El nuevo viejo orden mundial.

Sale Bush entra ObamaA finales del año pasado, al menos si uno se dejaba llevar por el ánimo general, en especial por el de los izquierdistas,parecía que el capitalismo sucumbía. Hoy día, tal y como están las cosas, ya casi nadie está tan seguro de eso. Pero aunque parezca extraño, no por esto último puede decirse exactamente que los izquierdistas estaban del todo equivocados y que una vez más el sentido práctico liberal se impuso sobre el análisis romántico. De un modo o de otro, lo que pareciera es que ambos tuvieron razón: por un lado, el capitalismo sigue intacto, como proclamaron liberales. Pero por otra parte, un orden de cosas capitalista ha efectivamente desaparecido estos días para dar paso a otro, como en algún momento se apresuraron a celebrar los izquierdistas.

Así las cosas, en lo que va de año, o más bien en lo que va desde la llegada de Obama al poder, casi sin darnos cuenta los sueños de cierta izquierda se están cumpliendo: los postulados del Consenso de Washington fueron abandonados, el veto a Cuba en la OEA se levantó, se comenzó a hablar de nuevo del Estado Palestino, se paralizaron los TLC, se normalizaron las relaciones USA – Venezuela y se estrechan con Rusia y hasta las tropas norteamericanas han ido abandonando Irak. Cada uno de estos hechos ha tenido su momento estelar, unos más visibles que otros: en el caso del Consenso de Washington, su fin fue decretado por el G20 cuando se acordó levantar el secreto bancario, eliminar los paraísos fiscales, las remuneraciones abusivas de los gerentes y regular los mercados de valores, todas estas frases pronunciadas por el primer ministro inglés Gordon Brown y por el propio Obama como conclusión de la reunión histórica del grupo en Londres el 02 de abril pasado. Cada una de estas medidas, se entiende, son un problema en sí mismas, pero al menos la última implica un conjunto de actuaciones que suponen dejar atrás un orden mundial, el orden mundial neoliberal, con su mercado autorregulado y su estado mínimo, para adentrase en otro no menos cosmopolita que el anterior pero donde los estados y las instituciones multinacionales cobran nuevos protagonismos. Forzando un poco las cosas, podría decirse que así como para Marx cierto nivel del desarrollo capitalista es casi un socialismo, en la actualidad pasa un poco lo mismo: en cierto modo, vivimos una especie de socialismo: se condena el libre mercado, se celebra el intervencionismo estatal, las minorías étnicas gobiernan el mundo y hasta nos ponemos de acuerdo para condenar en conjunto un golpe de estado.

El asunto está, sin embargo, en que si bien la historia pareciera haber cumplido las consigas de la izquierda lo hizo no obstante, una vez más, de un modo un poco retorcido. Y no se trata tanto de que haya un transfondo oculto en medio de tanto progresismo o en que este sea ideológico en el sentido habitual del término. Más bien lo que creo que ocurre es que es la forma que dicha historia, para decirlo de un modo patético, encontró para mostrarnos mejor el síntoma capitalista, ese aspecto que por obviarlo nos vemos condenados a repetir una y otra vez. El error de apreciación de la izquierda con respecto a la situación económica actual es necesariamente el mejor ejemplo de ello. Poco importa en última instancia si se piensa que lo ocurrido es una crisis financiera en particular o económica en términos generales. Pues el problema en verdad deviene en el mismo momento que se considera que es una crisis. Alguien decía que solemos llamar “crisis” a aquellos procesos que en verdad desconocemos o más bien rebasan nuestra capacidad de comprensión. Y para este caso dicha observación pareciera aplicar en sentido pleno. Ciertamente, muchas empresas incluyendo y sobre todo las más grandes han quebrado y muchas otras quebrarán; desaparecieron de golpe los bancos de inversión y muchos bancos comerciales se sostienen con dineros públicos. Los fondos de pensiones cayeron a mínimos históricos así como los precios de las materias primas, los flujos de remesas y en general todo el comercio internacional. Más de un gobierno ha sucumbido por el descontento popular y muchos más se mantienen con no pocos esfuerzos, el desempleo aumenta, el consumo se desinfla, los inversionistas se desesperan y en realidad pareciera que nadie sabe muy bien qué hacer más allá de un conjunto de medidas puntuales de alcance limitado. Sin embargo, si bien todo esto es evidente, al momento que asumimos que por esas razones estamos en medio de una crisis sistémica hemos aceptado ya las coordenadas básicas del capitalismo. Y es que lo que la izquierda ha “olvidado” durante todo este tiempo es aquello que desde Marx es tan evidente que casi da vergüenza insistir sobre ello: que lo único particular del capitalismo es el Capital mismo, ese es su único límite inmanente y su fin en sí mismo, independientemente que recurra a medios externos (los estados, las naciones, las instituciones, etc.) para efectuarse.

crisis_grafittiPor culpa de este olvido tan elemental, es que al momento que aceptamos el paradigma de la crisis empezamos inmediatamente a hablar de regulación, proteccionismo y otras quintaesencias del reformismo. Nos portamos entonces como fukuyamistas promedios y aceptamos que la historia concluyó y que el Capital es un hecho dado, pero como tenemos conciencia social pensamos que éste debe estar sometido a los intereses del hombre y no al revés, etc. Hacia esto último es que apuntan, de hecho, desde el punto de vista político las medidas recientemente propuestas por Obama para reformar el sistema financiero norteamericano y por ende mundial, la que sería – dicho sea de paso – la reforma más grande desde el crack del 29. Entre todas las cosas planteadas, la más llamativa sin duda es aquella que otorga a la Reserva Federal la capacidad de garantizar el funcionamiento de las entidades que tienen un tamaño tan grande que su quiebra puede poner en peligro la estabilidad del sistema financiero. Esto, dicho en otros términos, significa oficializar lo que venía ocurriendo de hecho: la actuación de la reserva federal como prestamista en ultima instancia del sistema financiero, especialmente y sobre todos de las empresas más grandes, es decir, las más concentradas, esas que ahora tienen como garantía de sus inversiones de los dineros públicos. Habría que reparar aquí muy bien en la expresión utilizada en el plan Obama: “garantizar el funcionamiento de las entidades que tienen un tamaño tan grande que su quiebra puede poner en peligro la estabilidad del sistema financiero.” Pocas veces una frase debe haber captado tanto y tan bien el espíritu de una época: pese a que en el fondo somos concientes de la expoliación ante la cual nos estamos sometiendo no podemos actuar de otro modo, de hecho, hasta tenemos que estar de acuerdo, chantajeados por la alternativa catastrofista de la quiebra del sistema y la imposibilidad de hacer cualquier cosa realmente alternativa.

Es en este sentido y no en otro en que hablar de crisis del sistema capitalista es asumir las coordenadas analíticas y políticas de ese mismo sistema. Lo que ocurre hoy no es una crisis, es más bien el ajuste en un régimen de acumulación del Capital el cual, indiferente como es a la humana demasiado humana lógica de “lo social”, efectúa las reconfiguraciones políticas, sociales, culturales, etc., que hagan falta para proseguir su tarea de, justamente, acumularse sobre sí mismo. Y entre estas reconfiguraciones, el dispositivo financiero propuesto por Obama viene  a consolidar, más bien oficializar, el estado de excepción del Capital sobre la sociedad global. Este es en mi criterio las características básicas de este nuevo orden emergente, características a las cuales habría que adicionarle lo que resulte definitivamente del golpismo “legal” que se practica actualmente en Honduras.

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