Qué pasó entre Copenhague y Cancún, porque nuestra postura varió tanto de una a otra? ¿Por qué dejamos a Bolivia sola? Asumamos que cualquier intento de solucionar el problema climático –o cualquier otro- en este tipo de instancias es parte es una ilusión. Pero hay momentos en que lo único digno que se puede hacer –y nuestro país sabe mucho de esto- es decir simplemente NO, romper con el coro y regresarse con las manos vacías antes que convalidar lo inaceptable.

Desde mucho antes de llegar a Cancún se sabe, es demasiado conocido de hecho, que un incremento de 2 grados centígrados en la temperatura global promedio se traduce en un incremento de 3 a 3,5 grados en África. Así las cosas, 55 millones de personas sufrirán hambruna y la sequía afectará a 350 y 600 millones más en el corto plazo, sin entrar a considerar las que padecerán (y ya padecen) en los desastres naturales. En el caso de América Latina, el número de personas afectadas por las temperaturas extremas, incendios forestales, sequías, tormentas e inundaciones pasó de 5 millones en la década del 70 a más de 40 millones en la última década, según la CEPAL. Y las que padecerán directamente la falta de agua aumentará entre 7 a 77 millones, todo sin entrar a considerar la desertificación, los deshielos, las enfermedades (el aumento del dengue por ejemplo) y la extinción de especies. Como claramente lo dijo el arzobispo Desmond Tutu: una meta global de cerca de 2 grados centígrados va a condenar a África a la incineración. Pero aún así, suscribimos un acuerdo que deja todavía más en el aire cualquier principio de solución.

Es de desear que en medio de la coyuntura que nos ocupa alguien se tome el tiempo para revisar nuestro papel en la cumbre de Cancún. Sobre todo considerando que mucho de eso que nos ocupa como país y de los esfuerzos que está haciendo el gobierno en materia de mitigación de riesgos actualmente tienen que ver, como sabemos todos, con las cosas que allí se debatieron y acordaron. La desazón de los movimientos sociales y de la propia Bolivia con el mismo es enteramente justificable: Cancún fue un retroceso y nuestra delegación lo convalidó por querer traerse “algo” ¿No pudieron pararse en el duty free del aeropuerto o en cualquiera de las decenas de stand con subvenirse que de seguro estaban en los alrededores de la cumbre si es que no querían regresar con las manos vacías? Tal vez faltó recordarles aquella sabia frase de Keynes: el problema con el largo plazo es que en el largo plazo todos estaremos muertos. Y aunque esto no es exactamente así en este tema pese a las narrativas imperiales que intentan convencernos de lo contrario para, como pasó en Cancún, engatusarnos con sus “soluciones” (no todos padecen ni padecerán el tema climático del mismo modo, así como no todos padecen la crisis económica de igual manera), si lo será para muchos de nosotros, mientras en medio de las prórrogas otorgadas el capitalismo verde avanza y los mercados de carbono se consolidan de la mano de la nueva arquitectura financiera y el ultramilitarismo corporativo que levantan los maltusianos del siglo XXI.

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