Las medidas económicas. Inútiles reflexiones II. La deriva del socialismo petrolero.

El domingo 29 de julio de 2007, el presidente Hugo Chávez Frías, durante el programa Aló Presidente 288 desde La Cabrerita, estado Anzoátegui, anunció al mundo que Venezuela estaba construyendo un socialismo diferente al que pregonó Marx: un socialismo petrolero. A partir de ese día, dicha calificación (que paradójicamente venía siendo utilizada por el escualidismo nacional y mundial para referirse despectivamente al proceso de cambios venezolano), pasó a ser oficialmente eje definitorio del proyecto bolivariano, es decir, nada más y nada menos que su modelo económico. En tal sentido, atrás fueron quedando las interminables disertaciones sobre el socialismo del siglo XXI; los debates sobre la propiedad privada y los modos de producción, sobre el papel del Estado revolucionario, la lucha de clases, etc., o sea, de todas las cosas que hasta la fecha venían siendo los ejes fundacionales del socialismo clásico en cualquier parte del mundo.

Esta definición del nuevo modelo económico venezolano obviamente no surgió de la nada, ya que, como el propio presidente no los ha hecho saber en más de una ocasión, vino del análisis de múltiples experiencias. De lo visto por ejemplo en la Bielorrusia postsoviética, de los aprendizaje que nos dejó el fracaso del socialismo real, de los tropezones de Cuba, la derrota de los sandinistas así como el éxito de los chinos y los vietnamitas. En fin, de lo que se trataba era de avanzar en lo que tantos proyectos habían fracasado: en su consolidación, ofreciendo a la izquierda un modelo viable que le posibilitara ser alternativa real al neoliberalismo, sin caer en el cinismo de la tercera vía, pero tampoco en los excesos jacobinos del comunismo del siglo XX.

Por esas cosas que tiene la vida, resulta que la clave para resolver tamaño dilema la teníamos a la mano sin darnos cuenta, es más siempre la habíamos tenido: el petróleo. Después de todo, resulta bastante obvio. Se trata de un recurso no renovable pero del cual tenemos reservas probadas por cientos quizás miles de años y además somos expertos en la materia. Por otra parte, es un bien que difícilmente sea sustituido en el corto plazo y del cual tampoco se puede prescindir.  En este sentido, el petróleo pasó a cumplir para el socialismo bolivariano la misma función que anteriormente cumplió para la economía liberal clásica: solo que en este caso no sería el motor de un desarrollo desigual e injusto, sino un instrumento de liberación nacional.

Por otra parte, no faltaban pruebas empíricas de que esto pudiera ser así: después del golpe de estado de 2002 y el sabotaje petrolero del mismo año, una vez que el gobierno nacional tomó control de la industria petrolera desplazando a la meritocracia neoliberal, el petróleo se convirtió en la palanca de las conquistas sociales. Los indicadores socio – económicos mejoraron enormemente: la tasa de desocupación, por ejemplo, pasó de 83,2% en 2002 a 93% en 2007, mientras los hogares en pobreza se redujeron de 51% a 28% en el mismo lapso y en pobreza extrema de 29,8% a 9,5%. El índice de desigualdad se redujo en 13% entre 1998 y 2007 mientras que la tasa de escolaridad aumentó en 17,3%. El salario mínimo, por su parte, pasó de 120 dólares a 372 durante esos años En fin, el uso soberano de la renta petrolera daba señales claras de poder garantizar la igualdad y la justicia sin tener que recurrir a la expropiación de los modos de producción o la abolición de la propiedad privada. Lo que había que tener era un poco de paciencia: dejar que la misma se internalizara bien en la economía corrigiendo paulatinamente las asimetrías del pasado.

Lo mejor de todo es que quizá no había que esperar mucho, pues los precios del petróleo venían aumentando a ritmo sostenido y nada daba nuestras de lo contrario. En menos de nueve años el precio había aumentado de 10 dólares en 1998 a 64 a comienzos de 2007. De hecho, más adelante se ubicaría en 102 dólares, es decir, diez veces más del valor con que se arrancó. Los esfuerzos de coordinación encabezados por Venezuela dentro de la OPEP habían dado sus frutos, y las reformas en materia tributaria en hidrocarburos garantizaban que estos no emigraran a otros destinos menos patrios.

No era muy difícil prever cuál era el peligro que entrañaba este plan tan prometedor y convincente. Al depositar tantas expectativas en un elemento tan inestables como la renta petrolera, resultaba obvio que esto podía funcionar sí y solo sí la cotización del barril se mantenía estable o subía permanentemente, lo cual es claramente contrario a su naturaleza. Desde el inicio, no fueron pocos los que alertaron sobre la fragilidad de este modelo basándose precisamente en un hecho que ahora resulta claro para todo el mundo: que los altos precios del petróleo respondían a un factor especulativo coyuntural. La respuesta por parte de las autoridades del Ministerio de Finanzas y de PDVSA a esta observación fue siempre la misma: que según los estudios de mercado y los análisis de tendencias estaba claro que la especulación representaba un porcentaje importante de la demanda mundial de petróleo, pero que en modo alguno era la única, pues también era cierto que el avance de economías emergentes como China e India estaban apalancando la demanda mundial con sus altas tasas de crecimiento. En base a estos criterios se formularon los presupuestos de 2008 y 2009. Siendo así que en un plazo de dos años pasamos de uno calculado en 20 dólares a otro calculado en 60. 

La  falla técnica de este razonamiento fue que compró con demasiada facilidad la tesis del desacoplamiento entre la llamada “economía virtual” y la “real”, asumiendo que si bien era posible que ocurriese un desinfle de la burbuja especulativa de combustibles, la demanda mundial iba a seguir prácticamente inalterada. No se trata de prever lo imprevisible, solo de tener unas cuantas nociones de cómo funciona la economía capitalista (que es donde a fin de cuentas nuestro producto estrella intenta explotar sus ventajas comparativas). En cuanto a las fallas políticas, está claro que intentar suturar las agudas contradicciones sociales con una burbuja petrolera puede funcionar bien cuando la demanda está en alza, pero que puede ser muy malo cuando van a la baja.

En este sentido, al no haberse avanzado prácticamente nada en  la reorganización del aparato productivo, el crecimiento observado por nuestro país en los últimos años repite en no poca medida la tendencia de otras economías de la región empujadas por los altos precios de los comodities. Lamentablemente, las innegables diferencias de enfoque y en los criterios de repartición de los recursos no oculta esta realidad: aunque cueste decirlo, lo único que realmente ocurrió durante todo este tiempo, en materia económica, fue que la burbuja involucró a todos los sectores de la sociedad por igual, que dada la mejora sustancial del poder adquisitivo promedio todos participamos activamente en un crecimiento basado en el consumo familiar. 

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