El estado de excepción económico o volvamos hablar de la crisis financiera.

El siguiente texto no es un artículo sino la transcripción de una ponencia realizada en la Arcis en noviembre de 2009. A comienzos de este año, salió en una publicación colectiva de la universidad y desde entonces tenía pendiente colgarla. Aunque de algún modo hay que leerla en el contexto de la “crisis financiera” hace un años atrás, lo interesante -y lamentable-es que algunas de las cosas que se planteaban en ese momento parecieran estarse cumpliendo. El centro de la argumentación dio posteriormente pie a un desarrollo más largo en noticias desde ninguna parte...

Por otra parte, en el número más reciente de la New Left Review salió publicado este texto de Slavoj Zizek que se llama prácticamente igual y trata más o menos de lo mismo, aunque más actualizado. Adicionalmente, cuelgo otro texto de Zizek sobre Europa y está nota de página 12 sobre la optimización de la tortura como disciplina académica de estudio.

El estado de excepción económico  o volvamos hablar de la crisis financiera.

Si nos atenemos a las versiones del mainstream económico y político global habría que concluir que, poco más o menos, lo peor de la crisis financiera ya pasó. Tímidamente algunos, más entusiastas otros, se ha venido sugiriendo cada vez con mayor insistencia esta idea, en lo fundamental amparándose en la recuperación de algunos indicadores financieros y en el hecho de que las espectaculares turbulencias observadas meses atrás (quiebra de grandes bancos y países, salvatajes astronómicos, etc.,) han dejado de ocurrir. Así las cosas, no pocos analistas sin embargo, han advertido sobre la ambigüedad de los indicadores a los que se hace referencia para justificar dicha recuperación, sobre la obvia fragilidad que todavía manifiesta el sistema financiero o el aún más evidente hecho de que ninguna de las medidas anunciadas como parte de la “nueva arquitectura financiera” se han aplicado en realidad, así como el que buena parte de las operaciones actuales sólo son posibles por la enorme cantidad de recursos públicos que fueron derivados al sistema financiero para evitar su colapso. En este sentido, para decirlo en los términos de los marxistas de la vieja escuela, al tiempo que asistimos a la ocurrencia de unos sucesos sin duda históricos, lo hacemos paralelamente a una batalla ideológica sobre la correcta interpretación de dichos sucesos: una que se lleva a cabo entre los agentes de las corrientes principales del orden global y sus críticos, amplio espectro este último donde se reúnen las diversas corrientes democráticas, progresistas y de izquierda también a nivel global.

Sin embargo, como sabemos, dicha batalla es desigual, pero además y sobre todo pareciera estar pérdida de antemano para los sectores progresistas y en espacial para los de izquierda, no obstante el evidente desprestigio de las tesis neoliberales e incluso la sensación generalizada con respecto al “fin” del capitalismo. Y esto no tan sólo por la conocida disparidad mediática entre una y otra corriente, así como tampoco por la no menos importante desigualdad de poder político efectivo, sino también por el hecho más determinante de que en cualquier batalla ideológica quién de entrada impone las coordenadas analíticas del debate ha prácticamente garantizado su triunfo en el mismo.  Este ha sido, sin duda, la principal función ideológica del fetiche “crisis financiera”: la de establecer, digamos, “a los ojos de los hombres la forma fantasmagórica” de un derivado problema financiero cuando no es sino un problemas de las relaciones socio-históricas, y a través de esta forma los límites de lo visible y lo enunciable, lo que al respecto debe decirse y lo que no. Operación fetichista que ha contado con la para nada desestimable virtud de recoger en su provecho el espíritu y la retórica de los sectores críticos, todo lo cual le permitió al mainstream político-económico mundial liberal admitir con cautivadora franqueza buena parte de lo que antes negaba sin que este pleno reconocimiento le haya impedido, en lo absoluto, conservar su posición de poder.

Por esto último, pensamos, es que desde mediados de 2008 se asiste a esa sorpresiva “conversión ideológica” mundial cuando lo cierto es que las explicaciones oficiales de la crisis compiten por la utilización de los lugares comunes típicos de la izquierda progre: la intervención estatal ya no es más un demonio, la desregulación de los mercados ya no es buena, los banqueros y no los políticos aparecen ahora como los verdaderos pillos de la historia. Así las cosas, las ventajas de esta interpretación hegemónica para la corriente dominante, como hemos visto, no han sido pocas: se ha permitido centrar la responsabilidad no en el capitalismo global en sí sino en sus “desviaciones accidentales”. Por caso: Maddof, sobre cuyas culpas se lavan las caras del sistema que lo hizo posible. Sin embargo, esta consolidación de la cara progresista de los sectores dominantes como consecuencia de la lectura hegemónica de la denominada crisis financiera, le ha posibilitado al capitalismo mundial algo mucho más importante: afirmar sus valores de manera más agresiva justo cuando parecía que se desmoronaba, desplazando adicionalmente cualquier pretensión contra-hegemónica. Al tiempo que se salvaba a Wall Street, se precarizaron todavía más las ya precarias condiciones laborales, se privatizaron recursos públicos y se relanzó el papel del devaluado FMI con el argumento de la cooperación internacional. Pero además, se relegaron una serie de problemas importantes que venían tomando notoriedad: el calentamiento global, por ejemplo y el hambre, lo cuales ahora ocupan a un lejano segundo puesto en la agenda mundial de preocupaciones en la medida que lo que importa de aquí en adelante es la recuperación económica y refundar el sistema desde sus “bases éticas originales” (Sarkozy dixit)

“Demasiado grandes para fracasar

Una expresión recientemente estrenada por la administración Obama para referirse a los megabancos y las corporaciones que no se debía permitir que quebrasen a causa del caos que crearían en la economía,  pareciera describir muy bien el espíritu del nuevo capitalismo postcrisis: “demasiado grande para fracasar”, entre otras cosas porque el resguardo público de estas entidades no se basa, como se hace ver, en la nacionalización de las instituciones sino en garantizarle los recursos para su recuperación ante la ocurrencia de nuevos desastres, en el sentido de hacer definitivo el papel del Estado como prestamista en última instancia. Ante esta situación, no sólo está claro que independientemente de los riesgos que corran las empresas siempre podrán contar con la ayuda estatal (con lo cual de por sí el término mismo de “riesgo” pierde todo sentido), pero lo que es peor, y pese a que las amenazas de desempleo están en su base de justificación, salvarlas significa fundamentalmente proteger a los accionistas y no a los trabajadores, los cuales siguen siendo víctimas de las políticas de “reducción de costos”. El caso de France Telecom, por lo trágico, es probablemente el mejor ejemplo de esto último. Como se sabe, en los últimos meses 23 de sus trabajadores se suicidaron argumentando las fuertes presiones a las que se ven sometidos por las reestructuraciones de personal tras la crisis económica. Ciertamente, en este caso pueden y deben considerarse una serie de factores adicionales más amplios que expliquen el por qué en una empresa 23 personas optan por quitarse la vida ante la posibilidad de perder el trabajo. Pero por la misma razón, es decir, por el hecho que 23 personas que se suicidan en la misma empresa en un mismo período de tiempo argumentando las mismas causas, está muy lejos de ser una infeliz casualidad, ¿no resulta un síntoma bastante claro de la paradójica situación en la que se encuentran los trabajadores en particular y el mundo en general antes las exigencias del Capital  contemporáneo? En este sentido, uno no puede dejar de recordar La Corporación, la extraordinaria película de Costa-Gavras donde en la competencia para conservar el propio empleo o para hacerse con un determinado puesto de oferta mínima (sobre todo aquellos que necesitan unas cualificaciones específicas) se propician auténticos combates a muerte literalmente hablando.[1] O a Reich cuando decía que lo extraño no es que en las condiciones del mundo actual haya delincuencia y violencia, sino que no haya tanta. De la misma manera, tal vez lo extraño no es que tantas personas se suiciden por perder sus trabajos por factores muchas veces ajenos a ellos mismos, sino que en realidad no hayan ocurrido tantos suicidios (u otras formas de violencia) como debería, no solamente en Francia sino a nivel mundial.

Este caso de France Telecom nos lleva a la hipótesis que queremos plantear en este trabajo: y es que, contrario a lo que comúnmente se dice, el problema de la llamada crisis de la finanzas mundiales no pareciera ser que haya existido un neoliberalismo salvaje depredador y enemigo de la humanidad, ni un mercado desregulado y peligroso o un grupete de ambiciosos capitalistas insensibles, sino más bien que, además de todo lo anterior, en la actualidad opera una especie de no declarado pero efectivo Estado de excepción económico global regido bajos los principios de la maximización de los rendimientos capitalistas. En consecuencia, más que ante una crisis, nos encontraríamos ante un síntoma o señal de dicha instalación, de un proceso global y general de captura y transformación de las sociedades y el planeta como conjunto en provecho de la lógica valorativa de la cada vez más intensa y competitiva economía capitalista.

Puede sonar a ciencia ficción, pero en realidad no lo es. De hecho, ya se ha planteado antes ideas similares, por ejemplo Naomi Kleim en su “Capitalismo de shock” y más claramente Vivianne Forrester en “Esa extraña dictadura”. Ulrich Beck, el sociólogo alemán, también lo ha planteado cuando se refiere al “metapoder global” de la economía y la subyugación de las soberanías nacionales a sus intereses. De forma similar, muchas de las problematizaciones que se hacen en torno a la globalización sugieren de alguna u otra manera dicha situación, como es el caso de Samir Amin. Sin embargo, a contrario de lo planteado por estos autores, en especial por Kleim y Beck, habría que decir que dicho estado de excepción no es accidental ni fruto de una perversión del sistema capitalista, sino el resultado de tendencias estructurales mucho más complejas.

Para ilustrarlo mejor volvamos al caso de la crisis financiera y consideremos especialmente dos cosas. En primer lugar, cómo se origina la crisis, es decir, cuál es el conjunto de cosas que desembocaron en el auge y estallido de las famosas “burbujas financieras”. Y en segundo lugar, veamos algunos de los problemas que implica los supuestos escenarios postcrisis, en especial las formas que tomaría un capitalismo “distinto” al actual  y sus implicaciones para Latinoamérica.

De burbuja en burbuja

Como se sabe, la tasa de ganancia como proporción de beneficios obtenidos respecto al capital invertido es la variable clave de la economía capitalista. Y, precisamente, debido a lo importante que es para los capitalistas el obtener una determinada tasa de rentabilidad hacen siempre todo lo posible por aumentarla, lo cual no obstante genera una situación contradictoria cuando en su desarrollo dicha rentabilidad tiende a deteriorar las bases que la alimentan. Dicha tendencia “suicida”, se expresa periódicamente bajo fórmulas diversas y en términos generales responde a la conocida tendencia general a la baja de la ganancia, todo lo cual constituye el quid de la teoría marxista de la crisis. Sin embargo, en los últimos tiempos esto no pareciera haber ocurrido exactamente así pues en verdad, como casi todo el mundo coincide en señalar, especialmente a partir de la década de los 90 las tasas de ganancias globales se ha recuperado de la caída iniciada a principios de los 70 (no obstante caídas ocasionales como las de 2001 y la asiática así como de la existencia distintas posiciones alrededor de los niveles que alcanza y las formas de medirla) pero con la novedad de que dicha recuperación no está siendo correspondida por una inversión duradera y generalizada. Que esta disyunción haya operado, implica desde luego cuestiones interesante a la teoría marxista clásica, pero más importante aún es que plantea una serie de situaciones a nivel social de las cuales es necesario dar cuenta. Y es que si bien en sentido clásico es evidente que no es la baja tendencial de la ganancia lo que ha disparado la crisis, si por el otro pareciera bastante claro que desde un punto de vista menos coyuntural sigue estando la contradicción Capital – Trabajo en el origen del problema.

En este sentido, a lo que hoy pereciera enfrentarse el capitalismo contemporáneo es justamente a las consecuencias de los mismos mecanismo que instauró a comienzos de los años 80 para superar el estancamiento de los años 70,  es decir: los de regresión social. Como sabemos, eso y no otra cosa fue lo que operó a partir de las transformaciones neoliberales no sólo en materia laboral (estancamiento y retroceso salarial, desregulación del trabajo, etc.), sino también social (privatización de servicios públicos, mercantilización de áreas no mercantiles) e internacional (deterioro de los términos del intercambio, deuda externa, etc.). Así las cosas, el asunto es que el conjunto de medidas tomadas para recuperar las tasas de ganancia mediante una suerte de keynesianismo al revés, terminaron convirtiéndose en una traba para que dicha rentabilidad se siguiese realizando, esto en el momento que la sobreexplotación colectiva cruzó algún punto marginal a partir del cual ya no pudo sostenerse.

El desarrollo descomunal del sistema financiero durante las últimas décadas es un fenómeno íntimamente asociado a esto anterior. De un lado, la progresiva eliminación desde los años 80 de las trabas a los movimientos internacionales de capitales permitió que estos se expandieran hacia en países con mano de obra barata, pero a su vez, el menguante control estatal sobre dichos capitales junto con las escasas fuentes de rentabilidad posibilitaron que resultara mucho más atractivo especular que invertirlo en actividades productivas. La privatización de empresas estatales y en especial de los fondos de pensiones, pero también la captura de grandes reservas internacionales y la financiarización de las remuneraciones, entre otros factores, ayudó a crear entonces grandes masas de capitales  gracias a las cuales fue posible estimular el consumo a través del desarrollo del crédito como manera de “compensar” la baja de los ingresos de los trabajadores con el endeudamiento familiar. Así, mediante la toma de crédito barato, los trabajadores y en especial los sectores populares se endeudaron y consumieron mucho más allá de lo que sus ingresos reales les permitirían, lo que fue particularmente cierto en el caso norteamericano donde la política estatal de bajas tasas de interés estimuló la especulación inmobiliaria como forma de evitar la recesión tras la crisis de las “punto com”. Alrededor de esta especulación sobre la propiedad y el endeudamiento masivo de los hogares, el mercado financiero tomó nuevos y poderosos bríos. Dio un salto cualitativo y cuantitativo con el desarrollo de los tristemente célebres “derivados” siendo así que alrededor de una infinita maraña de dinero prestado con escasas probabilidades de ser recuperado el sector inmobiliario motorizó en el crecimiento económico norteamericano del período 2001-2006, generando un tercio de los empleos creados y casi la mitad del gasto de consumo, el cual en término generales consumo creció a un nivel equivalente al 72% de su Producto Bruto Interno en 2007.

Pero estos mecanismos de endeudamiento no sólo caracterizan la conducta de los privados gringos, sino que de hecho ha sido la política del Estado norteamericano en el último período. Y es que gracias al incesante endeudamiento, la economía norteamericana sostuvo un elevado consumo que lo convirtió en el destino de la mayor parte de las exportaciones mundiales, siendo que su rol hegemónico como superpotencia le posibilita hacer lo que todos los demás tienen prohibido: sostener y promover enormes déficits público y comercial a través de un singular mecanismo –a medio camino entre la simbiosis y el parasitismo- en el que primero se endeuda consumiendo lo que el resto del mundo produce, pero luego financia dicha deuda con la captura del ahorro de dichas economías

Es aquí entonces cuando entramos en el momento estelar de las burbujas especulativas. Como se dijo, dichas burbujas se generan porque sobre la base de una inversión inicial se produce una cadena infinita de crédito barato con mala garantía que se toma para invertir sobre una expectativa de rentabilidad que, por otra parte, se va desprendiendo cada vez más de la rentabilidad real hasta que el crédito no se paga pues el endeudamiento ya resulta insostenible y termina resultando que la rentabilidad que se esperaba no se produce realmente. La consecuencia, como vimos en el caso norteamericano, es que los capitales huyen, la rentabilidad cae bruscamente y comienza la crisis al desatarse un efecto contagio en las redes de una economía altamente integrada.

Lo que vendrá

Ahora bien, la pregunta del millón no es tanto es si esto pudo hacerse de otro modo, sino si ahora puede hacerse de otro modo. Y esto es importante de tomar en cuenta pues es lo que determinará los nuevos escenarios postcrisis, los cuales inexorablemente deben considerarse a escala geopolítica mundial. En este sentido, me gustaría señalar para concluir dos cosas que me parecen fundamentales tomar en cuenta. La primera de ellas tiene que ver con lo que en términos genéricos podríamos llamar “hipótesis neokeynesiana” y la segunda, con la idea un tanto oscura y olvidada de Braudel de la financiarización como signo otoñal del capitalismo.

En cuanto al primer punto, como señalamos antes y como es evidente en los discurso oficiales y buena parte de los alternativos, una de las salidas planteadas a la crisis actual es la restauración de los principios keynesianos en lo que tiene que ver con el rol regulador del estado pero también con el tema del impulso a la demanda productiva. No obstante, este planteamiento aparentemente tan racional olvida sin embargo dos detalles importantes, no sólo la causa principal por la cual fue abandonado el keynesianismo: el no poder garantizar en el mediado y largo plazo la baja tendencial de la ganancia, sino además el hecho no menor de las condiciones sociales e históricas de posibilidad del mismo en los países centrales entre las cuales destaca la profunda desigualdad global con respecto a las periferias (no puede haber un keynesianismo planetario). Pero incluso en el caso que fuese posible, esos no derivaría a otro asunto todavía más complicado: el que tiene que ver con las condiciones de sostenibilidad que implicaría un crecimiento global bajos los patrones actuales de consumo e industrialización. Y es que dada la delicada situación ambiental que al parecer atravesamos: ¿no es lógico pensar que un crecimiento económico que nos incluya a todos implicará un aceleramiento del deterioro ecológico con todo lo que eso supone para la propia sobrevivencia de la especie humana en la forma conocida hasta ahora? Y si esto es así, ¿cuál es entonces la alternativa?: ¿detener el crecimiento con todo lo que esto implica para quienes queden por fuera? ¿Deben sacrificarse poblaciones enteras en nombre del futuro ecológico de la humanidad? ¿Lo harán los gobiernos de los países emergentes, empezando por China? En este sentido, la reciente cumbre de megamillonarios de Bildemberg pareciera dar cuenta de la preocupación que este problema representa en las más altas esferas, cuando además de priorizar la superpoblación como el principal problema mundial acordaron que las respuesta deben ser “independientes de los organismos gubernamentales ya que estos son incapaces de evitar las catástrofes que se avecinan y que podemos ver todos.”

Con respecto al otro punto el panorama no es menos desolador. Y es que lo de la financiarización como signo otoñal del capitalismo no reenvía tanto al tema del fin de éste como sistema, sino más bien al hecho de cómo históricamente la financiarización ha sido síntoma inequívoco del agotamiento de los centros mundiales de acumulación y el definitivo desplazamiento geográfico de estos así como de la hegemonía política que le es correlativa. En este caso: ¿se acerca los Estados Unidos como efectivamente algunos señalan a este límite histórico? Si asumimos que el centro e la acumulación mundial se ha desplazado (como toda pareciera indicar) de USA a China: ¿significará esto que la hegemonía política también lo hará? O dicho de otro modo: ¿permitirá la clase dominante norteamericana que eso ocurra, luchará China para eso o se producirán nuevas simbiosis como las actuales? Como sea que fuese, lo cierto del caso es que los resultado finales no dependerán de determinaciones teleológicas ni lo que uno y otro actor desee sino de lo que definitivamente logre hacer en uno u otro sentido. Así, es evidente que China cada vez estrecha más lazos a nivel mundial, y en el caso del Asia oriental ha logrado establecer una zona de influencia que tiende a fortalecerse al tiempo que mira hacia Suramérica, lo cual muy probablemente sea lo que lleva a los norteamericanos a retomar con nuevos bríos la iniciativa continental promoviendo el enfrentamiento y conjurando la integración pues hoy más que nunca a nuestros tristes trópicos parece que les toca jugar el papel de reservas energéticas del Imperio, tal y como le ha tocado a Irak, Afganistán y muy posiblemente a Irán con todo las implicaciones humanas de los respectivos casos.

Es en este sentido que en definitiva hablamos de la instauración de un Estado de excepción económico global. Esto, no sólo por la manera como la economía capitalista y sus actores principales terminan invariablemente imponiendo sus imperativos por encima de cualquier interés común e independiente de los costos sociales y civilizatorios que los mismos impliquen, sino además por las consecuencias que la feroz competencia entre dichos actores por la maximización de sus beneficios genera. Las guerras ocurridas y por venir y los golpes de estado seguramente son las más visibles de estas consecuencias, pero también el surgimiento de nuevas formas de apartheid y estados de emergencia, la explotación cada vez más intensa del trabajo capturado entre la plusvalía clásica y la desposesión financiera, la catástrofe ambiental, el abuso de los mecanismos de control informáticos, la radicalización de los derechos de propiedad intelectual como por ejemplo la biogenética, etc. Todo esto ocurriendo mientras una sensación colectiva a medio camino entre la impotencia, el miedo y la indiferencia parece apoderarse de todos nosotros, llevándonos a aceptar lo hasta no hace mucho absurdo y a resignarnos ante lo aparentemente inevitable.


[1] En La Corporación, película basada en la novela The Ax de Donald Westlake, el protagonista, Bruno Davert, después de trabajar 15 años en una empresa es despedido por “reestructuración”. Luego de dos años en los que no consigue trabajo en medio de un mercado laboral cada vez más competitivo, Davert, desesperado por no poder seguir garantizando el estilo de vida de su familia, aplica las prácticas predatorias que aprendió a perfeccionar en el trabajo cotidiano en su empresa asesinando a los ejecutivos desempleados con perfil similar al suyo, es decir, eliminando su competencia directa.

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