El riesgo griego país (III): Contra la normalización del despojo.

Aunque el funcionamiento de los mercados financieros parece bastante imprevisible y sumamente complejo en realidad su lógica es bastante simple: consiste en lo fundamental en volcarse en la búsqueda de los mayores rendimientos, en el entendido que esta búsqueda entre los operadores, es decir, los inversionistas, no ocurre de forma virtuosa sino que se produce en condiciones de feroz competencia.

Si uno logra tener esto presente es más sencillo entender todo lo demás, y sobre todo es más fácil entender por qué se generan tantas crisis si bien pareciera que nadie quiere que ocurran.

Según el sentido común sobre el funcionamiento de los mercados financieros, se supone algo así como que los inversionistas son unos tipos en los cuales, en primer lugar, coincide la voluntad de hacer negocios con la de participar del desarrollo de un país o región; pero además que son muy recelosos con el destino de sus inversiones, porque naturalmente tampoco es cosa que tengan pérdidas mientras motorizan las economías nacionales. Así las cosas, el “riesgo país” funciona como un indicador que les permite orientarse sobre este tipo de peligros, en la medida que las calificadoras de riesgo (instituciones que por derecho propio cumplen esta función), les indican con él en dónde y en qué momento es mejor invertir, dónde hay mejores oportunidades de negocios y dónde no, etc. Como todos sabemos, un riesgo país alto significa que el país es riesgoso para invertir mientras que uno bajo significa lo contrario. Lo mismo pasa con la clasificación de las deudas: un país +AAA es buen pagador, uno BBB ya es un problema serio y CCC es un desastre. En esta medida, en el caso de los países deudores lógicamente estos tratan de obtener las mejores clasificaciones, no tanto porque es más probable que le presten sino porque tendrán que pagar menores intereses por esos prestamos. En el caso de los prestamistas en principio se supone lo mismo, pues se sobreentiende que lo primero que quieren es no perder su inversión, es decir, que le regresen su dinero. Pero es aquí donde todo empieza justamente a dejar de parecer lo que parece y entramos en el funcionamiento real de las cosas, pues a un inversionista en realidad le conviene una calificación negativa y no, como solemos creer, positiva, y es eso lo que estamos observando precisamente ahora en torno a la situación griega.

Sobre el tema de la especulación financiera lo primero que habría que decir es que esta no es un accidente, un exceso o locura de los mercados, sino que es su forma normal de trabajar, su tendencia natural, su estado cuerdo. Es por esto que todo el debate sobre la regulación de los mercados finalmente se reduce en una sola frase: no tiene ningún sentido, pues en última instancia cualquier norma chocará con las ganancias y deberá ser reemplazada o flexibilizada para que siga habiendo capitalismo. En el caso de las deudas y del riesgo país, todos sabemos que mayores riesgo implican mayores posibilidades de que una inversión no retorne, pero también significa que el retorno (la ganancia) de esa inversión será mayor pues “el premio a la espera” expresado en intereses y penalizaciones serán mayores. De tal suerte, en el caso que ocupa los inversionistas saben que de un modo o de otro Grecia deberá pagar pues, como se dice, en su situación lo único peor a arrodillarse ante los inversionistas es no hacerlo. Sin embargo, a lo que aspiran es a que dicho retorno sea el más alto posible y de allí se genera una situación de profecía autocumplida: volcándose en la búsqueda de lo más rentable se destabilizan primero los mercados y luego se castiga a los deudores por dicha desestabilización. ¿Cómo se destabilizan? Como en el cuento de García Márquez: se hacen correr rumores, se cometen “errores”, se retiran las inversiones y se llevan a otros sitios más seguros, lo cual obliga a los gobiernos a ofrecer mayores garantías, es decir, a hacer mayores ajustes sobre sus poblaciones.

En esta medida, si la solidaridad internacional no fuera suficiente para ello, la actual situación de Grecia debería suscitar un mayor interés entre nosotros no porque estén padeciendo cosas que ya hemos padecido, sino por la forma en que lo están padeciendo y por la tendencia que eso señala. Para decirlo de una vez: no es que el capitalismo mundial lo que está en crisis, lo que ocurre es que en la medida en que el capital global en su autorrealización logra cada vez más ajustar los mercados a su conveniencia, tanto más se endurecen sus contradicciones y, como señala entre otros Husson, tanta más grande son la regresiones sociales que se generan sin compensación ni contrapartida, todo lo cual ocurre en un marco general de indolencia y cotidianidad que lo hace más terrible.

Y es que este ajuste desata ciertamente (no puede ser de otro modo) una competencia mundial entre las agencias capitalistas (fusiones, compras, quiebras, etc., en medio de las turbulencias antes aludidas) pero también conflictos geopolíticos (USA y UE, por ejemplo) y sociales. Con respecto al segundo punto, el Euro es el principal objetivo de los norteamericanos y por tanto defenderlo el principal de los europeos, una batalla que está abierta y que hace presagiar la extensión de la “tragedia griega”. Y con respecto al último, es interesante será saber hasta qué punto el despojo capitalista podrá seguir efectuándose en democracia en la medida que el mismo deberá radicalizarse dadas sus condiciones actuales de realización, todo lo cual en cierto modo es una cuestión formalista pues el estado de excepción ya opera de hecho. En este sentido, y para cerrar, no estamos en vías de una nueva crisis: estamos en medio de una de la cual no hemos salido, pero que no es del Capital sino social, que no se produce por la decadencia del capitalismo sino por su funcionamiento tal cual es sin más, y cuyo obstáculo obstáculo de realización es aquello mismo que a su vez es su única forma de realización, es decir, nosotros mismos.

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