La “pachamama”

El mito de la pachamama no es forzosamente un mal mito. Permite sensibilizar y hacer conciencia sobre los temas ecológicos y, en cierto modo y por eso mismo, hacer “bloque histórico” entre diversos movimientos e individualidades cuya preocupación por el tema no implica coincidencia de agendas. Sin embargo, tan cierto como esto lo es también que considerado como programa de acción política nos lleva invariablemente a un atolladero (como suele pasar con todos los bloques históricos, dicho sea de paso), tal y como muy probablemente quedará demostrado en la cumbre de Cochabamba.

Si la cumbre de Copenhagen fracasó porque evidente el tema ecológico no es la prioridad de los principales agentes capitalistas mundiales, la de Cochabamba lo hará por la razón contraria: le da demasiada prioridad. Y es que el problema está en que más allá de las declaraciones cada cual más grandilocuente sobre el capitalismo y la depredación ambiental, sobre los intereses económicos y transnacionales en juego, en el fondo se termina reduciendo el problema actual a un problema precisamente ecológico, motivo por el cual las propuestas finales irán por el lado, en el mejor de los casos, de definir estrategias conservacionistas de pequeño alcance y, en el peor, en meras declaraciones de principios y exigencias con respecto a la necesidad histórica de salvar al planeta y a las generaciones futuras, cuyo único efecto real como todos sabemos es el de limpiar las conciencias de quienes las hacen.

En este sentido, el problema no es sin embargo el romanticismo ingenuo implícito en la problemática “pachamamística”. El problema es que, más allá del hecho evidente de que nos encontramos muy cerca de un límite ecológico con respecto a la vida en la tierra en las condiciones tales y como las conocemos, lamentablemente ese es sólo la mitad del asunto, pero lo que es peor es una mitad que por sus características tiende a ocultar la otra: la realidad mucho más trágica de las poblaciones superfluas que van creciendo actualmente y que, en última instancia, serán las víctimas masivas de toda esta retórica ecológica. Esto no quiere decir, valga aclarar, que el problema ecológico no sea tal o sea sólo un mito tal y como dicen las empresas petroleras. Sino que de nada sirve plantearse salvar el planeta si con ese mismo planteamiento estamos justificando –así sea inconcientemente- la desaparición de poblaciones enteras absolutamente ignoradas en la mayoría de nuestras prédicas verdes.

Este tema parece obvio pero en realidad no lo es tanto. Pongamos por caso la situación actual de China y sus más de mil millones de habitantes. Todos sabemos que de seguir el crecimiento económico de China en los próximos años y la consecuente elevación de la calidad de vida (nivel de consumo) de su población harán falta varios planetas iguales a la tierra para sostenerlo. Si a esto le sumamos a la India y al resto de los BRIC, la situación se complica exponencialmente. Frente a esa disyuntiva, naturalmente, el primer impulso es hacia la prudencia: “hay que detener el crecimiento y sus alocados patrones de consumo ya que poco más o menos estamos hablando de un suicidio civilizatorio”. Pero la pregunta que hay que hacerse en este caso es si la situación contraria es mejor, es decir, si es ético o preferible que esas poblaciones desaparezcan o se mantengan en la miseria para salvar al planeta. Si nos vamos al caso nuestro, latinoamericano quiero decir, la situación es la misma: Venezuela es un buen ejemplo de un país que mantiene una fuerte política inclusiva y de crecimiento económico (más allá de sus problemas puntuales actuales) basada en el consumo activo de toda su población (especialmente la de menores ingresos) apalancado por los grandes ingresos de la actividad petrolera y energética en general altamente contaminantes y cada vez más volcadas a la demanda china. Bolivia y Ecuador están en la misma situación. Pero ¿puede culpárseles por ello? ¿Es preferible que sigan la agenda que le dictan muchos activistas del norte y no pocos izquierdistas del sur de cambiar sus patrones de producción y consumo a otros más “amigables” con el medio ambiente pero más costosos y menos inclusivos con respecto a su poblaciones?

Lo que quiero decir con todo esto es que en la medida que sigamos planteando el problema del mundo actual en términos ecológicos, no sólo estamos errando el asunto en toda su dimensión, sino que además estamos siendo sustancialmente hipócritas con nuestras preocupaciones y avalando por debajo de cuerda la desaparición de las poblaciones fuera de la “locura consumista capitalista”. Es en este sentido que pese a que todos nos burlamos de la burda prédica fascista de la película 2012, en el fondo convalidamos su mensaje: hay demasiada gente y estamos siendo indolentemente malos con el mundo, ergo, debe ocurrir una nueva aurora, un nuevo comienzo armónico. En esta medida, y ya que hablamos de naturaleza, habría que ser capaz de ver al mismo tiempo el bosque y árbol: tenemos si, un gran problema ecológico, pero eso es sólo parte de un compuesto donde la exclusión social y las relaciones derivadas de la subsunción de la vida por el Capital forman los otros dos ingredientes. Y una vez hecho esto, recordarse de aquello que Keynes decía con respecto a los problemas del largo plazo: que cuando éste se cumpla, todos estaremos muertos.

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2 Respuestas a “La “pachamama”

  1. Compañero:
    Se le agradece su intencion de ofrecernos un analisis no convencional sobre el asunto, pero el suyo es demasiado rebuscado

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