Noticias desde ninguna parte

Después de mucho tiempo sin escribir nada por carecer de tiempo para dedicarle al blog, quería romper la modorra sur-versiva colgando el trabajo que ganó el Concurso Internacional de Economía Política de la Universidad Popular de las Madres de Mayo. Como es un poco largo lo voy a hacer por partes, al menos tres, si alguien quiere una versión en PDF me escribe y se la mando.

El texto toca múltiples temas y tiene varios objetivos por lo cual resumirlos es complicado. Sin embargo, nace como una continuidad de mis temas de tesis sobre el riesgo, la precarización y las crisis. En este sentido, complementa lo anterior a través de un análisis de la producción social de la existencia capitalista, que es en mi criterio la única manera de plantear una crítica del capitalismo que “corra” -como diría Jeudiel- a la misma velocidad en que éste evoluciona y se despliega. Por otra parte – o a raíz de esto-, fija algunas coordenadas para una economía política de lo común que sirva como base para un proyecto de vida no-capitalista el cual pasaría, entre otras cosas, por deslastrarse de las ilusiones regulacionistas y distributivas de distinta índole -siempre incompletas, limitadas y precarias- pero también del estado de calamidad y fatalismo interminable (económico, ecológico, etc.) tan popular hoy día.

La propuesta complementaria de esta economía política de lo común es un ejercicio de descolonización del futuro como práctica de recobrar la potencia y la iniciativa de concebir formas de vida no capitalistas no como necesidad sino como práctica productivo-político. Lo común, por cierto, no debe entenderse desde el punto de vista de lo comunitario, sin que de algún modo o momento concreto y específico pueda implicarlo pero sin limitarse a ello. En cualquier caso, el tema más amplio pasa por plantear que el problema político actual no es necesariamente que nos enfrentemos a un enemigo poderoso -El Capital transnacional y sus agentes transnacionales y locales- sino la creencia de que ese enemigo es invencible y, por tanto, lo más sensato que puede hacerse es buscar formas de acomodarse a él o “retornar” después de complicados rodeos.

La conclusión de todo esto será una obra denominada El cierre que reúne la tesis: La vida precaria, riesgo regulación y crisis en el capitalismo contemporáneo. Este texto: Noticias desde ninguna parte… Y de otros más cortos llamados Una vida solitaria, pobre, primitiva, embrutecida y breve que próximamente saldrá publicado en la Revista RET del Ministerio de Ciencia y Tecnología de Venezuela y El estado de excepción económico que lo publicó la ARCIS de Chile.

Este texto tiene dos títulos: Noticias desde ninguna parte: la utopía y la integración latinoamericanas en el siglo XXI que fue con el que ganó el concurso y fue puesto para la ocasión. El segundo, que es el original y más justo, es Noticia desde ninguna parte: capitalismo centro y periferia en el siglo XXI y notas introductorias para una economía política de lo común.

Por último, el objetivo tranversal a todo esto no es sólo introducir una perspectiva “periférica” dentro de un debate universal, sino también introducir una perspectiva universal dentro de un debate regional demasiado cerrado sobre sí mismo. Les copio pues la primera parte de noticias… y luego las otras dos.

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Noticias desde ninguna parte: Capitalismo, centro y periferia en el siglo XXI y notas introductoria para una economía política de lo común. (borrador de trabajo)

“Ya que el mundo adopta un curso delirante, debemos adoptar sobre él un punto de vista delirante.”

Jean Baudrillard.

“Resultará entonces que el mundo ha soñado durante mucho tiempo con aquello de lo que sólo tenía que tener una idea clara para poseerlo realmente.”

Karl Marx.

“Entre el desprecio y la enemistad  de sus vecinos más cercanos, la acción de otros cuya solidaridad consiste en servirle de represor y policía y  el rechazo casi universal  a sus  emigrantes,  Haití “necesita”  menos  de una mala conciencia que se consuele en el asistencialismo -mientras su aislamiento y degradación se perpetúan- que un Caribe expansivo que –ya no puerto o fortaleza- se proyecte como una  fuerza planetaria y lo atraiga plenamente hacia sí, como un miembro de pleno derecho, recibiendo dignamente a su emigración y contribuyendo a las masivas inversiones que son necesarias para su reconstrucción. Una verdadera anfictionía es lo que está más allá de la administración de una emergencia interminable. Pensar en esa empresa casi imposible nos recuerda, sin embargo, que tras su catástrofe el renacimiento de Haití  como una republica nueva, una isla bienaventurada -de suceder-  se confundiría una vez más con un horizonte común y una lucha histórico-universal. Con el porvenir  de todos los hombres.”

Jeudiel Martínez.

Todos conocemos la hipótesis según la cual los terremotos pueden ser provocados con la aplicación de energía sobre la corteza terrestre. Como se recordará, la misma se hizo mundialmente conocida a comienzos de este año cuando se denunció que el llamado Proyecto HAARP[1], era utilizado por el gobierno norteamericano con propósitos muy distintos a los que oficialmente tiene (el estudio de las propiedades de la ionosfera), siendo que el terremoto haitiano de enero lo había causado éste y no, como suponíamos inicialmente, la tectónica de placas. Y es que según esta especie, a través del HAARP pueden provocarse modificaciones medioambientales que luego se expresan como desastres “naturales”, desde huracanes, inundaciones y sequías hasta terremotos superficiales pero poderosos como el de Haití. La razón para usarla contra la isla caribeña habría sido, señalaban los denunciantes, no sólo probar su uso definitivo como arma de guerra, sino crear las condiciones para invadirla con la excusa de la ayuda humanitaria de modo de valerse de su ubicación estratégica sobre el Caribe, Centro y Suramérica.

Como de seguro se recordará también esta denuncia desató toda una polémica. Sin embargo, el detonante no fue la extravagante hipótesis de los terremotos provocados -digna efectivamente de un buen relato verneano- sino la diligente reacción de las fuerzas armadas norteamericanas ante el desastre. Y es que con asombrosa capacidad operativa, al día siguiente del mismo tomaron control de la isla cerca de diez mil marines y un número no determinado de contratistas, una verdadera hazaña logística considerando los costos implicados pero también el abierto contraste con respecto a la lentitud e incluso desidia de esas mismas fuerzas armadas cuando el huracán Katrina asoló Nueva Orleans en el 2005. Tal y como se señaló, “era como si lo tuvieran todo previsto”. Sin embargo, el argumento del gobierno norteamericano fue que el despliegue había sido posible gracias a que sus unidades militares realizaban simulacros de ayuda ante la creciente amenaza de los huracanes justo en ese momento, por lo que en realidad lo que hizo fue activar un operativo que se encontraban ensayando por haber aprendido precisamente con el Katrina lo clave que resulta en momentos de catástrofes el accionar rápido. También se dijo que la acción se enmarcaba en la tradicional “solidaridad” del pueblo norteamericano para con sus vecinos, en especial los más pobres y vulnerables, por lo que cualquier especulación fuera de ese razonamiento no sólo debía considerarse absurda, sino además mal intencionada.

Pero estas “explicaciones”, sumado al hecho de que el gobierno de Washington nunca se pronunció concretamente sobre las denuncias en torno al HAARP, pero además de que en la práctica se estaba asistiendo a la evidente invasión de un país ya intervenido por una fuerza internacional, poco ayudaron a reducir las especulaciones. Adicionalmente, figuras como el Presidente venezolano Hugo Chávez, el escritor Juan Gelman y el periodista Thierry Meyssan se hicieron eco de las mismas alimentando a la polémica, en especial el primero en su calidad de Jefe de Estado. No obstante, como de costumbre, el mainstream mediático se encargó de replicar a escala planetaria la versión del gobierno de Washington dado lo cual la teoría de los terremotos provocados fue poco a poco relegada, al tiempo que sus exponentes fueron cesando en su empeño hasta que nuevos temas aparecieron y todo pasó a un segundo plano. El terremoto de Chile, poco más de un mes después, revivió la polémica pero ya sin la misma fuerza. Entre otras cosas porque el evidente problema que enfrentaba esta hipótesis era su imposibilidad de demostración, pese a que paradójicamente sobre dicha imposibilidad a la vez también recaía el secreto de su poder. De tal suerte, lo interesante y cierto es que aunque para algunos se trataba de vulgar paranoia, la posible existencia de material bélico con el que se pudiera manipular el clima o causar terremotos quedó instalado en el imaginario público global como una suerte de mito urbano, en la medida en que nadie podía dar una explicación convincente y mucho menos demostrar que fuese cierto, pero tampoco asegurar concluyentemente que fuera falso[2].

Pero si bien esta polémica hizo que el debate político se confundiera como pocas veces con la ciencia ficción, mirado dentro de un plano más amplio nos damos cuenta que no ha sido la única vez en que hipótesis absurdas terminan revelándose como ciertas, o al menos, no haber estado muy alejadas de la realidad. Recordemos sin ir tan lejos la polémica para muchos todavía no resuelta sobre el verdadero origen de los atentados del 11-S y sus principales responsables. Pero para no limitarnos a este tipo de eventos que por su propia naturaleza tienden a conducirnos a una zona aburrida y estéril donde la ausencia de pruebas hace que la crítica y la paranoia se confundan, recordemos casos más terrenales: como por ejemplo, la inexistencia de las armas de destrucción masiva con las cuales se justificó la invasión a Irak, en el sentido de que después incluso de haberse presentado pruebas gráficas de su ubicación (imágenes satelitales, datos de inteligencia, etc.) y haber acusado de “colaborar con el terrorismo internacional” a quienes dudaron de ellas, se terminó reconociendo que las mismas no existían y que tales pruebas eran inventadas, lo cual colocó inmediatamente a la invasión no sólo en situación de ilegitimidad (en la que estaba desde el principio) sino también de ilegalidad con respecto al derecho internacional promovido por los propios norteamericanos.

No obstante, tal vez el más increíble de todos los eventos que han ocurrido ante nuestros ojos en los últimos tiempos, haya sido el retorno del Estado Interventor no de mano de los socialistas y mucho menos de los comunistas y tan si quiera de los keynesianos, sino de sus declarados enemigos: los neoliberales. En efecto, hasta comienzos de 2008 nadie apostaba nada por esta idea. Todos estábamos convencidos en mayor o menor grado de que tal cosa no era posible, pues si en algo coincide lo que los neoliberales dicen sobre sí mismo con lo que el pensamiento crítico dice de ellos, es justo en el tema del desprecio que estos sienten por la intervención Estado en la economía y la creencia dogmática que profesan por la autorregulación del Mercado. Y sin embargo, la cifras fabulosas que se manejaron para los rescates bancarios y las grandes empresas e inclusive para nacionalizar instituciones hasta entonces íconos de la economía globalizada echaron por tierra todo ese convencimiento, hasta el punto de que no pocos llegaron a plantear -con exageración sólo relativa- que los gobiernos capitalistas mundiales habían devenido en socialistas por no decir populistas, un anatema que, como sabemos, tiende a reservarse para cuando esas cosas se hacen en el tercer mundo.

Ciertamente, durante estos últimos dos años nos hemos acostumbrado a la hasta no hace mucho desdeñada práctica de que los estados intervengan en la economía, con la enorme salvedad de que tales intervenciones deben hacerse siguiendo ciertos criterios. Así pues, la intervención estatal ahora no es que sea en sí misma dañina, sino que existen unas buenas y otras malas: las buenas están reservada para el sostenimiento del Gran Capital transnacional y sus instituciones (las “demasiado grandes para fracasar”). Mientras que las malas siguen siendo todas aquellas dirigidas a la protección social o laboral, tal y como lo demuestra la reciente “crisis” griega y el desmantelamiento de los últimos reductos del Estado Social europeo como resultado de la administración de la debacle financiera, pero también la crisis alimentaria mundial y la Cumbre Climática de Copenhague, en cuyos casos esos mismos estados interventores dejaron en manos de los intereses corporativos su solución y desenlace.

Así las cosas, pudiéramos por largo rato continuar el ejercicio de enriquecer esta lista de cosas imposibles y/o absurdas que en los últimos años se hicieron realidad. Pero para no extraviarnos en nuestro tema, concentrémonos rápidamente en establecer algo más productivo: qué pudieran tener en común estos casos, es decir, verificar si existe algún tipo de vínculos entre ellos o si, por el contrario, deben considerarse como cuestiones aisladas. Pero además determinar si es posible que señalen alguna tendencia o directriz del mundo actual, y por lo tanto, saber si su revisión puede brindarnos datos importantes sobre nuestro presente y especialmente sobre nuestro futuro. Sin embargo, antes de entrar en este punto, nos gustaría señalar un aspecto que nos será útil para más adelante, pero que quizás sería bueno introducir aquí ya que nos permite tener de entrada una perspectiva más amplia de nuestra problemática. Y es que la lógica incredulidad generada por la realización de dichos eventos sólo es comparable en su magnitud con la resignación con la cual asistimos a ellos. Es decir, más allá de la indignación privada e incluso las protestas públicas que se hayan podido realizar, todo estas cosas suceden dentro de un ambiente de tal impunidad, indolencia e impotencia sociales que hacen predecible el que sigan ocurriendo. Pero a partir del cual se hace posible pensar también –lo que sin duda es más grave y complejo- que las mismas se erigen como eventos-señales de un fatalismo secular o de nuevo tipo donde para el colectivo ya no es un orden sobrenatural o divino el que marca inexorablemente el destino sino un estado de cosas a-histórico e inmutable, de horizontalidad sin horizonte, donde nada parece mejorar sino empeorar, o en realidad, donde lo único que acontece son nuevos y variados accidentes y desastres cada cual peor que el anterior (un nuevo derrame petrolero, una nueva epidemia, un nuevo desastre natural, una nueva crisis…) sin que pueda hacerse nada o casi nada al respecto.

Un estado emergencia interminable.

Lo primero que llama la atención de este tipo de eventos es, precisamente, la virulencia con que se producen. Es decir, en especial considerando que vivimos en unos tiempos en los que nos ufanamos de nuestras posibilidades democráticas de elegir, todo esto sin embargo acontece de facto, por la vía de la excepción no decretada, de la emergencia permanente, de la fatalidad pura: Haití nunca solicitó la ayuda norteamericana. Nadie consultó a los norteamericanos si los bancos debían salvarse con sus impuestos (mientras perdían sus viviendas sin poder hacer nada). La “comunidad internacional” -y mucho menos los iraquíes- nunca votó a favor o en contra de la invasión a Irak. La firma del acuerdo de Copenhague se hizo a espaldas del debate plenario, y así sucesivamente. Lo segundo llamativo, lo cual en cierto modo está implícito en lo anterior, es que todo esto se hace sin embargo en nombre del colectivo, para proteger los intereses de todos, pero principalmente para beneficiar a quienes no obstante a la larga terminan siendo los principales perjudicados: los haitianos “aceptan” la intervención pues se hace por su propio bien. Los griegos y españoles renuncian a sus sueldos e hipotecan sus servicios públicos por su propio bien. Los trabajadores y jubilados chilenos ven esfumarse sus prestaciones por su propio bien. Los iraquíes y los afganos soportan estoicamente la devastación de su país pues se hace por su propio bien. Los campesinos colombianos la política de tierra arrasada de su gobierno porque, después de todo, y aunque inmediatamente no lo parezca, se hace por su propio bien, ni hablar de los palestinos. De tal manera, aunque resulte evidente que los beneficiarios son otros e impliquen prácticas abiertamente criminales (tortura, bombardeo indiscriminado con armas prohibidas, secuestros y ajusticiamientos, paramilitarismo legalizado, corrupción, usura, etc.), a la final resulta que todas estas cosas se hacen pensando en sus principales perjudicados. Nadie les preguntó si querían o no esas medidas que a todas luces han resultado peor remedio que la enfermedad que pretendían curar, pero… ¡no importa!, lo que importa es que estaban “preñadas de buenas intenciones” que era por ellos, así no lo entiendan o alcancen siquiera a darse cuenta. De tal suerte, es probable que en algún momento a alguien se le haya ocurrido que inventar y utilizar un arma sísmica era un buen aporte para la humanidad, por lo cual la discusión se reduciría a saber si se ha logrado desarrollar la tecnología para ello y no cuán ético, siniestro y perjudicial pudiera resultarle a esa misma humanidad tal idea.

El tercer aspecto que nos gustaría destacar es la estrecha relación que todas estas cosas mantienen con imperativos o intereses económicos. Ciertamente, tanto Naomi Klein como David Harvey han señalado los profundos lazos que unen a las actividades capitalistas con la violencia a través de los conceptos de capitalismo del desastre y acumulación por desposesión[3], si bien este lazo había sido develado por Marx y sobre él insistieron poco después Rosa Luxemburgo y Schumpeter[4]. En cualquier caso, lo importante por ahora es destacar que gracias al enfoque de estos dos autores la era neoliberal puede caracterizarse como la de un gran ejercicio de “destrucción creativa” –como diría Harvey citando a Schumpeter- dentro del cual las prácticas primitivas de la acumulación originaria han sido reactualizadas a través de la desposesión masiva de los bienes públicos y comunes globales, e inclusive, donde la destrucción natural es capitalizada sino provocada en la medida que el shock que produce facilita a los apóstoles del neoliberalismo realizar “cambios verdaderos” que, en condiciones de “tabula rasa”, permitan “que lo políticamente imposible (para el mercado) se vuelva políticamente inevitable[5]. O en un sentido más general, hagan que “como un buldózer gigante” el Capital vaya “despejando el terreno” para brindarse a sí mismo oportunidades de inversión “jamás soñada” y así en más nuevos comienzos.[6]

A través de la conjunción de estos tres aspecto –excepción no decretada, estado de calamidad permanente y motivaciones capitalistas- pensamos que puede establecerse una tríada analítica con la cual comenzar comprender la ocurrencia y recurrencia de varios acontecimientos y procesos desastrosos, violentos e incluso crueles de los que en la  actualidad o bien somos testigos o bien padecemos directamente. Y además, en lo que aquí nos concierne, delinear algunos escenarios sobre los cuales pudiera leerse la suerte de las iniciativas integracionistas actualmente impulsadas en nuestro continente. No obstante, en el entendido que no es éste el espacio para desarrollar esta cuestión con la profundidad que se merece, quisiéramos centrarnos en el punto de las motivaciones capitalistas (sin que esto suponga abandonar los otros dos), haciendo especial énfasis en los objetivos o cosas concretas sobre las cuales parecieran marchar dichas motivaciones.


[1] HAARP: High Frequency Active Auroral Research ProgramPrograma de Investigación de Aurora Activa de Alta Frecuencia.

[2] Para una reseña más amplia del tema ver: Meyssan, Thierry. Haití y el armamento sísmico de los Estados Unidos. Red Voltaire. 25 de enero de 2010. Disponible en: http://www.voltairenet.org/article163722.html

[3] Klein, Naomi. La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Paidós. Argentina. 2007. Harvey, David. El Nuevo Imperialismo. Akal. España. 2004.  607-649.

[4] Marx, K. La llamada acumulación originaria. En: El Capital. Tomo I. FCE. México. 2006. P: 607-649; Luxemburgo, Rosa. Las condiciones históricas de la acumulación. En: La Acumulación del capital. Grijalbo. México. 1967; Schumpeter, Joseph A. Teoría del Desenvolvimiento Económico. FCE. México. 1997.

[5] Klein, N. La doctrina del shock. P: 27

[6] Ibíd. P: 503.

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2 Respuestas a “Noticias desde ninguna parte

  1. Me parece muy productivo enfoque: abrir los ojos significa ir poniendo nombres a las cosas que pasan frente a nuestras narices y que nos atrevemos a pensar y menos a denominar. Y un camino es ir reflotando nombres antiguos enterrados, resignificarlos porque estan mas vigentes que nunca. Valiente enfoque me parece.

  2. Pingback: La demolición experta del mundo. A propósito de las razones “económicas” de la invasión a Siria. | sur-versión·

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