El Imperio (progresista) contraataca.

capitalismoEste fin de semana se celebró en Viña la llamada “Cumbre Progresista”, la cual tenía como objetivo “diseñar un conjunto de propuestas” no solo para encontrar una salida a la crisis económica mundial, sino para que esa salida sea, justamente, progresista.  No voy a detenerme en los detalles de la reunión. Sobre los dilemas del progresismo se ha dicho bastante por lo que no tiene sentido llover sobre mojado, pero además de la cumbre en sí circulan también ya varias reseñas de las cuales recomiendo esta y esta . Quisiera más bien comentar otras dos cosas, una de las cuales tiene que ver con los que no fueron invitados y la otra con el tema general de las salidas a la crisis económica.

Con respecto a los no invitados a la cumbre, resulta evidente que la intención de la misma fue trazar una fina pero evidente línea entre el progresismo “bueno” y el progresismo “malo”. En medio de esta coyuntura, más que plantar cara al capitalismo, los asistentes plantaron cara contra las excéntricas voces que anuncian su fin y la necesidad de superarlo como sistema. En tal sentido, lo que ocurrió fue un realineamiento que busca fortalecer la opción crítica tan de moda hoy día y tan funcional además a los intereses del Capital. El que no hay sido invitado Chávez es el mejor ejemplo de ello. Y es que Chávez viene a representar para la izquierda progre lo que Bush para los liberales demócratas: un exceso del cual es mejor alejarse sino se quiere caer en extremismos malsanos que nos conducen a los desastres por todos conocidos.

Es esta una operación de diplomacia quirúrgica que tiene como objetivo sentar las bases del nuevo consenso de Washington: ok, ya no más liberalismo desregulado pero tampoco aventuras populistas protototalitarias. Una vez oficializado el diagnóstico de la crisis (ausencia de controles, avaricia, codicia, especulación, etc.), es evidente que lo que hace falta es aplicar una serie de mecanismos más fino de seguimiento y prevención con organismos multilaterales fortalecidos y nuevas reglas. Siendo esto sin más la nueva ortodoxia que se acordará en la próxima cumbre de los 20 de la cual ya Obama adelantó el borrador. Por tal motivo, excluir al presidente venezolano significa rechazar la posibilidad de un cambio real de las coordenadas capitalistas. Pues independientemente de que a veces la práctica no se corresponde mucho con su discurso, es evidente que en los últimos tiempos Chávez es quien mejor encarna esta pretensión a nivel internacional.

Lo otro que quería comentar tiene que ver justamente con la salida de la crisis en sí. Ante la ausencia de alternativas reales, es evidente hoy como ayer el capitalismo saldrá de ella, pero lo que si resulta interesante pensar es si las actuales autoridades del capitalismo global tendrán la capacidad para conducir estos cambios, por un lado, así como bajo qué nuevos costos se logrará esta salida, por el otro. Con respecto a lo primero, no estoy muy seguro que Obama pueda conducir los cambios que el sistema requiere para seguir funcionando. Es probable que sí, pero a veces da la impresión que puede terminar siendo un “mediador evanescente” que si bien representa dicha necesidad de cambio y la inicia no necesariamente los efectúa. De su capacidad de maniobra depende en todo caso el desenlace de su suerte en uno u otro sentido. De la manera en que su gestión pueda gerenciar el malestar público que le sirve de piso político con las estrictas condiciones de poder de los amos del valle global, que son los suyos. No está fácil la cosa, pero ya veremos en qué termina.

cambio_climatico11Con respecto a lo segundo, el asunto tiene que ver con las no pocos contrasentidos del capitalismo regulado del siglo XXI y su continuidad. Por una parte, como es sabido, controles y ganancias son dos realidades en permanente conflicto cada una de las cuales responde a criterios diferentes, una tiene que ver con la fría lógica económica y la otra con problemas de gobernabilidad y supervivencia. Pero a su vez, la gobernabilidad y la supervivencia tampoco son dos cuestiones que convivan fácilmente.  A estas alturas, es evidente que el sistema debe ser viable en el sentido de garantizar una distribución menos desigual de los ingresos que no solo calme los ánimos sino además permita una reactivación real del aparato productivo a través del consumo. De no hacerlo, la conflictividad social seguirá en aumento en la medida que “la parte sin parte” crezca cada vez más.  La cosa es que para ello deben procurarse altos beneficios y rendimientos, pues de no ser así al final del día no habrá nada que distribuir. Si los mercados especulativos no van a seguir siendo el nicho donde estos rendimientos se generen, entonces este rol deberá cumplirlo el aparato productivo real, es decir, habrá que invertir los capitales en actividades que generen valor entre las cuales los servicios tienen un rol importante pero el peso principal lo llevan las industrias de transformación de bienes de consumo. Como es evidente que estamos aproximándonos a un impreciso umbral ecológico que promete alterar significativamente las condiciones de vida sobre la tierra, es más que obvio tal imperativo de economía política choca con nuestras bien intencionadas preocupaciones medio ambientalistas. Pues más allá de cambiar algunos hábitos o sustituir un producto por otro, no es mucho lo que podemos hacer con en esta materia considerando que el precio de salvar los hielos polares puede ser condenar a miles de gentes a la absoluta miseria. Claro está que el precio de derretir los polos o acabar con la capa de ozono es mucho más alto todavía. La cosa es que no podemos evitar lo uno de lo otro ya que la medida que habría que tomar para ello es tan radical que luce imposible de tomarla. El país que actualmente mejor ilustra tal situación sin duda es China. Sin embargo, dicha aporía está presente también en el seno de los grupos “antisistémicos”, en la brecha que separa por ejemplo a los sindicatos de organizaciones como Grenn Peace. Iniciativas como la del apagón mundial no es sino un síntoma de está impotencia, de la ansiótica posición de saber al desastre hacia el que nos dirigimos sabiendo además lo que hay que hacer para evitarlo pero también que no podemos ni nos atrevemos a hacerlo, limitándonos a fantasear con alguna especie de revancha catastrófica de la tierra o algún ser superior enviado a darnos un ultimátum aleccionador . Mientras tanto, el Capital sigue inexorable, en su lógica simple de crecer sobre sí mismo indiferente de todo lo que no sea ese fin autorreferencial, a los debates demasiado humanos sobre el futuro, las crisis, los costos, etc., a nuestros conmovedores intentos cotidianos por perpetuar la servidumbre en que vivimos.           

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