Blur recargado.

Por Federico Schindler

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En 1989, en los pasillos del Goldsmiths College, Damon Albarn, Graham Coxon, Alex James y Dave Rowntree dedicaban gran parte de su tiempo a estudiar literatura. Estos cuatro muchachos refinados leían a Keats, Joyce o Salinger, pero también compartían un gusto endemoniado por la mejor tradición del pop inglés, por eso empezaron a ensayar y a tocar juntos. Hace exactamente veinte años nacía Blur. La misma banda que, para felicidad de una generación, ahora encara un regreso que la muestra más actual y vital que nunca antes. ¡Whoo… Hoo!

Son pocas las bandas que logran condensar el espíritu de una época y de una sociedad, la sensibilidad y las experiencias de una generación entera. Y si además tienen una visión interesante del presente y del futuro, que se encarna en un sonido propio y grandes canciones, la lista se acorta aún más. Por ello, a diferencia de la ironía distanciada de Pulp, de la megalomanía en estado bruto de Oasis, del glamour decadente de Suede o de la rabia adolescente de Elastica, los recursos y la visión de Albarn & Co. siempre estuvieron un paso adelante. Desde un Leisure (1991) bajo influencia de los Stone Roses, pasando por Modern Life is Rubbish (1993), Parklife (1994) y The Great Escape (1995), “trilogía brit-pop” de renovadas guitarras y crítica social a la Kinks, un disco marcado por el low-fi y el under norteamericanos (Blur, 1997), una obra híbrida y sufrida producida por William Orbit (13, 1999) o el final controvertido que marcó la partida de Graham Coxon y la llegada de los sonidos electrónicos (Think Thank, 2003), la capacidad permanente de reinvención musical de la banda nunca dejó de sorprender.

Así, más allá de haber sido una de las más talentosas narradoras de la Cool Britannia –aquella primavera inglesa liderada por un Nuevo Laborismo en manos de Tony Blair–, la banda tuvo una intuición sobre la década del ‘90 que trascendió la realidad inglesa del momento y la acompañó durante toda su carrera. Y, como no podía ser de otra manera, se reveló certera. Debajo de sus melodías pegadizas, ensoñadas y alegres, debajo del brillo engañoso del bienestar que traían la abundancia económica y la tecnología, se estaba gestando un futuro extraño, que ya por entonces no se veía ni sonaba para nada bien. Y fue exactamente cuando Blur tuvo una resonancia profunda en toda una generación de adolescentes sensibles que imaginaban un futuro distinto. En Inglaterra y en el mundo, con mayor o menor grado de conciencia y reflexión al respecto, escuchar y seguir los pasos de estos modernistas del pop significó adherir a una cultura alternativa (en aquel momento, el término indie, de moda por estos días, no tenía tanto peso). Todavía era posible pensar en ser parte de una entidad colectiva y expresar una desconfianza, un descontento crítico con respecto al estado del mundo. A base de cinismo distanciado, buenas dosis de ironía, poesía e imaginación, Blur encarnó mucho más que una tribu urbana planetaria que llevaba sacos, anteojos de marco negro, remeras vintage y buzos con capucha.

Pero, claro, si se los toma por separado y se los observa en detalle, los integrantes de Blur poco tienen que ver uno con el otro. Naturalmente, Graham Coxon hubiese tenido que ser un integrante más de Pavement, Alex James habría cuajado como bajista de The Smiths y Damon Albarn encarnaría al típico adolescente indisciplinado y un poco truhán de la era Factory, bailando y saltando de fiesta en fiesta junto a Bez de los Happy Mondays. Por sus personalidades y estilos, pero sobre todo por sus referencias, la banda es un caso extraño de alquimia musical exitosa. Y esa mezcla única de mundos tan diferentes creó un sonido universal, pero también profundas tensiones internas que llevaron a una separación en 2002. Sintomático o no, poco importa, lo cierto es que están de regreso para una serie de conciertos y, quién dice, tal vez un nuevo disco en 2010.

Brothers and sisters

“Después de la pausa que tuvimos, nos damos cuenta de que tenemos vidas individuales que valen por sí mismas. Somos amigos nuevamente. Recobramos algo de la energía que estaba al comienzo, cuando nos conocimos. Pero ahora nos toca volver a descubrirnos y es fundamental pasarla bien juntos. Tenemos un cuidado particular por el otro, buscamos ser agradables y asegurarnos de que todos estén contentos. Si no, no tiene sentido”, declara ahora Graham Coxon. El final había sido abrupto, plagado de tensiones y conflictos que por entonces parecían insuperables. En profundo desacuerdo con la elección de Fatboy Slim para la producción de Think Thank y en medio de severos problemas de alcoholismo, Coxon comenzó a faltar a los ensayos y a marcar con más fuerza su distanciamiento. Como no podía ser de otra manera, las sesiones de grabación en Marruecos terminaron mal para el guitarrista: sus compañeros le pidieron que abandonara la banda. Aunque un poco elusivos, todos concuerdan que ahora las cosas están mucho mejor. Alex James: “Fue muy importante para nosotros conectarnos separadamente con quiénes éramos, ir a ver qué nos sucedía viviendo fuera de una gran banda de rock and roll. Todo este proceso ha sido muy saludable en muchos sentidos. Es genial ver a Graham hacer reír a Damon. ¡Es un poco como volver a juntar a los Blues Brothers! Y hasta tuvimos que robarnos a Dave de la Facultad de Derecho…”.

Los cuatro Blur están más maduros, con la seguridad que brinda haber desarrollado sus carreras solistas o proyectos personales. Albarn se hizo dibujito con Gorillaz y armó el supergrupo The Good, The Bad & The Queen; Coxon publicó varios discos solistas y colaboró con Pete Doherty; James se dedicó a escribir, a fabricar quesos y, más recientemente, a tocar con los ex New Order en su nueva banda Bad Lieutenant; y Rowntree se abocó enteramente a la política y a la abogacía. Por eso, el presente es para reconectar con el costado más placentero de formar parte de una gran banda de rock. “Ahora nos toca únicamente la parte buena del asunto, ya no estamos metidos en los zapatos del otro”, explica Albarn. “Cada uno tiene su propia vida, su familia y sus propios problemas que resolver.” Al mismo tiempo, como si fuese una segunda juventud, vuelven a descubrirse el uno al otro, según Coxon: “Es gracioso acordarse y volver a conectar con la idiosincrasia de cada uno de nosotros. Creo que la personalidad de cada uno se acentuó y se consolidó con el tiempo. Nuestras pequeñas neurosis decantaron. Es gracioso cuando estamos tocando, Alex sigue grooveando, Dave mira un poco incómodo y Damon salta sin parar. Básicamente, somos las mismas criaturas con unos años más encima”.

Out of time

“Ha pasado realmente mucho tiempo desde la última vez que tocamos, es cierto. Pero sentimos que era el momento indicado para volver, que teníamos nuevamente algo por hacer y decir. Hay algunas canciones que en su momento no encajaban en ningún tipo de ‘sonido de la época’, sonaban muy siglo XXI, y me parece interesante tocarlas ahora para ver qué sucede. Hoy siento que tenemos una verdadera razón de existir”, afirma Albarn. Es cierto. Las canciones de Blur no envejecieron y, en vivo, suenan actuales y urgentes. Atemporales. “Es muy interesante ver cómo las canciones se vuelven más fuertes con el tiempo”, reflexiona Coxon. “Fueron como miniprofecías cuando las escribimos y suenan tan bien como en el pasado. Resultan, incluso, más relevantes hoy que en su momento. Son sobre un futuro curioso y algo extraño en el cual las cosas no se ven muy bien. Ahora estamos viviendo en ese futuro.”

Como en una buena novela, el regreso de Blur llega en el mejor momento del relato. En la actualidad, la escena inglesa está en plena efervescencia de bandas fascinadas por el imaginario publicitario del rock, del estrellato y de una vida gobernada, finalmente, por los mismos valores contra los cuales la cultura rock se rebeló históricamente: las convenciones y el statu quo. Por eso, una vuelta a lo básico resulta muy saludable. En este caso llega de la mano de una banda veterana que se mantuvo un poco fuera del tiempo o, mejor dicho, en el futuro ballardiano que habían presagiado. “Me fascina esa suerte de viaje en el tiempo que te permite la música”, se deleita el cantante de Blur. “Si bien esto sucedió tan sólo quince años atrás, el mundo cambió dramáticamente desde entonces. Pienso que nuestras canciones duraron y esa suerte de cinismo que hay en ellas es nuevamente muy liberador. Ya no es una predicción, es algo que estamos atravesando ahora mismo.” James amplía: “Creo que lo más valioso de todos estos años son las canciones. Es realmente muy satisfactorio poder tocarlas en vivo de nuevo. Y no sólo los hits”.

Jubilee

Si hay algo que cautiva de inmediato en esta reformación de Blur, es la manera en que resuenan y son tocadas sus canciones hoy. Desbordante de adrenalina, esa alquimia musical única que los caracterizó desde siempre parece haber madurado para llegar a un punto de perfección absoluta. La banda suena a sí misma de manera renovada y, al mismo tiempo, como si Pavement, The Smiths, The Kinks y los Happy Mondays hubiesen decidido hacer un supergrupo que funciona de maravillas. “Volver a subirse a un escenario con Blur es increíble”, confiesa Coxon. “Es muy poderoso. Creo que estamos tocando mejor que nunca, estamos experimentando un regreso muy positivo. Es importante para nosotros volver sobre nuestras canciones, ver cómo nos sentimos con ellas y explorar nuevas sensaciones en los conciertos.” Albarn parece estar plenamente de acuerdo: “Todos lo extrañábamos. Cuando volvimos a ensayar y comenzamos a trabajar juntos nuevamente, nos dimos cuenta de que esa especie de efervescencia que estaba el primer día seguía estando ahí”.

Lo que también sorprende es el público. Sería natural esperar una gran masa de treintañeros nostálgicos que llenan los conciertos en busca de algo de aquella intensidad adolescente. Pero no. Es mucho más que eso. Y Coxon lo nota: “El público se descontrola, se lo siente tan contento… Y además es sorprendente ver el amplio rango de edades que reúne la banda: hay gente que no estaba en nuestros shows hace diez o quince años y comparte el espacio con fans que esperaron mucho tiempo para que suceda esto”. Para una banda que ya lo demostró todo en su momento, no deja de ser altamente satisfactorio ver que su influencia y su música se transmiten de generación en generación, como sucede como todo buen clásico universal. “Ya no hay presión con relación a mantener el nivel de un éxito comercial o nada por el estilo”, sigue el guitarrista. “Para nosotros, los conciertos tienen que ver con demostrar que estamos tocando lo mejor que podemos, haciéndonos felices y dándole felicidad a la mayor cantidad de gente posible. Los conciertos de Blur siempre fueron extremadamente exigentes a nivel emocional y físico. Hoy entendí que es el público el que te lleva a través del set. Estás tocando para gente y esa gente que te escucha es particularmente entusiasta, te devuelve mucha energía.”

Periodistas, fans de la primera hora, los que nunca antes habían podido verlos en vivo… En medio de este presente de recomposición y felicidad, t odos se preguntan por el futuro de Blur. Por ahora, además del compilado de rigor de todo retorno (Midlife: A Beginners Guide to Blur, léase la ironía, una vez más), tan sólo hay planeado un DVD de los conciertos de Hyde Park. Albarn: “Ni bien terminemos la serie de conciertos prevista para este verano, lo cual ya es bastante, no hay ninguna garantía de que vayamos a hacer otro disco. No necesitamos discutirlo ahora, no es lo importante. Lo que nos importa es poder volver a presentar todo nuestro trabajo, todo el dolor y la alegría de nuestras canciones en un show del cual la gente se vaya pensando: ‘Me encanta esta banda’”. Esa debe haber sido la sensación de las 100 mil personas que llenaron eufóricas el escenario principal de Glastonbury (donde se habla del mejor show de la historia del festival) y de las que agotaron las dos fechas consecutivas que la banda ofreció en Hyde Park. Por eso, después de ver al cuarteto plantado sobre el escenario, la duda empieza a despejarse: hay Blur para rato.

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