Noticias desde ninguna parte (y IV)

Descolonizar el futuro.

“¡Sin más vestido que una bata, soñando con el Perú!”

Es difícil pensar una situación política más compleja que la de Bolívar en 1817: derrotado por la “rebelión popular” de 1812-14[1]; habitando un país desolado como consecuencia de dicha guerra; odiado por su clase al haberlos arrastrados a una vorágine de muerte y pobreza; comandando un ejército desarticulado y carente de recursos; enfrentado a otros jefes patriotas y aislado en la zona sur del país entre la selva y los realistas. Sin embargo, es justo por esos días que ocurre el famoso Delirio de Casacoima, ese extraño episodio en que Bolívar arrasado por la fiebre luego de pasar la noche entera dentro de una laguna huyendo de los españoles, empezó a relatar a sus hombres –que naturalmente lo tomaron por loco[2]– cómo no sólo Venezuela y Colombia iban a ser liberadas por ellos, sino además, cómo iba a conducirlos hasta “libertar también a Quito, Perú y a todo el Continente Americano.

Es muy probable que haya algo de demagogia al citar este capítulo tan recordado pero también manoseado de la historia venezolana. Por lo general, el mismo suele considerarse como ejemplo del Genio de Bolívar, pero además de su convencimiento casi mesiánico por una causa que lo animaba desde su juventud y que tantos reveses y amarguras le había reportado hasta entonces y le reportaría después. Desde todo punto de vista, este es el tipo de cosas que anima el Mito Bolivariano en lo que tiene de grandioso pero también de trágico, que colocan a “El Libertador” a la altura de un semidios o un superhombre, y por cierto, que hacen que los pueblos latinoamericanos le deban no sólo agradecimiento y veneración eternas, sino sobre todo culpa al no haber dado continuidad a su ideal liberador e integracionista.

Pero si traemos a colación este capítulo no es porque nos interese seguir alimentando este mito. Bolívar, como Miranda, Ribas, Sucre o San Martín, seguramente fue un hombre incluso más grande de lo que la historiografía nos cuenta, pero no por eso el mito del Padre Libertador deja de ser extremamente peligroso, pues está claro que la culpa y la veneración nunca ayudaron a movilizar a nadie, o al menos no para ninguna buena causa. De tal manera, si lo hacemos es por una razón muy distinta y bajo otras motivaciones: y es que porque incluso asumiendo que se trataba de un delirio, que desde luego no existe ninguna relación mecánica entre lo que Bolívar dijo que iba hacer y lo que luego efectivamente hizo, nos parece ilustrativo de cómo una situación desesperada en la que todo parece estar condenado, perdido o empeorar hasta lo indescriptible puede sin embargo torcer de rumbo, de cómo la fatalidad puede no prolongarse en el tiempo aunque para ello no alcance con la mera voluntad, el arrojo o sólo con imaginárselo, pero evidentemente sin tales cosas tampoco sería posible.

En efecto, tal vez lo único peor a la certeza de vivir en un mundo de crecientes malestares y peligros que incluso nos amenazan como especie, sea la de que romper con dicha situación no parece posible. No importa cuanto lo deseemos, busquemos o necesitemos, la situación colectiva actual es la de estar como atrapados en un reino de fatalidades interminables para el que no existen alternativas, frente al cual lo único sensato que puede hacerse al parecer es adaptarse y en la medida de lo posible mitigar sus efectos, pero bajo ninguna circunstancia plantearnos su superación como algo factible. En este sentido, es incluso probable que exista hoy más gente convencida que antes de la necesidad de que las cosas cambien, e inclusive, que como nunca antes haya más gente convencida de que ese cambio significa romper con el capitalismo, que nunca como ahora sea evidente que la mayoría de los males del mundo están asociado a él, que nunca como ahora sus cualidades progresistas estén más devaluadas. Y sin embargo, el que todo eso sea así y lo sepamos no necesariamente se traduce en una voluntad real de cambiarlo, entendiendo por voluntad no sólo querer, demandar o necesitar el cambio sino obrar efectivamente para producirlo. Así pues, como dice Fredric Jameson, lo que resulta realmente devastador hoy no es la presencia de un enemigo poderoso ni los padecimientos a los que nos somete, sino la creencia universal de que esa presencia es irreversible, de que no existen alternativas ni salidas a este continuum de calamidades y crisis, o son tan complejas y peligrosas que no tiene sentido siquiera planteárselas[3].

Desde luego, existen muchas razones que hacen que esto sea así, para que este fatalismo del siglo XXI se imponga como especie de espíritu de los tiempos. Una de las más fuertes –sino la más- es la actuación de los múltiples poderes, mecanismos y aparatos puestos al servicio de dicha imposibilidad: militares, paramilitares, policias, etc., es decir, toda una ortopedia mundial que no escatima medios y modos para demostrarnos cuánta violencia están dispuestas a ejercer las clases dominantes y el sistema en general para evitar los cambios. Sobre este particular, habría que mirar incluso en perspectiva el hecho de que prácticas atroces como la tortura y el secuestro que antes formaban parte del arsenal de la operaciones encubiertas o que era mejor para estos poderes mantener en cierto nivel de secreto, hoy sin embargo salgan a la luz y sean absolutamente públicas: Abu Ghraib y Guantánamo, por ejemplo. Pero además, difícilmente sea casual que Álvaro Uribe despida su mandato desde La Macarena, ícono de la barbarie militar y paramilitar de su gobierno, que el ejército israelí masacre a unos activistas a plena luz del día y bajo la atenta mirada de la comunidad internacional, y que luego la ONU nombre a Uribe como miembro de la comisión que investigará la masacre. Como dijimos, no pareciera ser este ejercicio de violencias y crueldades algo que los poderes prefieran hacer en secreto o disimular: parece más bien algo con lo que están dispuestos a convivir públicamente, pero además parece que la exhibición en sí les resulta provechosa pues les posibilita dejar en claro quienes detenta el poder y quienes no y hasta dónde están dispuestos a llegar para conservarlo.

Como describe Klein en La doctrina del shock, y como también expone Gambina en su texto anteriormente citado, la manu militari que se abatió contra Latinoamérica  en la década de los 70 y ochenta tenía el objetivo de crear las condiciones subjetivas y materiales para el funcionamiento de la mano invisible del mercado, pero además, el de disciplinar y aleccionar a los movimientos de izquierda y populares. De muchos modos, en ambas cosas fue muy efectivo, siendo que hoy todavía es un trauma difícil de superar pues se trata de una lección grabada a fuego y sangre. Adicionalmente, la impunidad con que viene dándose el ajusticiamiento de líderes populares en Honduras luego de golpe de estado, lo que ocurre en Colombia y en Haití ante la complacencia o impotencia regional, lo que pasa en Chile con la persecución a los comuneros mapuches y lo que anuncia la derecha con hacer en aquellos lugares donde no tiene el poder si llega a recuperarlo, claramente demuestra que dicha ortopedia social y política puede no haberse borrado de los cuerpos de las clases populares, pero tampoco ha desaparecido de las mentes de los sectores dominante.

Pero si hoy día las posibilidades de ruptura con el capitalismo resultan tan alejadas o que pocos se plantean como algo factible, no es tan sólo porque nos hayan vencido en el pasado ni tampoco exclusivamente porque dicho pasado se mantenga en buena medida enterrado debajo de las historias oficiales. En nuestro criterio, si hoy permanecemos prisioneros de una eterna estación capitalista, si no pareciera haber horizonte factible más allá del capitalismo, es fundamentalmente porque así como éste avanzó por el planeta colonizándolo de un lado a otro, así como viajó hasta el pasado para colonizarlo y narrarnos de vuelta un mito noble sobre sus orígenes, y así como se introduce en nuestros cuerpos y afectos para colonizarlos, explotarlos y domesticarnos, el capitalismo emprendió un viaje similar hacia el futuro y estableció allí otra colonia: la del Progreso. Es por este motivo que el capitalismo se presenta así mismo no sólo como el llegadero de la historia sino como un feliz llegadero. No se trata sólo de un ejercicio violento y hasta cruel de destrucción y saqueo sino que implica una enorme promesa de bienestar que no es meramente ideológica en el sentido que sea falsa o el simple correlato de dicho ejercicio: forma más bien la sustancia de su contenido utópico, de su ideal movilizador, un ideal que sirve para invisibilizar la violencia que ejerce pero sobre todo para justificarla dentro del marco del costo que necesariamente hay que pagar por alcanzar dicho reino de libertad[4]. Así pues, el capitalismo se erige como el mejor de todos los mundos posibles, se presenta como la más poderosa de todas las utopías modernas, o al menos -para decirlo como lo diría Lenin-, en la que más  escrupulosa (e inescrupulosa) ha sido para llevar sus sueños a cabo.

Sin duda, el correlato de este éxito de la colonización del Capital es el fracaso de las formaciones históricas que se le opusieron y de sus alternativas. En este sentido, cualquier lectura honesta de la realidad tiene que dar cuenta de los desastres capitalistas pero también del estrepitoso derrumbe del bloque soviético, de los desarrollismo, los nacionalismos, así como las profundas ambigüedades de los socialismos del siglo XXI. Por otra parte, está claro que nadie sensato contabiliza como un éxito comunista el despegue de China, mientras que Cuba parece cada vez más cerca de sucumbir ante la inevitabilidad de la apertura oficial al Capital. De tal suerte, no es sólo que el capitalismo fue exitoso colonizando el futuro sino que el anticapitalismo ha fracasado rotundamente en ello, porque sus propuestas históricas se han demostrado inviables e imposibles, porque sus sistemas alternativos de vida no parecen resistentes a la práctica.

No es el tema ni el objetivo de este espacio sin embargo ofrecer respuestas definitivas a este respecto. En consecuencia, limitémonos a precisar qué tiene que ver todo esto con la cuestión más específica de la integración latinoamericana, fundamentalmente a partir de la problematización que hemos realizado sobre lo común y la desposesión. Con respecto al primer punto, el de la violencia y los poderes, lo único que nos tocaría decir por los momentos es que independientemente de lo funesto, intolerable o atroz que pueda ser el presente actual, lo último que podemos hacer es plantearnos la acción política desde la posición de las víctimas. No porque tengamos que compartir las culpas y sentirnos también responsables de los desastres actuales (como cínicamente se pretende con lo del cambio climático). Tampoco porque estemos en una posición de equilibrios de fuerzas. Sino porque la víctima por definición no es un sujeto político ni emancipatorio, sino de tutela y de postración. Así las cosas, si algo tenemos que haber aprendido de tantos años de asistencialismo militar en África y ahora en Haití, es justamente cómo en la política la victimización no es tanto un estado al que se llega sino que es inducido, profundizado y prolongado por dicho asistencialismo a objeto de desmovilizar y mantener como padecientes a quienes en consecuencia no pueden devenir en sujetos políticos. Es muy probable en cualquier caso que dicha inducción no sea deliberada, pero como quiera que esto sea lo que sí es evidente es que el asistencialismo y la victimización no ayudan a los sujetos del desastre a superar su estado de calamidad y en última instancia lo reprimen si llega a ocurrir, que es cuando entonces pasan tratados como terroristas, piratas o bandoleros. De tal manera, si con algo tenemos que romper (así no estemos formalmente invadidos) es con la condición de sufrientes, de sujetos neuróticos aquejados por los peligros que nos acechan, lo cual desde luego no significa ignorarlos, sino comprenderlos y superarlos.

Lo que esto también quiere decir en otras palabras, es que el altermundismo tiene que partir por la recuperación de aquello que, por definición los poderes del mundo se encargan de arrebatarnos: la potencia, el poder de poder, y el principal de esos poderes es el de producir una historia distinta al tiempo que nos rebelamos contra las ignominias del presente. Así pues, no es que no se deba o pueda escribir poesía ante de la barbarie, como dijo alguna vez Adorno, sino que precisamente a partir de la barbarie es que hay que ser más creativos, no en el sentido diletante del término sino en el más activo.

En el caso de la integración regional todo esto se expresa superlativamente, tanto en lo que tiene de peor como de mejor: animados pero también prisioneros de un heroico legado independentista porque no nos sentimos a la altura, amenazados por un capitalismo depredador que se abate sobre nosotros, divididos por pequeños o grandes intereses que no nos permiten ver el conjunto del problema, nos planteamos la integración como un deber ser irrealizable o como estrategia de contención. En el caso del movimiento popular, ahora se delega en buena medida dicho proyecto en los gobiernos progresistas con todas las consabidas limitaciones e impedimentos ideológicos y materiales que estos tienen para llevarla a cabo. Así en más, el asunto termina reducido a una postura ética pero impotente cuando no en un malabarismo diplomático que, por su propia naturaleza, trata de conciliar lo irreconciliable sacrificando los contenidos radicales.

En nuestro criterio, por lo demás, el problema actual no es tanto la integración sino la des-integración, entendiendo esta última en su sentido más literal, es decir, no como falta de unidad o descoordinación sino como destrucción. En esta medida, lo que necesitamos no es exactamente integrarnos -lo cual en cierto modo ya estamos en el plano de la división internacional del trabajo y las riquezas-, sino hacerlo en el plano de una producción no-capitalista de la existencia, única opción de tener una realidad distinta al desierto de desigualdad, violencia y desastre implicado en el devenir-Capital del mundo. Para ello, lo primero que tiene que hacerse es como dijimos recuperar la potencia, dejar de demandar y necesitar un futuro distinto para tener la iniciativa de crearlo y trabajar por ello, y de ahí en más, como lo hicieron lo militantes de los 70, como lo hicieron los soldados de la independencia, tener el valor para asumir las consecuencias de tomar partido por ello. Por otra parte, y en la medida en que por su puesto no se trata de un puro tema de voluntarismo, el tema adicional es saber cuáles son las condiciones materiales sobre las que se plantea la lucha actualmente, cuáles son las determinantes socio-históricas concretas que hacen posible plantearse una producción de la vida no-capitalista, sobre qué criterios y bases puede proyectarse una integración emancipadora pero también factible como forma de organización de la vida humana y planetaria en términos amplios, que suponga otras maneras de relacionarse con lo económico y lo tecnológico que puedan hacer sentido colectivo para movilizar políticamente.

“El capital de una economía es su reserva de bienes reales, con la capacidad de producir más bienes (o servicios) en el futuro. Esta definición de capital probablemente resulte aceptable para la mayoría de los economistas. Visto así, el capital comprendería la tierra, que el pensamiento económico clásico considera un factor separado de producción, porque la tierra sería parte de la reserva de bienes reales, capaz de producir más bienes. Se precisa salvar una distancia muy corta para extender esta definición a la naturaleza, tanto como fuente de materia prima como receptora de desechos generados en el curso de las actividades económicas”.

Banco Mundial.

Líneas atrás, decíamos que las tendencias actuales del capitalismo –su necesidad de transformar el planeta en una periferia de proletarización masiva, subproletarización, exclusión y desposesión intensivas- hacen que su cara progresista tienda a diluirse frente a las exigencias de su reproducción. Esto desde luego es peligroso, entre otras cosas porque de aquí se generan las fantasías apocalípticas de restaurar mediante una gran catástrofe un supuesto equilibrio natural perdido (fantasía que además alimentan y legitiman las soluciones maltusianas de los grupos conservadores[5]). Sin embargo, su peligro también implica una posibilidad, y es que justamente por eso tal vez hoy como nunca sea posible plantearse una programática activa de vida común en términos amplios en la medida en que, lo común que va siendo despojado, es lo común de todos.

El capitalismo “verde” o “natural” es el mejor ejemplo o más bien el síntoma de cómo la problemática de la actuales amenazas sobre lo común son efectivas como principios organizativos y movilizadores. Sin embargo, claro está que el modo en que plantean las soluciones a los problemas ambientales y de degradación de la vida (la privatización de lo común para su explotación “sustentable”) resulta un contrasentido en sí mismo cuando no un abierto cinismo, pues no solamente bajo las condiciones actuales de competencia y valorización capitalista tal sustentabilidad es imposible, sino que además finalmente termina reduciendo lo común a un dominio pobre, privado de toda su riqueza, pues lo común -como señalan Hardt y Negri siguiendo a Marx debe su productividad y riqueza al hecho de poder ser compartidas, de implicar en sí mismas el intercambio y la no-apropiación, como pasa con el lenguaje, la música y las ideas pero también con las aguas, el aire, los bosques o la recreación.

Un ejemplo caricaturesco pero por eso mismo representativo de los peligros que se abaten sobre lo común procurando “protegerlo” a través del capitalismo verde, es un artículo relativamente reciente del abogado peruano Enrique Gershi[6]. Según el mismo, la raíz de los problemas ecológicos es lo que el biólogo Garrett Hardi llama “la tragedia de los comunes“, pues lo que ocurre con los bienes de acceso libre es que nadie tiene interés en garantizar ni su mantenimiento ni su renovación ya que no generan ningún valor de mercado. De tal suerte, los bosques, las aguas y las especies están condenados a la sobreexplotación y a agotarse rápidamente en la medida en que no tienen dueño o son atractivos comercialmente hablando, en cambio:

“Cuando la gente descubrió que la carne de res o la de pollo podía ser sabrosa, se incrementó la demanda. Eso pudo haber puesto en riesgo a las especies. Pero felizmente hubo gente que se propuso hacer dinero en base a esa demanda. Y entonces se pusieron a criar ganados de toros y vacas y galpones de pollos. Pero nadie cría reses o aves si no tiene derechos claramente definidos sobre ellos. Para adquirirlos, sin embargo, debe reconocerse la legitimidad y legalidad de la actividad. Eso garantiza una explotación racional del recurso, porque el más interesado en la reproducción y el mantenimiento de “stocks” adecuado son los mismos que venden la carne de esos animales. Con los delfines no hay derechos de propiedad. Está prohibida su caza y la venta de su carne. Si se prohibiera la caza y la venta de carne de vacas y pollos, les pasaría a estas especies lo mismo que a la de los delfines: tenderían a la desaparición. El mercado reproduce. Lo que hay que hacer, pues, con los delfines, es reconocer la legitimidad de explotarlos racionalmente. Es decir, necesitamos más que nunca otorgar derechos de propiedad sobre esta especie.”

No hay mucho qué decir sobre lo pobre y triste que sería un mundo donde la opción de los delfines para no extinguirse sea transformarse en animales de corral al igual que las gallinas o las vacas. Tampoco sobre lo que lecturas como estas suponen del hombre como especie, la manera tan burda de reproducir hasta el  paroxismo aquello que decía Marx con respecto a que la propiedad privada nos ha hecho tan estúpidos que sólo consideramos algo como nuestro cuando lo tenemos. Ciertamente, puede provocar risa el simplismo y el cinismo de Gershi, su total ignorancia por la historia así como ese dogmatismo ramplón que trata de pasar por listo y que es tan propio de los ideólogos neoliberales de segunda, pero más allá de eso, no deja de ser lo que dice una señal de hacia dónde marchan las cosas. Después de todo, en las postrimerías del gobierno socialista de Michelle Bachelet se aprobó una legislación para privatizar espacios marinos a favor de las salmoneras, y muchos de los contenidos de los TLC firmados tanto con Estado Unidos como con la Unión Europea por países como Chile, Colombia y Perú se contempla el usufructo de lo común por medio de patentes directas e indirectas en materia de biodiversidad.[7]

Ahora bien, el punto está en que justamente por eso, en la medida en que la preocupación por lo común es una preocupación colectiva, es posible pensar que plantearse un proyecto de organización de la existencia en base a ella es hoy factible. Tenemos ante nosotros el agotamiento de lo común que se erige como problema global y colectivo, e incluso, herramientas técnicas para solucionar o avanzar en la solución de dicho agotamiento y destrucción: la cuestión está en organizarse colectivamente. Para ello, ciertamente tiene que avanzase en la crítica hacia el capitalismo, mostrar cómo a través suyo terminamos conducidos hacia un desierto de miseria y caos, cómo sus esfuerzos de solucionar sus propios desastres no sólo son hipócritas sino absurdos pues terminan profundizándolos. Pero nada de esto será suficiente sino se crea una alternativa de futuro factible, algo que no es sólo una responsabilidad de gobiernos (por más progresistas que proponga alternativas muchas de las cuales en cierto modo están implícita en la propia formulación de la problemática de lo común. Sobre este particular, es llamativo como siendo esta una época donde la utopía es desacreditada y el comunismo demonizado, el capitalismo sin embargo se haya transformado con el neoliberalismo en la más fanática, fundamentalista y furiosa de las utopías, pero por otra parte, se haya apropiado en ese proceso de los valores históricos del comunismo para usufructuarlos como hechura suya aunque en una versión limitada y sin sustancia: diluyó el internacionalismo en globalización y multiculturalidad, la democracia directa en participación, redujo la solidaridad al asistencialismo y ahora avanza sobre lo más propio del comunismo –lo común– presentándolo como capitalismo verde y desarrollo sustentable. De tal manera, tal vez no sólo sea entonces que el problema esté planteado y existan las herramientas, sino que además las consignas también están sobre la mesa solo que apropiadas, usufructuadas y travestidas, esperando por ser reapropiadas por sus legítimos dueños.

El que el Capital sea un engendro poderoso que avanza devorando y subsumiendo todo no quiere decir que sea indestructible ni ese proceso indetenible. Como dice Alain Birh[8], -aunque no lo diga exactamente en este mismo sentido- el devenir Capital del mundo atrapa a éste último y lo subsume haciéndose más fuerte, pero ese procesos es inseparable de un devenir Mundo del Capital con el cual éste se hace más inestable y frágil en la medida que se hace más dependiente de los elementos que captura. Así las cosas, aunque siempre ha sido cierto que la producción de riquezas y la generación de valor son dos procesos distintos que el capitalismo amalgama reduciendo la primera a la segunda, aunque siempre ha sido evidente el costo humano y planetario que dicha amalgama implica, aunque siempre se haya sostenido sobre la base de la explotación de unos a otros, hoy día, cuando la explotación ha dejado de ejercerse sobre una clase o sector particular para convertirse en una relación social global, cuando la brecha entre capacidad de producir riquezas y la exigencias de la lógica de la ganancia se muestra tan evidente (en el caso de las crisis alimentarias, por ejemplo, donde el problema no es la falta de alimentos sino su comercialización especulativa), pero sobre todo, cuando la amenaza que se cierne no es que unas especies o pueblos específicos puedan desaparecer sino que todos podemos de un modo u otro hacerlo, la posibilidad de torcer el rumbo tal vez es mayor pues plantear una programática colectiva amplia e inclusiva efectivamente lo es.

Decía Marx en alguna parte que la existencia de la humanidad doliente que piensa y de la humanidad pensante oprimida no puede ser ingerida ni digerida por el mundo animal del filisteísmo que sólo consume pasiva e indolentemente. En otro lado, José Saramago decía que la cuestión no estriba en optar entre el pesimismo y el optimismo sino entre si uno está de acuerdo o no con el orden actual. Max Weber -un intelectual de muchas virtudes pero del que difícilmente se pueda sospechar algún atisbo de radicalismos- dijo en alguna oportunidad que lo imposible puede no conseguirse, pero menos se conseguirá si no se lo persigue una y otra vez. Cómo se ha venido sosteniendo acá, nosotros pensamos que sobre la base de lo común puede organizarse una base programática colectiva y una nueva subjetividad política emancipatoria. Pero pensamos además que la integración regional puede brindar la plataforma articulatoria desde la cual plantearse esta posibilidad, que ayude a liberar una potencia que se proyecte regional y planetariamente implicando la creación de nuevas formas de vida y de relacionarnos con lo que nos rodea y con aquellas cosas que son fruto de nuestro intelecto y capacidades inventivas. La Nueva Arquitectura Financiera Regional, por ejemplo, puede ser algo más que un espacio de comercialización y financiamiento transparente y equilibrado entre países para devenir en un espacio al servicio del intercambio no-mercantil, de una seguridad social solidaria e igualitaria, así como de gestación de una economía colectiva no marginal, compensatoria o complementaria a la capitalista sino que crezca en sus poros como modelo alternativo de gestión basado en la propiedad común de los comunes. UNASUR, por su lado, también puede ser algo más que una valiosa pero frágil instancia dependiente de las buenas intenciones de los presidentes y amenazada por los poderes locales y transnacionales que buscan abortarla, para transformarse en un espacio de encuentro de ciudadanos y ciudadanas que devenga en una verdadera anfictionía latinoamericana y global.

Para que esto pueda ocurrir ciertamente, y con esto concluimos, nuevos saberes y prácticas tienen que emerger e incluso crearse. Aquí nos hemos limitado a exponer algunas coordenadas para una economía política de lo común que sin duda es necesaria para ello, y por otro lado, a manifestar que debe superarse la ansiedad por el presente y sobre todo por el futuro para transformarla en una práctica activa para arribar a él, no para esperarlo resignado sino para producirlo. Es posible, sí, que el futuro termine siendo un desierto de desigualdad, violencia y desesperación. Y es muy posible también que lo que hoy de forma criminal se abate sobre Haití, Irak, Colombia o Afganistán se prolongue indefinidamente, se expanda y vuelva todavía peor. Es igualmente probable que una dictadura global corporativa y biopolítica se erija mañana como una nueva Roma planetaria, conviviendo con una gran maquila extendida de subproletarización en sus provincias. Y de hecho, también es probable que fortalezas militarizadas de muros antiinmigración, control paramilitar  y armas inimaginables se levanten como espacios donde las élites mundiales se protejan de la inhabitabilidad ecológica y los pueblos barbarizados. Pero también es posible que el futuro sea otra cosa totalmente distinta: un espacio de emancipación como el Alto Perú que deliró Bolívar, como el mundo que Julius West y Williams Guest visitaron en sus sueños nocturnos, como las ciudades jardines proyectadas por Ebanezer Howard, como la Mattapoisett de donde provenían los viajeros del tiempo que visitaron a Consuelo Ramos para impulsarla a luchar por ese mañana más humano. Aunque no sean estos necesariamente los modelos, el caso es precisamente ese: que puede ser alguna de estas cosas e incluso muchas otras, porque el futuro se trata de un lugar que todavía no existe, que no está escrito en ninguna parte y del cual por tanto no podemos recibir noticias –ni buenas ni malas- sino más bien llevarlas. El futuro todavía no existe, el futuro es algo que se produce con las herramientas de hoy pensando en ese mañana.


[1] Ver: Uslar Pietri, Juan. Historia de la rebelión popular de 1814. Edime. Caracas. 1972.

[2]Todo está perdido, amigo lo que era toda nuestra confianza, helo aquí loco, está delirando“. Frase atribuida a uno de los edecanes de Bolívar.  Ver: Fuguet Borregales, Eumenes: Bolívar: El loco de Casacoima. Disponible en: http://venelib-antao.blogspot.com/2009/08/bolivar-el-loco-de-casacoima.html

[3] Jameson, Fredric. Arqueologías del futuro. Akal. España. 2009.

[4] Ver por ejemplo: Fergunson, Niall: Empire: How Britain Made the Modern World. Nueva York. Basic Boock. 2003.

[5] El más que extraordinario libro de Mike Davis. Los Holocaustos de la era victoriana tardía. El Niño, las hambrunas y la formación del tercer mundo (Universidad de Valencia. España. 2006) constituye un relato exhaustivo no sólo de lo horripilante que fue el despliegue del liberalismo económico y la mundialización capitalista empujada por Inglaterra a finales del siglo XIX para buena parte de la humanidad -se estima que perecieron unos 60 millones de personas entre 1870 y 1907, fundamentalmente campesinos e indígenas latinoamericanos, africanos y asiáticos- sino que proyecta muy bien de qué los desastres ecológicos se superponen sobre las desmanes sociales provocando verdaderos holocaustos. En los casos específicos que analiza Davis, el de las hambrunas, la clave pasa por el despojo de las tierras y de los sistemas tradicionales de alimentación que hicieron imposible para los campesinos soportar las sequías causadas por El Niño; de lo cual se deriva el segundo punto: la utilización ideológica de las tragedias naturales para ocultar las causas sociales del agravamiento de las mismas. Por este motivo, la valía del texto de Davis no es sólo histórica, pues tiene gran actualidad dada la deriva de las visiones catastrofistas asociadas al calentamiento climático y a las argumentos neomalthisianos popularizados en torno a ése tanto en el cine como en la visión de organismos internacionales, ONG, intelectuales y gobiernos. Para una reseña sobre esto último y del libro de Davis ver: Watts, Michel: Actos ignominiosos. New Left Review. Akal. Julio Agosto 2001. P: 139-153

[6] Ghersi, Enqrique. La privatización del Mar. Liberalismo.org. Disponible en: http://www.liberalismo.org/articulo/127/12/privatizacion/mar/

[7]Privatización del Mar entre gallos y temblores”. Semanario The Clinic. Chile. Disponible en: http://www.theclinic.cl/2010/03/15/privatizacion-del-mar-entre-gallos-y-temblores/. Sobre los TLC y las patentes sobre biodiversidad: Gómez Lee, Martha. Amenazas del TLC a la biodiversidad andina. Revista Oasis. Universidad Externado de Colombia. 2006-2007 N.º 102. P:367-383. Disponible en:   http://redalyc.uaemex.mx/pdf/531/53101219.pdf

[8] Birh, Alain. La problemática de la reproducción del capital en El Capital. Herramienta debate y crítica marxista. Disponible en: http://www.herramienta.com.ar/revista-herramienta-n-20/la-problematica-de-la-reproduccion-del-capital-en-el-capital

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