Inflación, Petróleo y Shopping.

socialismopetroleoRecientemente, un grupo de “notables economistas venezolanos” hizo circular un comunicado donde diagnosticaban la situación económica del país en este primer semestre de 2009, a la vez que señalaban algunas de las “causas estructurales” del deterioro “estanflacionario” que, según ellos, atravesaría la economía nacional. Pocos días después, partidarios del gobierno así como varios de sus miembros salieron a desmentir dicho comunicado, señalando las ligerezas y lo interesado del análisis así como cuestionando la “notabilidad” de quienes lo realizan. Para resumir rápidamente, digamos que, inmediato al comunicado y la andanada de respuesta, el debate murió como suelen morir muchas de las cosas importantes en la Venezuela reciente: en manos de una aburrida y estéril polémica mediática que termina siendo reemplazada por otra todavía más aburrida y estéril. Sin embargo, las recientes acciones del INDEPABIS en contra del grupo Zuloaga y las declaraciones del presidente Chávez sobre la “inmoralidad” de los especuladores, necesariamente colocan de nuevo la atención sobre algunos de los aspectos centrales pero tal vez por eso mismo olvidados del frustrado debate económico en el país.

Como se recordará, en marzo pasado el gobierno nacional anunció un conjunto de medidas que tenían como propósito contrarrestar los efectos negativos que la crisis económica mundial pudiera tener sobre nuestra economía. El principal efecto negativo de esta crisis o, mejor dicho, la vía predilecta por la cual la economía nacional se contagia de ella, es, como se sabe, la baja de los precios del petróleo como consecuencia de la reducción de la demanda mundial. Y es que siendo nuestro país, como también es público y notorio, altamente dependiente del ingreso petrolero, por necesidad esta reducción afecta las cuentas fiscales y por tanto el presupuesto nacional, motivo por el cual el gobierno se vio forzado a realizar ajustes que le permitieran sincerar sus propósitos con respecto a la nueva realidad fiscal. No vamos a comentar acá el conjunto de medidas tomadas en aquella ocasión cosa que ya se hizo en anteriores entregas y que además otros han analizado con mayor o menor suerte.  Conformémonos con decir que la actual “batalla” (sic) desarrollada desde el ejecutivo nacional contra la especulación así como el conjunto de nacionalizaciones recientes forzosamente se inscriben (o deberían al menos inscribirse) en el marco continuado de estas medidas. Entre otras cosas, porque para cualquier venezolano promedio es más que evidente que la inflación es un fenómeno no tan sólo precarizador de sus condiciones de vida, sino que además, para decirlo del modo más patético posible, viene actuando con absoluta impunidad y descaro ante la impotencia institucional.

Ahora bien, que el gobierno nacional por fin se haya decidido a abordar el problema no sólo debe celebrarse sino además apoyarse. Sin embargo, no por tal motivo debe dejarse de señalar cómo, presa de su confusión ideológica constitutiva, el chavismo coloca la discusión en un terreno bastante ambiguo que, para citar a los notables economistas neoliberales venezolanos aunque en un sentido diametralmente opuesto, necesariamente conducen a prescripciones de política ajenas a las causas que provocan los desajustes. Y es que, así como en el caso de las medidas tomadas en marzo pasado el problema real no estaba en la conciliación entre el equilibrio fiscal y la justicia redistributiva con todo lo importante que esto evidentemente es, el problema inflacionario, al menos y especialmente el venezolano, no debe ser considerado desde el punto de vista moral (es decir, como la acción despiadada y deshumanizada de un capitalismo malo especulador, cuyo correlato obvio es la apelación a un capitalismo nacionalista bueno y productivo) y mucho menos como una distorsión de mercado que se soluciona tan sólo con su regulación efectiva (un riguroso control de precios, por ejemplo).

Para decirlo de una vez, la inflación de precios ha sido siempre y especialmente hoy el principal síntoma de la enfermedad capitalista venezolana. Es decir, así haya señores muy malos como Zuloaga y compañía, pretender que la misma es el fruto de la mala intención de unos cuantos privilegiados y no consecuencia del modelo de producción rentista, no sólo es antirrevolucionario por naturaleza sino además ingenuo y peligroso en sus resultados. En tal sentido, en lo que debería insistirse es en el hecho que la inflación es en nuestro contexto la forma privilegiada de la explotación capitalista, el modo predominante de la apropiación de la plusvalía en el marco de un capitalismo periférico que, para sus adentros, es fundamentalmente comercial y no productivo.

Que el oposicionismo venezolano no haga mayor mención a este problema y más bien lo desplace hacia el “intervencionismo” estatal no solamente es esperable sino consecuente con sus limitadas coordenadas ideológicas por lo cual no vale la pena gastar líneas en ello. Pero que en el propio chavismo este no sea el problema si es un hecho grave. Como es por todos conocidos, y como por lo demás históricamente han coincidido tanto los análisis de izquierda como de derechas, el capitalismo criollo se ha desarrollado gracias a un modelo rentista petrolero en base a lo cual el problema principal ha sido la apropiación de dicha renta. La crisis de la Venezuela saudita carlosandresistas en un momento supuso para los neoliberales el reto de cambiar esta situación, sin embargo, por variadas razones nacionales e internacionales, dicha dependencia en torno a la renta no sólo se profundizó sino que además lo hizo sobre la base de la exclusión de la mayoría de la población del país en beneficio del círculo petrolero y financiero más cercano. Con la llegada del gobierno del presidente Chávez en el 98, esta última tendencia se pudo revertir y en base a una inteligente geopolítica energética se recuperó la industria petrolera al tiempo de reorientar hacia dentro la enorme fuga de capitales que, bajo el nombre de internacionalización, puso en práctica la PDVSA meritocrática. Tan buena fue la estrategia, que efectivamente la misma permitió salir del atolladero económico y social que venía arrastrando el país, utilizando para ello el excedente económico tanto para equilibrar cuentas como para incluir a los sectores nacionales marginalizados. Y tan buena impresión causó, que a finales de 2007 el presidente Chávez la formalizó como modelo de desarrollo material del socialismo del siglo XXI dándole un nombre que no hace sino confirmar la capacidad que tiene para crear cosas que, pese a sus contradicciones evidentes, devienen en consenso inmediato: socialismo petrolero.

Independientemente que los precios del petróleo mejoren en los próximos meses (como en efecto ha venido sucediendo), e independientemente de lo acertada de la estrategia de recuperación de la soberanía en materia energética y la utilización de la renta para apalancar el desarrollo nacional, lo primero que hay que reconocer es que lo que entró en crisis a principios de este año en el marco más general de la crisis económica mundial, es justamente un modelo de desarrollo que no desplaza sino que acentúa el rentismo venezolano y todos sus males. Y es que del socialismo petrolero puede en efecto decirse, invirtiendo el conocido refrán, que tiene el vicio de sus virtudes. Pues no solo es fácil deslumbrarse ante la idea de hacer una sociedad más justa repartiendo equitativamente la renta sino que además posibilita hacerlo, y esta es nuestra hipótesis, con la ilusión de haber resuelto así el dilema histórico del socialismo sin la necesidad de transitar el complicado y amargo camino de la propiedad de los modos de producción.

Volviendo al tema de la inflación, en un contexto de apropiación predominante especulativo de la plusvalía, el aumento recurrente de los salario lejos de ser una victoria de la clase trabajadora o una derrota del sector apropiador burgués, es en última instancia un fortalecimiento del círculo vicioso rentista especulativo, ya que lo que termina ocurriendo es que el Capital recupera con intereses y todos por la vía del aumento de precios lo que se ve obligado a cancelar por concepto de salarios. En tal virtud, dentro de este esquema, el trabajador ve precarizarse cada vez más sus condiciones de vida (alentado incluso al gasto por la ficción reivindicativa) mientras el Capital se fortalece cada vez más por su lado comercial. Esto no significa, por cierto, que el aumento salarial sea una mala política. Lo que significa es que por sí misma no es la solución del problema ya que no ataca su fondo sino su síntoma. Por otra parte, controlar la inflación por la vía de la regulación de precios tampoco es suficiente pese a su imperiosa necesidad. En consecuencia, si alguna lección hay que aprender del fracaso del modelo desarrollista es que pretender solucionar el conflicto Capital – Trabajo con la distribución “justa” de la renta tiene el problema de agravarlo al desplazarlo cuando no esconderlo, fundamentalmente cuando se piensa que, tarde o temprano, burbujas consumistas más o menos, el mismo se terminará resolviendo siempre a favor del más fuerte.

Por esta razón, una política económica realmente socialista debe enfrentar el problema gordiano del Capital -Trabajo. Y enfrentar este problema significa cortarlo de tajo y no intentar desatarlo que lo único que trae como consecuencia es apretarlo todavía más. La distribución de la renta, con todo lo positivo e importante que es, no es de suyo una política socialista por lo cual no puede ser considerada un fin en sí mismo. Y por la misma razón, la lucha contra la inflación no debe verse como el intento noble de regular el mercado o “moralizarlo” sino como una vía de avanzar, esta vez si revolucionariamente, en la vía de la socialización de los modos de producción. Esto por lo demás no es tan sólo el deber de un gobierno que se pretende revolucionario, es un imperativo de las organizaciones sociales y en especial las sindicales que dicen de sí lo mismo. Predecir a estas alturas lo que va a pasar resulta por su puesto muy apresurado: la economía mundial puede recuperarse en un plazo más corto de lo previsto y activarse nuevamente la espiral consumista con lo que la demanda de combustible subir y por tanto nuestros ingresos. Además, si el gobierno es eficiente en la materia, puede controlar con la inflación con un control de precios riguroso. Pero también puede pasar todo lo contrario. No obstante, en cualquiera de los dos casos, el problema de fondo permanecerá en mayor o menor medida intacto: el capitalismo comercial seguirá su gigantismo apropiándose de la renta a través de la promoción de una demanda que encuentra en el Shopping su placebo progresista.

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