Colombia o la política de lo peor.

Tal y como lo demuestran los hechos, allí donde los Estados Unidos intervienen para resolver algún problema (narcotráfico, guerrilla, etc.) las cosas no sólo no mejoran, sino que empeoran dramáticamente.

El mejor ejemplo de ello actualmente es desde luego Irak, donde no sólo la democracia no se ha restaurado sino que todas y cada una de las cosas que dijeron que iban a evitar se complicaron, todo sobre el tormento cotidiano de su población y el saqueo de recursos sin disimulo. Afganistán es otro buen ejemplo y sin duda el Oriente Medio especialmente Palestina. Pero también desde que colaboran con México en la lucha contra la violencia de los carteles, estos no sólo se han fortalecido sino expandido a otros países centroamericanos e incluso amenazan al gobierno central con mucha fortaleza y eficacia. Ni qué decir del tema de Haití donde la invasión militar -disfrazada de ayuda humanitaria- en nada ha ayudado a los haitianos y de hecho torpedeó los esfuerzos de otros organismos y países.

En virtud de todas estas cosas, habría que asumir que la estrategia norteamericana –o al menos sus ejecutores- es bastante torpe. No resuelven que lo que dicen que van a resolver pero además crean problemas nuevos y peores. Esto además puede interpretarse como un gesto de debilidad en su poderío mundial, pues pese a sus mejores esfuerzos no conseguirían reafirmar o al menos sostener su hegemonía mundial. Sin embargo, todo esto último contrasta con la tendencia al aumento de las intervenciones, es decir, con la ratificación de la misma política y prácticamente con los mismos actores que ha causado todos esos desastres, todo lo cual llevaría decir que los dirigentes de la principal o única potencia militar y política mundial son todavía más torpes de lo que pensábamos, o que están atrapados en su propia decadencia como todo imperio en retirada que se vuelve más peligroso en la medida que se va debilitando.

Pero también es posible pensar algo muy distinto, algo que puede parecer obvio cuando se dice pero que en realidad no lo es tanto, pese a que las evidencias de ello no son pocas. Y es que muy probablemente el interés no sólo no sea resolver algún problema sino más bien complicarlos y crear nuevos, y que mientras peor anden las cosas en realidad mejor andan. Esto no exclusivamente  por las razones inmediatas de la industria militar y paramilitar asociada a la guerra como inversión, ni tampoco exclusivamente por el control y saqueo de los recursos naturales y energéticos, sino por la puesta en práctica de toda una política de extreme makeover cuyo requisito previo –tal y como vemos en los realitys– es una buena destrucción previa.

Pero tal vez hay otro interés adicional, y que viene muy al caso de la crisis entre Venezuela y Colombia. Y es la cuestión de cómo se utilizan las crisis en determinadas circunstancias como instrumentos para golpear terceros objetivos que no resultan inmediatos, algo en lo que los norteamericanos se han vuelto muy expertos. En este caso, más que Venezuela, o más bien a través de Venezuela, los objetivos reales quizás siguen siendo los mismos de cada ocasión en los que la Colombia de Uribe exporta su conflicto: la UNASUR, La OEA y Brasil.

Como se recordará, el bombardeo a Ecuador fe en vísperas de la primera Cumbre de la UNASUR en Brasil, motivo por el cual lo que pudo haber sido un gesto fundacional mucho más radical terminó convertido en un escenario de dimes y diretes entre los presidentes involucrados, donde finalmente lo único que ocurrió fue que Colombia pudo salir sin consecuencias de una acción que en otras condiciones y con otros actores hubiese sido motivo de cosas mucho mayores. Lo mismo pasó ante de la Cumbre de Bariloche donde de nuevo escaló el conflicto colombiano esta vez con Venezuela directamente como protagonista. Y todos sabemos en lo que terminó convertida la OEA (ni qué decir el ALBA) después del golpe de estado en Honduras. En cuanto a Brasil, es claro para los norteamericano que si algún país de la región es una amenaza para su hegemonía local es sin duda el gigante do sur, el cual también salió bastante desbaratado de la crisis de Honduras y ahora apuesta grande fuera de nuestras fronteras con el tema Irán, motivo por el cual capaz le están devolviendo la pelota.

Mientras tanto, a lo interno de Colombia las peleas tampoco son pocas. Claramente Santos no es mejor ni mucho menos que Uribe, pero lo que sí tiene Santos más que Uribe son intereses económicos muy grandes que se ven afectado por la no firma del TLC, dado lo cual tiene suficientes motivos como para buscar una línea conciliadora con sus vecinos en la medida que los industriales colombianos necesitan salida para sus productos. El negocio de la guerra ha sido muy bueno para ellos porque le ha permitido limpiar el terreno, apropiarse de bienes públicos y comunales y domesticar los conflictos laborales, pero no lo suficiente como para tener un mercado interno grande que les permita sostenerse por sí mismos (de hecho, la misma política ha conspirado contra eso). Así pues, habría que ver cómo resuelven internamente los colombianos el impasse circunstancial de los intereses económicos con los bélicos y qué tanto margen de maniobra tienen para hacerlo.

Mientras tanto también, es evidente que si a un país no le conviene que las FARC desaparezcan es a los propios Estados Unidos, así como no le interesa que desaparezcan los carteles mexicanos, las maras centroamericanas o los “fundamentalista” de Irak y Afganistán. En parte tal vez sin querer, en parte por sus propias torpezas y quién sabe si por cuál razón más, las FARC han devenido en el principal aliado norteamericano de la región, en los Osama bin Laden tropicales, en la excusa perfecta para que empeoren todavía más las cosas. Esto no quiere decir que, como señalan los medios de derecha, que las FARC y Al Qaeda y las maras sean lo mismo, ni tampoco que deban desmovilizarse y entregarse, pero es claro que su “estrategia” actual no sólo tampoco en nada ayuda, sino que incluso complican todavía más las cosas tanto para la movilización popular en Colombia como en el resto de Latinoamérica.

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3 Respuestas a “Colombia o la política de lo peor.

  1. He recordado varias veces la ocasión en la que dijiste con relación a las FARC, algo así como que “en nada ayudan esas grotescas (por llamarlas de algún modo) que le ponen a sus prisioneros”.Tenías razón. No joda yo creo que si alguna torpeza han cometido las FARC, es mostrar a sus prisioneros así ante las cámaras.

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