Sobre las crisis en general y las ecológicas en particular.

Veamos el siguiente gráfico:

En esta lámina se puede observar la relación histórica de la que tanto se ha escrito a propósito de los períodos de auge y depresión que suelen sucederse en el capitalismo mundial. Si pudiéramos observar un eje similar unos cien años más atrás (como de hecho se puede si se consulta el texto de Wonnacot y Wonnacott donde se encuentra éste) nos daríamos cuenta de lo mismo, al igual que si alargamos la secuencia hasta nuestros días sumándole las crisis asiáticas o la de las punto.com (entre varias otras) hasta llegar a la de las subprime a finales de 2007 y principios de 2008. El otro fenómeno que se puede observar  y sobre el que se ha escrito también, es el papel histórico que han jugado las guerras en esta dinámica. Como se puede ver, los auges y las depresiones más importantes han estado acompañadas por conflictos bélicos de  importancia equivalente, lo cual señala un patrón histórico bastante claro que, por tanto, se haya muy lejos de la casualidad.

Con respecto a este último punto, tradicionalmente se suele decir que las guerras o en especial la maquinaria bélica mundial (la norteamericana sobre todo) cumplen un papel activador en la economía en la medida de las inversiones que requieren para mantenerse operativas, así como por toda una industria ligada a los servicios y las innovaciones tecnológicas que suele motorizar y cuyo provecho suele trascender el hecho bélico. Y si bien esto es totalmente cierto, sobre lo que no se suele insistir tanto es en el puramente destructivo pero igualmente importante papel desde el punto de vista económico de las mismas. En este caso, las guerras cumplen no solamente su papel geopolítico con respecto a los juegos de hegemonía mundial o regionales, de apertura violenta de mercados o de consolidación como un mercado en sí mismas, sino un papel igualmente activo como garantes de un tipo de destrucción necesaria y funcional (“creativa”, como diría Shumpeter) que es la que nos interesa destacar de modo de intentar explicar algunas cosas sobre los escenarios que se nos plantean actualmente en el marco del capitalismo contemporáneo.


Crisis sobre crisis.

Como todos sabemos, la crisis que desde mediados de los 2007 y hasta la fecha se ha desatado en la economía mundial ha puesto sobre la mesa tanto una serie bastante diversa de interpretaciones sobre sus causas como de planteamientos sobre sus posibles efectos. Con respecto a lo primero, la explicación más popular –tanto en sus versiones de izquierda como de derecha- han hecho de la misma una “crisis financiera”, basado fundamentalmente en que el derrape comenzó con el estallido de la burbuja inmobiliaria, las hipotecas subprime y todos los derivados financieros que se produjeron en el seno de un mercado carente de regulaciones. Con respecto a lo segundo, las hipótesis son por su puesto mucho más variadas, y van desde el “ya lo más grave pasó” hasta los señalamientos sobre el fin del sistema capitalista. En medio de ambos escenarios, todos los gobiernos mundiales han tenido que ajustar sus proyecciones y tomar medidas para enfrentar la crisis. Al igual que lo han hecho los principales agentes del capitalismo mundial (transnacionales, fondos de inversión, etc.) y si se quiere casi cualquier persona. Unos han ajustados su presupuestos o tomado medidas anti-cíclicas, otros han “desaparecido” del escenario (los bancos de inversión) mientras que otros tantos han aprovechado el momento para adquirir bienes (acciones, instituciones) devaluados y concentrar por tanto más capital y poder.

Paralelo a todas estas turbulencias de la economía global, otros fenómenos se han presentado en los últimos tiempos los cuales han colaborado en imprimirle al momento histórico actual un tono catastrofista e incluso apocalíptico. Un poco antes de la crisis de las hipotecas fue la de los alimentos. Mientras se vivía el peak de la turbulencia financiera se desató la epidemia de gripe porcina, todo lo cual ha profundizado el desempleo, la pobreza y la violencia, pero de lejos lo que más angustia a todos es la eventualidad de una crisis ecológica de la que ya estamos padeciendo efectos. A este respecto, todo el mundo sensibilizado repite más o menos el mismo estribillo: los patrones de producción y consumo actuales, la profundidad de la “huella” del hombre sobre la “madre naturaleza” no puede seguir manteniéndose por mucho más tiempo, pues por el contrario la vida sobre el planeta ya no estará garantizada. Lo que difiere en este caso un poco al revés del anterior, son las “causas estructurales” que se esgrimen para justificar todo esto: unos culpan al capitalismo, otros al antropocentrismo, otros a la simple negligencia, están los que optan por todas las anteriores y los que lo hacen por razones religiosas y milenaristas. Pero también y como consecuencia hay enorme diferencias con respecto a las medidas a tomar: ¿cambiar el sistema? ¿regular mejor? ¿consumir “verde”? ¿una profunda toma de conciencia planetaria?, ¿arrepentirse? ¿todas las anteriores? ¿ninguna? Así las cosas, en realidad, seguimos avanzando sin saber bien qué hacer, alarmados con o sin razón ante cada nueva eventualidad y un poco como resignados a que en cualquier momento, cualquiera sean las causas, todo se va ir definitivamente a la mierda, así cada tanto depositemos nuestras esperanzas en que en lugares como Cochabamba, Copenhague o la próxima cumbre que venga, se encontrarán soluciones.

Aunque yo tampoco se qué es lo que hay que hacer, creo que un principio de acción es tener conciencia clara de cuáles son nuestro problemas reales y cuáles no. Pero además dimensionar lo mejor posible dichos problemas reales y, nada como la historia, para ayudar en este propósito.  En este sentido, con respecto al tema apocalíptico por ejemplo, no es un tema menor cómo es éste algo que retorna cada cierto tiempo. Entre 1983 y 1986, por ejemplo, mucha gente estaba convencida que el mundo se iba a acabar. Hasta libros se escribieron sobre ello: “la gran catástrofe de 1983”, por citar uno, donde se decía que la conjunción de unos planetas amenazaba nuestra supervivencia, lo mismo que se dijo del paso del cometa Halley. Pero en 1910 también se pensó lo mismo con este cometa, al igual que en los años 20 europeos luego primera guerra mundial, la revolución rusa y la peste de gripe española, una variante de la H1N1 que mató cerca de 50 millones de personas. Luego, en los años 30 norteamericanos (posteriores al crack del 29) ocurrió otro tanto, y por su puesto también luego de la segunda guerra mundial y más tarde en los años 70 (de donde vienen las primeras películas catastrofistas de público masivo) y, como ya se mencionó, en los años 80, donde al tema de los planetas y cometas se le sumó la crisis de la deuda, la del Petróleo, la hambruna en África, guerras y terremotos en todas partes, la aparición del SIDA, de las vacas locas, los primeros síntomas del cambio climático y desastres como el de Chernobil y el Exxon Valdes. Al igual que hoy en todos esos  momentos no eran pocos los convencidos que al mundo le había llegado la hora, los que apelaron a la profecías de Nostradamus o cualquier cosa semejante buscando respuesta o confirmando sus temores, los que procuraron protección en religiones de todo tipo e incluso en refugios bajo tierra, los que se suicidaron en colectivo o en soledad, los que finalmente dejaron que todo ocurriera pues ya no había remedio y los que nada le importó.

Es en este punto que volver al cuadro inicial tiene sentido. Y es que si se revisan las fechas, cada uno de estos momentos coincide con la secuencia de crisis allí aludidas. En esta medida, sin embargo, no se trata de hacer los reduccionismos de costumbre ni de establecer una dinámica recurrente donde no hay nada nuevo bajo el sol, sino más bien ampliar la perspectiva de nuestros análisis para determinar qué es exactamente lo nuevo y cómo se presenta lo cíclico capitalista así como sus relaciones con otros fenómenos actuales.

Como decíamos al inicio, el tema de las guerras señala no sólo el desarrollo de una industria armamentista que es un gran y dinámico negocio en sí mismo además de la garantía de mantenimiento de la hegemonía norteamericana mundial, sino que está relacionada con un factor muy importante dentro de este juego recurrente de crisis y bonanzas al cual podemos darle el shumpetereano nombre de “destrucción creativa”. En este caso, y para resumir, el asunto sería que cada cierto tiempo el capitalismo histórico afronta períodos de “crisis” donde su capacidad choca con sus posibilidades de realización, de manera tal que las tasas globales de ganancia se disminuyen y por lo tanto se contrae, por lo cual se hace necesario destruir Capital. De tal suerte, si bien cada período de crisis requiere su propio análisis el cual no siempre responde a este mismo esquema, como tendencia es este un fenómeno que se viene presentando desde hace un tiempo y que por tanto busca vías de solución. La crisis de finales del siglo XIX encontró, luego del período eduardiano (la Belle Epoque) un principio de solución en la primera guerra mundial además del paso de la dinámica capitalista de Inglaterra a USA. La crisis de los años treinta, antecedida por los “dorados veinte”, encontró solución con la segunda. Sin embargo, el período de los “treinta gloriosos” posteriores a la segunda guerra mundial y pese a todas las transformaciones provocadas y conflictos parecieran no haber podido encontrar un camino equivalente. En este período la “destrucción creativa” dio pasó más bien de una profunda “acumulación por desposesión” (Harvey) de la manos de las privatizaciones masivas, la profundización de las relaciones capitalistas y la mercantilización de áreas hasta entonces no mercantiles. Pero especialmente y sobre todo a través del desarrollo del sistema financiero tanto como aparato comunicante (y de posibilidad) del capitalismo global, como de realización de las tasas de ganancia por la vía de la especulación y la generación de capital ficticio.

Pese a que desde los años 80 las tasas de ganancia globales se han recuperado en períodos específicos (las privatizaciones de comienzo de los 90, el boom de las punto.com, las burbujas inmobiliarias, etc.), es un hecho que en el largo plazo la misma no se ha llegado a su nivel óptimo. Y tal vez la razón de esto sea precisamente que la función reguladora de las crisis, recuperar dicho equilibrio mediante la desvalorización o destrucción masiva del capital existente para que así se cree la posibilidad de un nuevo salto hacia la concentración y centralización de capital nuevo, no se ha efectuado del todo. El que esto no haya ocurrido tiene que ver con muchas cosas, pero especialmente con razones políticas más que económicas. El mundo no sólo ha evitado caer en un nuevo evento bélico masivo, sino que los gobiernos han evitado también repetir el desastre social de los años treinta por lo cual han administrado políticamente el impacto de las crisis a través de los salvatajes y descargándolo fuera de sus fronteras. Todo esto ha evitado ciertamente la ocurrencia de desastres mayores, pero en el fondo no ha solucionado el problema sino que lo ha complicado al correrlo en el tiempo. Descargar fronteras afuera cada vez es más difícil, el sistema financiero se sostiene gracias a recursos público lo cual ha implicado un endeudamiento masivo de los estados prestamistas (lo cual prefigura una nueva crisis mucho más temprano que tarde), el desempleo ha aumentado, la pobreza también y con la notable excepción de China las economías están prácticamente detenidas. Si a eso le sumamos el problema ecológico, cuesta pensar que la solución sea un industrialismo a escala masiva como en antaño pues simplemente la tierra no da para eso. Así las cosas tenemos, por un lado, un problema de sostenibilidad del modelo desde el punto de vista ecológico, pero también otro desde el punto de vista social y económico. Por un lado hay un límite muy visible y sensible, por el otro se genera un excedente de población y un agotamiento de nuevas fuentes de generación de riquezas. ¿Y cual es la respuesta sistémica ante todo esto? Pues si lo tomamos por los resultados de Copenhagen, el manejo de la crisis financiera y los movimientos geopolíticos recientes, hacer lo que ha hecho siempre: huir hacia delante y prepararse para lo que viene.

Es aquí donde vale la pena reconsiderar tanto el tema ecológico y el espíritu apocalíptico que actualmente nos invade, como el tema mismo de las crisis: no sólo porque si bien es verdad todo lo que se dice sobre el clima y el impacto sobre la naturaleza, es demasiado simplista dejarse encerrar en este dilema donde a fin de cuentas todo termina siendo un problema de desarrollo sustentable o patrones de consumo en el mejor de los casos y ético con respecto a lo mismo en el peor. Y en sentido inverso, no tiene mucho sentido plantearse el tema de la exclusión y la propiedad o simplemente de la mejora de las condiciones de vida de las mayorías sino nos planteamos a su vez el tema ecológico. Esto es especialmente cierto además dado que un nuevo nicho de acumulación capitalista pareciera derivar cada vez más hacia la vida como mercancía (los desarrollos biogenéticos por ejemplo) así como hacia el desarrollo de las propias líneas “verdes” y la ingeniería climática. Pero también, como lo que importa en la destrucción creativa no son tanto las formas en que esta se da sino que se de, el otro nicho viene dado por la industria del desastre, es decir, de la reconstrucción, donde juegan un papel estelar por su puesto eventos como los terremotos, maremotos, huracanes, deslaves, etc., que tienen la gracia adicional de hacer desaparecer población pobre sobrante tal y como ocurrió en Nueva Orleans, Indonesia, Haití y ahora también en Chile.

Así las cosas, ¿es la función ideológica de películas como 2012 acostumbrarnos a esto? ¿Tiene esa repetición constante y detallada de desastres y teorías catastrofista la intención de crear las “condiciones subjetivas” para la aceptación de este tipo cosas o son más bien su síntoma? Muy probablemente haya de las dos, pero lo que si es cierto es que en todo caso hoy como nunca la lucha anticapitalista es la única posibilidad de colocar en un mismo plano la lucha por la vida, pues ha sido el Capital en su movimiento absorbente quien ha sido lo ha dispuesto. De resto, como ya dijimos, lo ecológico se vuelve un discurso desmovilizador y por último conservador.  Como dice Negri, hoy la vida es la única posibilidad de establecer una estrategia de lucha común, pues es lo común a todos y a su vez común amenazado. Pero esto no es un problema biológico ni ecológico, pero tampoco económico ni puramente político. Es un problema de la producción social capitalista de la existencia como un todo. El cual no se va a resolver éticamente y mucho menos en el marco de las alternativas actuales de regulación del capitalismo, socialistas o liberales, las cuales en esta coyunturas son prácticamente sinónimas (como sabemos después de Obama, hoy la única posibilidad liberal de gestionar el capitalismo es siendo socialista).

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