El riesgo griego país.

Según un conocido chiste, dios creó a los economistas para qué, en comparación, los anuncios de los pronosticadores del clima parecieran acertados. Y aunque hoy día, en honor a la verdad, todo lo del cambio climático complica el sentido de la burla, el espíritu de la misma puede sin embargo recoger aún la sensación general con respecto a las radicales diferencias que suelen haber entre las perspectivas económicas y lo que finalmente termina resultando en la práctica. Antes de la reciente crisis de las hipotecas, por ejemplo, las proyecciones eran bastante buenas en términos generales: se hablaba de un progresivo crecimiento mundial apuntalado por la “locomotora” china, pero más aún se sostenía que el mismo era especialmente positivo en el caso de los denominados países emergentes, creencia que llegó a su climax con la denominada “teoría del desacople”. Los resultados están a la vista. Pero luego de la mencionada crisis las proyecciones no han corrido mejor suerte: ni cayó el sistema capitalista como muchos predijeron pero tampoco ha mejorado como lo hicieron otros. China recuperó su senda de crecimiento pero sin que esto se traduzca necesariamente en una mejora del comercio internacional. Países supuestamente “vacunados” contra las turbulencia externas demostraron no estarlo tanto, mientras que otros más expuestos resistieron mejor. Se ha propuesto una reforma del sistema financiero mundial en la cual no se ha avanzado prácticamente nada, mientras que la especulación en los mercados recupera su paso. La supremacía del dólar no se ha debilitado, el otrora condenado a desaparecer FMI ha recobrado protagonismo y así sucesivamente.

Lo que todo lo anterior demuestra es que las cosas, como siempre, son mucho más complejas de lo que parecen, entre otros asuntos porque se suelen subestimar variables políticas cuando se hacen proyecciones económicas, lo cual también funciona en sentido contrario. El drama (entre otros) de la teoría del desacople en este sentido, es haber subestimado el papel de las potencias económicas en el comercio internacional en la medida que su hegemonía no es sólo una cuestión de política económica sino de economía política y más aún de geopolítica, a la vez de querer entender el comercio internacional en términos puramente nacionales.

Hay razones de forma y de fondo para que esto funcione así. Las de forma suelen estar referidas a posturas tomadas, al ánimo de repetir consignas o a la mediocridad. Las de fondo más bien a supuestos que por lo general se arrastran sin mayor conciencia de ellos. Por ejemplo: sobre el origen y significado de las crisis o sobre la vinculación entre “economía” y “sociedad”, etc. Pero desde el descalabro de las hipotecas se ha repetido mucho un clisé analítico que tiene un poco de todas las anteriores: el de la lectura del mismo como crisis financiera, lo cual la situación actual de Grecia viene definitivamente a derrumbar.

Lo Grecia por lo demás es bastante particular: Grecia, junto a Portugal, Irlanda y España forma lo que la prensa especializada llama ahora “PIGS”, por la ordenación bastante denotativa de sus siglas en inglés (sobre esto, ver la excelente nota de Ricardo Aronskind en Página 12): un conjunto de países de la periferia europea comprometidos fiscalmente por la crisis (a los cuales se le pueden sumar Islandia y Hungría). Lo llamativo del tema es que, como se explica en la nota antes aludida, su condición periférica y de recién llegados le permite a la prensa financiera desempolvar todos los prejuicios idiosincrático existentes en relación a dichos países para fundamentar sus “análisis”, pero aún más interesante resulta que, cifra contra cifras, estos “PIGS” en materia de contracción económica, desempleo, endeudamiento externo e interno, déficit público, o magnitud de la burbuja inmobiliaria, no están sustancialmente peores que países como Gran Bretaña y mucho menos los Estados Unidos. Todo lo cual dice por su puesto del doble rasero que suele haber en estos casos, pero sobre todo es un indicador claro de lo extendido de un problema que busca solución.

Aunque el tamaño económico de Grecia no es tan amenazador como para desencadenar una nueva crisis global por sí misma, lo que complica el panorama es su vinculación dentro de abanico mucho más grande de la UE. El tema importante en este caso es quién, definitivamente, va a pagar la crisis. Pese a todo el coste interno, los Estados unidos ha sabido amortiguar el peso exportando el impacto de la misma a través de su política monetaria, siendo precisamente la Unión Europea uno de los principales perjudicados. Países como Francia y Alemania que han sentido fuertemente el impacto se encuentran en la disyuntiva de ayudar o no a Grecia, pues cualquiera de las dos opciones compromete sus debilitadas economías al tiempo que preocupa a los electorados, que lo sentirán o bien a través de su impacto sobre el Euro o bien por las consecuencias sociales de no ayudar siendo la que más los preocupa, por supuesto, las migraciones de muchos griegos en busca de trabajo. En cualquier caso, lo que ha impulsado a estos gobierno a aflojar el plan de rescate por 110.000 millones de dólares, en definitiva ha sido el temor de que el peligro se extienda a otros países en similar posición (los restantes PIGS antes aludidos) con resultados difíciles de prever. A cambios de esto, sin embargo, y como era de esperarse en la medida que Grecia no tiene a quién “exportarle” su crisis, el gobierno del primer ministro George Papandreu se comprometió a un plan de ajuste que lleve a reducir su déficit público cercano al 14 por ciento a un 8,1% este año mediante la imposición de recortes incluso más fuertes a los ya efectuados a los salarios del sector público, reducción de las pensiones y un aumento del 2% en impuestos regresivos como el IVA que lo colocará en un 23% del total de los precios ya de por sí bastante inflados.

El asunto está precisamente en esto último: en las condiciones actuales, tranquilizar los mercados supone derivar a través de la desposesión colectiva recursos de la calle a las instituciones financieras en una suerte de keynesianismo del siglo XXI: no se trata de distribuir “hacia abajo”, sino “hacia arriba”. Pero más aún que en esas mismas condiciones el salvataje griego (más allá de todo lo que les tocará sufrir) significa correr un poco más la arruga de realización de Capital que es en el fondo donde se haya el problema económico actual. Así las cosas, el tema con Grecia no es tanto lo que ella implica (que ya es mucho) sino lo que significa: una perversa y ya conocida por prácticamente todos los países periféricos dinámica de acumulación por desposesión (a través de impuestos, ajustes salariales, recortes presupuestarios, inflación, privatizaciones, etc.) impuesta como “solución” ante un problema sistémico que, en la medida que no se afronta en sus causas reales, se convierte en un peligro más grave para todos que en cualquier momento, más temprano que tarde, volverá a estallar.

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